sábado, 26 de septiembre de 2009

Descontinuidad de premios en Metro

Creí que escuchar jazz en la plaza De los Músicos y visitar el palacio de Sissy serían las dos mejores cosas que podía hacer durante mi visita por Viena, pero qué equivocado estaba. Suponía haber olvidado varios recuerdos sobre esos días hasta hoy que, en medio de una conversación, me preguntaron si había tenido alguna aventura en mi amenísimo paseo por Europa. Un rápido flash me envió de regreso a esos días y vi, durante un segundo, varios lugares y caras que yacían abandonados en algún rincón de mi mente. De pronto me enfoqué específicamente en uno de esos días, un martes, recuerdo, y abrí el libro de las melodías de Pappo Banton, con fecha pasada, en una de las hojas en las que hablaba de europa, en mis días por Austria, y decía algo así:

(...) Al despertar me di cuenta que había perdido un día de tour y asumo que tanto Evelyn como Carla, mis compañeras de viaje, se habían dado por vencidas en sus intentos por despertarme y habían abandonado el hotel varios minutos antes. No tenía tour, ni celular, ni siquiera la más ligera idea de en qué parte de la ciudad quedaba el hotel donde me encontraba. Pero tenía veinte euros en el bolsillo y la disponibilidad para perderme en la ciudad a base de empirismo.

Mientras hacía mis planes en voz alta –que en ese momento solo incluían bajar a tomar desayuno y vestirme- fui interrumpido por la delicada voz de mi compañera de cuarto. Salina era una hermosa chica belga de unos veinticinco años que compartía la habitación conmigo por un problema que había ocurrido con el sistema de reservas del hotel; ambos habíamos sido derivados a la misma habitación para dos personas como una solución ante la falta de habitaciones de solteros. Ni modo. Era eso u hospedarme en otro lado y, a pesar de ser dos extraños totales, a ninguno le importó que el otro tenga que dormir en la cama de al lado bajo el mismo techo.

De cualquier modo, Salina salía apresurada de la ducha e intentaba decirme el lugar hacia donde Evelyn y Carla habían ido, en caso me despertara a tiempo. Pero vi que eran pasadas las diez de la mañana y cualquier intento de alcanzar el tour sería en vano. Traté de explicarle eso a Salina pero enseguida recordé que ella no hablaba inglés y que yo no hablaba holandés. Entré al baño para que se cambiara mientras yo hacía lo propio. Al salir, ella ya se había ido, dejando un papel que parecía ser un flyer para algún tipo de fiesta en el centro de la ciudad.

Treinta minutos más tarde me encontraba en el Lobby del hotel a punto de cruzar las puertas hacia un hermoso y despejado día de sol, no sin antes avisarle a Mark, el recepcionista, que estaría de vuelta a las siete de la noche como máximo, y que si no regresaba para entonces, que le diga a mis compañeras de viaje que se empezaran a preocupar. Ambos reímos y tras pedirme que no me preocupe salí del hotel con rumbo desconocido.

No llegué a las siete de la noche; no lo hice hasta el día siguiente por la mañana, cuando aparecí de vuelta en la puerta del lobby, con una muda de ropa distinta a la del día anterior, de la mano de Salina y bajo la influencia de alcohol y energizantes (irónicamente no de RedBull), y quién sabe qué más. El día anterior había sido muy bueno, pero la noche había sido, incluso, mejor. (not to be continued).

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