viernes, 19 de junio de 2009

Junkers, lo último en thermas a gas

La entrada principal del hotel Libertador estaba abarrota de gente que esperaba ansiosa ver a alguno de los artistas entrar o salir. Desde el Lobby, yo observaba emocionado la escena mientras incrementaba mi entusiasmo por haber vuelto, una vez más, a ese festival en el que todo era festejo y alegría durante dos noches seguidas.

De vuelta en Lima, me esperaban los exámenes parciales luego de ese par de días, pero poco me importaba ese molestoso futuro. Como el año anterior, había hecho mis planes de acuerdo a lo que yo denominaba el mejor fin de semana al año: Tomé el primer vuelo del sábado y a las nueve de la mañana ya estaba en el hotel, leyendo el diario luego de un delicioso desayuno. Tenía exáctamente dos días para parrandear mi trasero antes de tomar el vuelo de regreso a Lima y a mis molestísimos exámenes parciales el lunes muy temprano (¿ya dije que eran super molestosos?).

Primero lo primero, una reponedora y, a la vez, recargadora siesta de seis o siete horas antes de la gran noche. Apresuré mi marcha a la habitación mientras me cruzaba con caras muy conocidas por todo el hotel, y otras que resultaban aún mejor al saludarme muy cordialmente con todo y apellido. Siempre me pregunté cómo hacían esos muchachos del staff para acordarse los apellidos de todos los huéspedes: Buenas tardes, Sr. Texaco, Buenos días Sr. Texaco, ¿Tomará su desayuno, Sr. Texaco?

Recuerdo más ese año porque recibí una llamada al celular alrededor del medio día que haría comenzar una historia muy amena; era Julio, un amigo del colegio con quien hasta hoy mantengo contacto. Por si acaso me arrebaté y tomé el primer vuelo que chapé hoy; estoy en Cusco, marica ¿dónde estás? Las palabras de Julio tardaron en cobrar sentido en mi soñolienta cabeza y en segundos pude reaccionar; Mostro, ven al Libertador en veinte minutos.

En el tiempo estimado, yo esperaba en el Lobby de vuelta, cuando sonó mi celular una vez más. Julio me comentaba que estaba donde pactamos, pero que había demasiada gente en la puerta y el moreno botones no dejaba entrar a nadie que no sea huesped o artista del evento. Espérame ahí, le dije. Me acerqué a lo que parecía la sala del wallstreet que veo en las películas. La cantidad de fans, curiosos y demás era increíble. Raul, un amigo cantante a quien conocía del gimnasio se acercó a saludarme rapidamente mientras la gente gritaba su nombre desde afuera, por lo que la charla fue muy breve y enseguida desapareció. Entre tantas cabezas era imposible reconocer a Julio, hasta que escuché mi nombre; entonces le dije al Moreno – cuya estatura bordeaba, tranquilamente, los dos metros- que ese muchacho venía conmigo y que lo dejen pasar. Con una caminata imponente, el alto señor se abrió paso entre la gente mientras otro botones resguardaba fielmente la entrada principal. En poco mas de diez segundos Julio ya había cruzado las puertas del hotel y nos saludamos efusivamente. Bastardo, no pensé que la hacías, le dije.

Ya en el lobby, Julio se percató de la presencia de muchas niñas bonitas de la televisión que daban entrevistas a distintos medios y charlaban entre ellas. Mierda ¿Las conoces? Me preguntó. Seguramente vas a pedirme fotos, le respondí. Julio sonrió y sacó una cámara de su bolsillo, así que con camaradería nos acercamos a algunos de los artistas que estaban en el hotel y Julio pudo tomarse fotos con todos ellos.

A los pocos minutos, Julio me preguntó por qué no me sacaba fotos yo también. La verdad es que a mi no me importaba esa posería que terminaría en algún sitio web personal. Pero mi excepción se llamaba Paloma y aún no llegaba al hotel. Por el radio trasnmisor de uno de los señores de la producción del festival había escuchado que llegaría pasada las cinco de la tarde por algún problema en Lima.

Así, almorzamos en el hotel y le presenté a algunas personas con las que mantuvimos entretenidas charlas con respecto a la proximidad de la noche del festival. Varias de ellas participaban por primera vez y estaban ansiosas de salir al escenario. El tiempo voló y dieron las cinco. Esta vez alerta, nos situamos cerca a la recepción durante algunos minutos hasta que la gente de afuera empezó a gritar con muchas fuerzas. Sin duda era ella. Paloma, mi Paloma, la chica que debía conocer a toda costa. Necesitaría influencia de los productores así que lo tenía todo planeado. Ella entraría junto a su grupete de música de mierda, harían el chequeo y luego descansaría unos minutos en los sillones del lobby antes de ingresar a su habitación. Ese sería el momento en el que mi contacto en la producción me haría un favor que nunca terminaré de agradecer.

De pronto hizo su entrada: Qué bella que era, diablos, me enamoré más y aguardaba con disimulada desesperación mi momento. Julio entendió, recién en ese instante, a qué me refería con todo lo que le había platicado sobre esa muchacha de poco más de veinte añitos.

El plan iba perfecto, entraron al hotel, se chequearon y seguidamente reposaron en los sillones del lobby mientras esperaban sus habitaciones. Ya te cagaste, le voy a decir a tu viejo que te estás afanando a Palomita, para que se cague de risa, me dijo mi contacto entre risas. Vamos, que ahora es el momento.

Julio y yo lo seguimos hacia donde estaban Paloma y el resto del grupo, y él saludó a todos para luego dirigirse a esa princesa latina. Paloma, quiero presentarte a alguien, le dijo. Su mirada se clavó en mis ojos y estuve a punto de desmoronarme por la emoción. Ella sonrió y le dijo: Claro que sí, P. Se paró del sillón mientras a mí me empezaban a temblar las piernas. Paloma, dulce Paloma, cara a cara, en persona, con esa sonrisa angelical, se me acercó.

Continuará.

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