lunes, 29 de marzo de 2010

Las promesas de Marlene (continuación)

Andrés entró estrepitosamente a mi oficina y con su cotidiano saludo, pero esta vez exaltado, se apresuró en decir: ¡Jefe! ¡nos ha caído la campaña del Sur! Quieren la propuesta técnica para mañana a las diez. ¿De la noche? Contesté casi indiferente y sin quitarme las gafas mientras pretendía huir de la realidad. Andrés, esta vez más serio, hizo un gesto muy suyo con la boca y concluyó: No sabes cómo me llega al pincho llevar pan a mi mesa algunas veces.

Cuatro o cinco días antes de eso me encontraba en una hamaca frente al armónico y rítmico oleaje de las playas del norte, saboreando una Peroni y unos cigarrillos Marlboro con verdadero sabor a cigarrillos Marlboro. En ese momento pensaba en lo delicioso que era estar de vacaciones y no contestar el teléfono por cuestiones de trabajo. ¿Para qué volver a Lima? –me decía en voz alta- si acá la estoy pasando tan relajado y todavía no siento las ganas de trabajar.

Cada cierto tiempo me cuestiono los proyectos en los que me meto. Mi vida profesional no escapa al juicio y, por encima de afanarme con efímeros paraísos mentales y reales, siempre vuelvo a lo mismo; amo lo que hago, disfruto lo que logro y pretendo continuar hasta que la mente me lo prohíba. Y es que mi padre hace varios años, aún en mi niñez, me dijo algo como esto: “La mayoría de las personas no estudia lo que quiere estudiar, trabaja en lo que no estudió y gana menos de lo que quiere ganar. No digo que lograr esas cosas te hagan feliz, pero le darán más sentido a tu vida”. Mi padre, sabio para mí y para otras varias personas, estudió educación y administración, ha pasado por campos como la investigación de mercados, las estrategias del marketing y la producción de eventos. Pero lo irónico es que fue a él a quien tuve que enfrentarme cuando le dije qué carrera universitaria quería seguir.

Estudie lo que quise estudiar, trabajo en lo que estudié y, aunque el sueldo no es ni será un motivador tan esencial para mí, no me quejo por la paga. Pero luego de ver ese comercial de Interbank (desde mi punto de vista publicitario, qué pieza más emotiva y qué concepto tan bueno), me pregunto si algún día me arrebataré y haré algo similar.

Rubén y su himno en el monumental

El amigo de un amigo, el mejor disfraz para cubrir al que te malogra.

Ese día, las casualidades del universo hicieron que los tres termináramos viendo la cinta de Máxima Velocidad en el departamento de Juan Julio. Mientras escuchaba a los otros dos varones discutir sobre la sensualidad de Sandra Bullock, pensé en voz alta lo que corría en mi cabeza en ese momento: la madre, acá faltan mujeres.

Habíamos comido dos pizzas y tomado casi una caja de cerveza Dorada, no lo olvido. “Yataco”, como le decían al amigo de Juan Julio (y dicho sea de paso, nunca supe su nombre real), se apiadó de mi comentario e, incorporándose, sacó su celular. No se diga más; quieres mujeres, tendrás mujeres, dijo. Frunciendo una de mis cejas miré a Juan Julio y aquel me hizo entender, con un gesto, que ya no había vuelta atrás. En efecto, el tal Yataco, como quien llama a ordenar comida, hizo un par de llamadas por chicas. Los nombres los tengo muy claros hasta el día de hoy, primero habló con Mayra, y luego con Penélope. Yo estaba feliz de que mi nuevo amigo tuviera amigas dispuestas a aparecerse en el departamento de Juan Julio a las dos de la mañana. Oye, tío ¿y cómo son esas amigas de tu pata? Le pregunté a JJ luego que Yataco entrara al baño a ducharse. No las conozco, pero de hecho son cariñosas, me respondió mi anfitrión.

Una hora más tarde sonó el intercomunicador del edificio. Era más que obvio que las amigas de Yataco habían hecho su llegada y yo terminaba de ponerme un poco de colonia que encontré en el cuarto de JJ. Para asegurarme de lucir decente frente a las señoritas, me atrasé en recibirlas haciendo una parada en el baño para mirarme al espejo. Enseguida escuché las voces de las recién llegadas y me percaté de un detalle que me entusiasmó aún más: sonaban sensuales.

Al salir a recibirlas, me avergoncé un poco de ver algo que no esperaba. Las dos chicas eran muy bonitas, más bonitas de lo que habría pensado que pudieran ser. Pero sobre todo, se veían muy sexis. Enseguida inferí que, por la hora, venían de alguna discoteca, aunque lucían más como si recién fueran a salir a una.

Rápidamente y, pretendiendo ser un “chico seguro”, me presenté y me sorprendí cuando cada una me dio un fugaz beso en los labios. JJ tenía razón; qué cariñosas, pensé algo asombrado. Conversamos en grupo durante cinco minutos hasta que Yataco encendió el estéreo y las invitó a quitarse la ropa. De pronto todo se veía más claro; las chicas no venían de ninguna discoteca, sus nombres no eran Mayra y Penélope, y ninguna señorita con algo de moral da besos en los labios al conocer a alguien por primera vez. ¡Diablos! se trataba de prostitutas. Pero ¿qué coño? ¿Qué clase de prostitutas son estas? Estaba totalmente confundido. Para mí, las prostitutas eran gordas feas paradas en la avenida Arequipa en la madrugada. Esa era la imagen. Estas chicas podrían pasar como estudiantes de universidades privadas; las chicas que uno ve en algún café y empieza a fantasear sobre conocerla, ser amigos, ser novios, salir de viaje y mil etcéteras. Algo estaba mal; si estas mujeres existían, solo lo hacían en las películas de mafiosos adictos a la coca.

¿Qué pasa Chicho? (odiaba que Yataco me llame así) ¿te paltean las amigas? No te preocupes que estas las pago yo. Coño, realmente me indignaba ver que chicas tan bonitas sean alquiladas. Era un dilema. Conseguir una chica así en mi vida común habría sido más difícil que hackear toda la internet, y ahora que la tenía para mí, y gratis, me ponía a pensar sobre valores, dignidad y demás tonterías.

Mi celular sonó y el mundo se puso en mi contra; era Morelia, la Morelia por la que echaba baba y la razón por la cual Ricardo no me hablaba en varios meses. Me fui a la cocina por un poco de privacidad y, tras rogarme que fuera a verla, colgó entre llantos. De vuelta en la sala, las chicas ya habían avanzado en su tarea y solo les quedaban las pantis. ¡Chicho! ¡te estás perdiendo lo mejor! Exclamó Yataco, mientras que JJ ya estaba inducido en un nuevo y maravilloso mundo con una de las muchachas.

La balanza se hizo presente; por un lado estaban las chicas más sexis que había visto en no sé cuánto tiempo, listas para todo y yo con una correa virtual de all inclusive en la muñeca, mientras que por otro lado estaba Morelia, necesitándome por alguna razón aún más milagrosa. Algo le pasaba; sufría y yo no podía respirar tranquilo mientras supiera que ella lloraba sola en su casa. En mi mente, por alguna estúpida razón, me sentía como Elmer Gruñón cuando no sabía a quién disparar mientras Bugs y Lucas le gritaban ¡temporada de patos! ¡temporada de conejos!

Dentro de toda la confusión, algo era sumamente claro para mí; La decisión que tendría que tomar esa noche fue una de las más difíciles decisiones que he podido tomar en la segunda mitad de mi vida.

Adelante y con los ojos bien cerrados

Me levanté con una sonrisa y decidí que lo mejor era mimarla. Celina, patea mis reuniones para la tarde, le dije a mi secretaria por teléfono mientras intentaba cepillarme los dientes. Algo me decía que ese era el momento perfecto para visitar a Champú.

Champú, un mono capuchino traído de Colombia, se había vuelto mi nuevo mejor amiguito. Su dueña era Sandra, una supuesta amiga (en realidad lo único que nos enlazaba era el mono) que lo había rescatado de un zoológico en el que había visto que lo maltrataban. Debería decir que en realidad se lo robó durante la noche por una buena causa, pero ella prefiere no hablar del tema.

Como de costumbre por esos meses, cada ciertos días iba a la casa de Sandra en las laderas de la ciudad con la única finalidad de ver al mono. Sé que Sandra se sentía atraída hacia mí y casi logra conquistarme con todos esos pasteles que preparaba cada vez que sabía de mi pronto arribo a su enorme casa. Pero yo solo buscaba jugar inocentemente y disfrutar de mi bonita amistad con el capuchino Champú mientras evitaba los comentarios –a veces muy atrevidos- de mi anfitriona. Valía la pena sortear la incomodidad de ser sexualmente perseguido con tal de pasar un par de horas hablando, corriendo, saltando y riendo con Champú. Algunas personas saben que siempre he querido un mono pero sé lo difícil que es mantener y criar a uno, por lo que las visitas a Chosica de forma casi semanal fueron más que precisas frente a mi incompetencia para criar animales. A champú le contaba mis secretos, le pedía consejos y traté de definir ciertos gestos del mono como respuestas ante mis inquietudes. Después de todo, para él las cosas eran mucho más simple que para el resto de nosotros.

De cualquier modo, esa mañana fui sin llamar y encontré a Sandra llorando. Al preguntarle qué ocurría, mi hasta-ese-día-amiga me develó una noticia que me entristeció por varios días; Champú había sido atropellado por un camión luego de escaparse de la casa de su dueña. Champú, mi amiguito al que le contaba mis cosas, con el que jugaba, corría y saltaba, había tenido un trágico final luego de su corta vida y no regresaría más.

Diablos, Champú.

viernes, 5 de marzo de 2010

244. Good Bye, Scrubs

Hace poco pude ver lo que yo considero como la última temporada de mi serie favorita de todos los tiempos: Scrubs. Llegar al último capítulo tuvo una preparación mental, escénica y emocional. Me aseguré de no ser perturbado en lo absoluto. Desconecté la línea telefónica de mi casa, el conector del intercomunicador y la campana del timbre. Además apagué los móviles y cerré la puerta de mi cuarto con un set acústico improvisado con la finalidad de no oír ningún ruido que viniera del exterior. Preparé palomitas de maíz y las acompañé con una botella de guaraná super helada. Luego, la función.

Ese último capítulo; diablos, qué emocionante era no perder un solo segundo de los 23 minutos del episodio, pero también ahondaba la pena de saber que ese sería el último capítulo de una de las mejores cosas que he tenido al alcance de mi vida. Reí a carcajadas y lloré como nunca he llorado gracias a la televisión. Scrubs había terminado y ese mundo ficticio que tomaba lugar día a día en el Sacred Heart Hospital -y por el que daría mi reino para vivir en- había terminado. Perry, JD, Chris, Carla, Elliot, Tom (nombre real del Janitor), Bob, y todos los demás personajes acababan (de forma no oficial) sus papeles en ese antiguo hospital del 12629 de Riverside Drive en Los Ángeles. Fue simplemente grandioso; Perry dijo todo lo que JD significaba para él aunque no se lo dijo a la cara, aparecieron muchos extras que habían tenido un papel pequeño pero significativo a lo largo de las ocho temporadas, se proyectó un futuro predictivo de cómo serían las cosas para toda esa gente pasados los años. Bra-vó, en serio, bra-vó.

¿Y ahora qué? Me pregunté. No sé si alguna vez encuentre ese vacío de ocio y humor que deja Scrubs en mí. No sé si pueda encariñarme con un nuevo Dr. Cox o un nuevo “the Todd”. Mis hijos y sus hijos tendrán que ver la serie en minidiscos green-ray y aprenderán a querer a todos en ella tal y como yo lo he hecho. Por ahora solo me queda, en memoriam, ver de nuevo todos y cada uno de los capítulos desde el primero hasta el último. Un encerrón de veinte horas para el cual me tomaré un día personal en algún momento en un futuro no muy lejano.

jueves, 11 de febrero de 2010

Editar, Editar

Bien, me imaginé pararme en un pequeño estrado, de esos que hay en los escondidos clubes de talento, y procedía a hacer cualquier cosa, menos prosa, luego de que alguien tocara las mini congas gemelas mientras recitaba alguna trova. Pocos aplausos, pocas personas. Y procedí:

Diablos, el tiempo voló y ya es de noche. Me doy una vuelta por las instalaciones de la agencia y noto que ya no hay nadie ¿quién envió a todos a su casa? Y bueno, creo que hoy es lento y no hay tanto trabajo, así que salgo al balcón del segundo piso –supuesta zona de fumadores- y enciendo uno de los últimos cigarrillos de esta cajetilla de colección. Ahora que recuerdo, alguna chica me pidió que se la regalase al acabar. Debe haber sido la melódica; creo que colecciona esas maricadas y hace figuritas, o qué se yo.

Diablos, el tiempo voló y ya es de noche. Creí haber sido claro conmigo mismo cuando me propuse no quedarme de noche solo, más aún luego del horripilante incidente en el baño del segundo piso. Ahora recuerdo que como es verano, es normal que los animales (y entre ellos los insectos) se desplacen a lugares más frescos, por lo que la gente se suele encontrar más seguido frente a alguno de ellos.

Diablos, el tiempo voló y ya es de noche. Pero ¿cómo no me di cuenta? Es el Calor, creo. Hace tanto calor como en la tarde y yo no disfruto del riquísimo aire acondicionado del que solo gozaría la sala de reuniones. Bueno, si no hay nadie, me quitaré la camisa y dejaré que el aire forzado del ventilador me llegue directamente a la espalda. Eso es ligeramente delicioso ¿será peligroso? No quiero resfriarme en verano, mucho menos cerca del fin de semana.

Diablos, el tiempo voló y ya es de noche. Pero ya terminé mis labores, creo. Abro la aplicación del solitario y solo me deprime más; es solitario. Intento usar la telequinesia para ordenar mi escritorio pero mi frustración es grande al ver que nada se mueve. Seguramente necesito concentrarme más. No puedo; comienzo a pensar que debería estar en la playa corriendo olas (el otro año, Bantón, me digo a mi mismo).

Diablos, el tiempo voló y ya es de noche. ¿He almorzado? Creo que no; no tuve hambre en todo el día. ¿Será que en verdad no he pensado en comer y no es que no tenga hambre? A veces pasa; simplemente me olvido de cosas por hacer otras cosas. Pero esta vez no, recuerdo haber sido invitado a almorzar y haber rechazado la oferta. ¿Entonces? Entonces no tengo hambre.

Diablos, el tiempo voló y ya es de noche. ¿Cuántas reuniones he tenido hoy? Creo que tres, pero en un día lento debería ser una sola. Y qué se yo. ¡Hey! Creo que hay sodas en el frigo bar ¡echemos un vistazo! (¿glup, glup, glup?). ¿Por qué siento que estoy escribiendo al estilo de MU? No quiero robarlo.

Diablos, el tiempo voló y ya es de noche.

martes, 2 de febrero de 2010

Sobre polleras y profesores a la venta

Manuel –el loquito, como le decimos- es un compañero de trabajo al que cualquiera calificaría con el coloquial adjetivo de “chamba” (eg: Ese pata es bien chamba). Aunque resultó algo tímido al principio, Manuel se ha convertido en todo un personaje dentro de la agencia en los pocos meses que lleva acá. Sus historias peloteras, sus peculiares bromas y algunas palabras que resultan ser un propio acervo de modismo para él se han convertido en expectativas de día a día, al punto de preguntar ¿Y cuál es la última de Manuel?, o venir con el chisme ¿sabes la última de Manuel? Bueno chico, después de todo.

Ya que en este trabajo todos comparten, hoy me tocó invitarle almuerzo a Manuel. Así, con el cálido clima de este lado de la ciudad, Jesús, Manuel y yo decidimos ir a una pescadería cuyo nombre no mencionaré debido a lo que voy a decir sobre ella.

El almuerzo empezó con chismes, bromas y un poco más de holgura en la confianza del grupo, tal y como debe ser fuera de la oficina, en donde todos somos amigos y no existen diferencias de puestos, áreas ni salarios. La bebida, heladísima, hacía el comienzo de lo que prometía ser un rico como ameno almuerzo.

Un delicioso tiradito de entrada nos dio la bienvenida y le hizo la posta a nuestros segundos. Manuel, sin disimular la emoción de encontrarse en un ambiente agradable, se aventuró por un arroz chaufa de Mariscos. Yo me arriesgué a pedir un plato nuevo con una salsa que sabía bastante buena, Y Jesús nos dio la contra con un Bistec a lo pobre.

Es muy cierto que cuando uno come es feliz. Y así estábamos los tres durante unos minutos; felices de comer. De pronto -como en las leyendas urbanas gringas relacionadas a restaurantes- estuve a punto de llevarme un bocado más de mi plato a la boca, cuando noté algo extraño en él. Por flojo, dudé un par de veces en inspeccionar a fondo de qué se trataba, pero finalmente decidí observar en detalle lo que parecía ser un grano de maíz tostado colado en mi salsa. Cuando descubrí lo que era empecé a reprimir la realidad durante unos segundos para evitar que mi digestión funcionara en reversa. Enseguida le pasé el tenedor a Manuel, aún con la carga en el bocado. Mira, Manuel ¿reconoces esto? Le dije mientras él estudiaba el contenido sobre el tenedor. Al hacer un estudio simple con su cuchillo, su cara de felicidad cambió a una de total angustia y asco. Yo atiné a reír porque eso me ayudaba a no pensar en vomitar, pero Manuel, totalmente asqueado, soltó sus cubiertos, dejando entrever que algo abominable estaba tomando lugar en ese almuerzo. ¡Mira huevón! Exclamó Manuel a Jesús, enseñándole lo que no podía ser, más, obviado. Una joven y repugnante cucaracha se había colado en el proceso de cocción de la salsa con pulpa de cangrejos que adornaba mi plato.

En toda situación de angustia, lo mejor, dicen, es mantener la calma. Era comprensible entender que se trataba de una ocasión para lanzar platos por el aire, meterse a la cocina a la fuerza y moler a golpes al chef y a sus tres asistentes. Otra salida era levantar una denuncia contra el lugar; y qué ricos nos habríamos vuelto en los Estados Unidos, donde el juicio no habría durado ni dos semanas y la indemnización podría bordear el cuarto de millón de dólares con un buen argumento, pero estábamos en el país de las mil pasibilidades, donde los juicios son de nunca acabar y a lo mucho logras una indemnización que vale seis veces menos que el abogado que contrates.

Ni una ni la otra; llamamos a la mesera y nos presentamos, explicándole nuestra decisión de abandonar el lugar sin pagar más que las bebidas. Tras una breve negociación, la cuenta, que seguramente era algo grande por la cantidad de cosas que pedimos, se redujo al dos por ciento, y nos retiramos con un sabor amargo, decepcionados y con la firme idea de no regresar más a ese lugar. Manuel, el loquito, era el más afectado por la experiencia.

Buscamos otro lugar donde saciar el hambre. Pero el gusto y la felicidad no fueron los mismos. Realmente asqueroso.

martes, 12 de enero de 2010

Importancia de la seguridad vehicular

¿Y bien? Me preguntó Sergio con una mirada de ilusión que, de hecho, esperaba un comentario positivo de mi parte sobre el cortometraje que me acababa de mostrar –obra suya al 100%-, y que pretendía registrar en un concurso local para directores amateurs. Pues la verdad, me pareció una huevada, le respondí.

La cara de Sergio pasó de decepción a frescura antes de hablar de nuevo: ¿sabes, gordo? Eso es lo bueno de ti. Eres recontra cagón, pero eres sincero. Ya vi que esta mierda no sirve ni para el youtube. Que se jodan los del concurso, no le han ganado a nadie. ¿cuándo han sido esos huevones? Dijimos los dos al unísono.

Mi amigo de aulas universitarias se esparramó sobre su sofá de cuero viejo y sacó una pipa del velador de al lado. Y así, mientras empezaba a fumar marihuana, empezó a contarme una historia que, por carga laboral, no podré contarla esta vez.

Tiene tren, pero no tiene tranvía

Me acerqué a la barra y saludé a todos con la picardía que me caracteriza cuando tengo un poco y mucho de alcohol en la sangre. Por favor, ¡una ronda entera para todos, a mi cuenta! Las cinco o seis personas en la barra rieron por esa broma tan exquisitamente amena cuando se está en un all inclusive (it never gets old).

Mi compañero de barra tenía un acento que no pude distinguir al principio, pero las opciones no pasaban de dos o tres países de centro América. Y bueno, que hay que aprovechar todo el free buzz que tenemos acá, me dijo, porque lo que he bebido estos días es mi salario de dos meses. Hombre, le respondí, que el dinero no hace la felicidad. Antes que mi interlocutor pueda responder con algún comentario que aburriría la conversación proseguí: la compra hecha. Las carcajadas contagiaron a dos muchachas junto a nosotros que saboreaban lo último de algún trago similar al mojito y enseguida se presentaron. En la escena apareció Rocío -que venía con nosotros en ese viaje a Panamá- junto al italiano al que habíamos denominado como “galán”. ¿Qué cuentan chicos? No mucho, respondí, estábamos con mi compadre acá y estas dos hermosas chicas por empezar un concurso de tablazo. ¿Qué es eso? preguntó Rocío. Los cuatro nuevos mejores amigos de todo el mundo nos miramos sorprendidos y poco faltó para forzarla a sentarse a probar esa delicia de cocktail que hasta el día de hoy no he vuelto a encontrar en ninguna otra ciudad dentro de mis viajes.

¿Lista? Rocío miraba excitada aunque algo temerosa como el señor del bar terminaba de ponerle el último ingrediente al trago: tabasco. Ya sabes, Chío, dos golpes sobre la barra y te lo tomas todito. Vinieron los dos thuds por cortesía del bartender y mi amiga vació la última gota del pequeño vaso. La reacción de Rocío luego de probar por primera vez el tablazo era la esperada por cualquier persona que nunca lo ha probado antes, pero no por eso dejó de ser realmente graciosa. Y es que cuando la gente –y me incluyo en el asunto- prueba el tablazo por primera vez, se siente como un dragón a punto de echar fuego por la boca. Los ojos se abren completamente, una mano va directo al cuello y uno emite un sonido parecido al de los muertos vivientes mientras la cara se llena de un color rojo intenso. Ahora ya sabes lo que es un tablazo, le dijo mi amigo centroamericano a Rocío, luego de ser el primero en poder dejar de reírse.

Luego de unos segundos, Rocío se recuperó y le tocó el turno a galán. La gracia de esa escena sigue siendo indescriptible para mí y lamento no haber tenido una cámara de fotos en el momento. Ahora éramos seis los nuevos participantes de ese improvisado concurso al que dimos inicio enseguida. Media hora más tarde todos estábamos completamente ebrios, y es que el tablazo no es un shot que deba recomendar más de dos veces por día, pero nuestro campeón, el centroamericano, llegó a acabar su octavo tablazo luego de ser advertido por el bartender y antes de desplomarse sobre la barra. Esa noche comí sushi por primera y única vez, y no me gustó.

sábado, 2 de enero de 2010

Las promesas de Marlene

Alguien mencionó algo sobre brujas y así, luego de mucho tiempo, tuve mi primer recuerdo sobre esa época.

El cuarto de las brujas fue lo primero que recordé. Al menos esa era la forma en la que Milagros, la señora Milagros, lo llamaba. Un cuarto triste, siempre oscuro y lleno de cachivaches. En ese lugar se guardaban aquellas cosas que tal vez servirían en la eventualidad por alguna razón extraña, como ciertos juguetes, instrumentos de caza submarina, fierros viejos, repuestos eléctricos y una que otra maricada más. Nunca entré al cuarto de las brujas, pero no por las historias de suspenso que rondaban en torno a él, sino porque nunca tuve la necesidad ni las ganas de hacerlo.

El caso es que el cuarto de las brujas estaba frente a la cocina, en ese segundo piso que contaba con una espléndida terraza que tenía una vista aún más espléndida del calmado y poco ruidoso mar de Tortugas. Empecé, ahora, a recordar más detalles. La casa era grande, claro que si. La decoración era pobrísima pero encantadora, y armoniosamente ligada a la totalidad del inmueble. Después de todo, parecía ser intencionalmente precaria y rústica; eso sí que se veía bien en un balneario en el que todo resulta pacífico y simple. Allí las empleadas no vestían uniforme, porque para empezar no las había. La luz se iba y no resultaba escandalosamente preocupante para nadie porque la televisión por cable era algo que se quedaba en Lima. Pero qué sobriedad para pasarla bien.

Durante esa época, semana santa, año nuevo y fiestas patrias era sinónimo de Tortugas. Siempre las mismas familias; todas bien alojadas y mal distribuidas en la misma casa. Siempre con fiesta en la tercera planta y a la luz de las estrellas; siempre con un gran desayuno grupal, un almuerzo medido entre algunos de nosotros, y una cena que cada quien tenía que conseguir por su cuenta: cómo me empezaban a gustar los macarrones con queso de cajita Kraft.

Soraya apareció en la escena y al recordar que por alguna razón ella siempre nos acompañaba a Tortugas, empecé a preguntarle más detalles sobre el asunto, poniendo a prueba, una vez más, su excelente memoria para situaciones específicas en viajes.

Gordo, no te puedes olvidar de las madrugadas de regreso a la casa luego de tal o cual fiesta en otra parte de la playa ¿recuerdas? Yo empezaba a ver ciertas escenas en mi cabeza que, gracias a las palabras de mi amiga de infancia, iban volviéndose cada vez más claras.

Al rato me di cuenta que no entendía en qué momento ni por qué exactamente esa época tan bacana terminó. Hoy, sentado en la terraza de una casa de playa al sur de Lima, con una espléndida piscina y una vista aún más espléndida, me doy cuenta que el contento del momento, así como la energía positiva, las buenas vibraciones, la grata compañía y los macarrones con queso de las cajitas Kraft no son tan intensos como en la época de Tortugas.


El amanecer de los Abuelos de la Nada

Gracias a un chequeo que resultó ser más rápido de lo que había esperado, tuve el tiempo para tomarme un par de tragos en el entonces recientemente inaugurado bar de Marlboro al final del ala de salidas internacionales. Recién entonces me esmeré en ver a detalle la información de mi ticket aéreo. Poco antes de irme, una apuesta y joven señora se sentó a mi lado. Al notar mi ticket sobre la barra me preguntó si viajaba para Bogotá. Es mi escala, le dije, mientras me paraba y le ofrecía una sonrisa que cortésmente expresaba mi adiós.

Poco después veía a la misma señora pasar al avión entre los primeros pasajeros gracias a su boleto de primera clase. Pero claro, ahora se veía, incluso, más apuesta, mientras cruzaba la sala de abordaje. La bien cuidada figura para sus cuarenta y varios, así como su hermoso cabello, se hicieron más notorios en ella justo antes de desaparecer de la sala.

Al llegar mi turno en la línea, la amable señorita del Counter me explicó que había habido un error con la emisión de mi pasaje, pero que estaba ya solucionado, pues por las molestias ocasionadas había sido reubicado en primera clase. Agradecí con una sonrisa y me dirigí al avión contentísimo, aunque un poco confundido al darme cuenta que jamás existió molestia alguna y que, de hecho, nunca me enteré del mencionado error. Qué golpe de suerte, pensé.

Al llegar a la puerta del 757, la aeromoza a cargo me señaló el camino a primera clase y, por supuesto, a ese asiento que realmente no merecía. Levantando el mentón y, con aires de pose justificados y aprovechados al máximo por la ocasión, me dirigí hacia el 2B. Pero qué lujos, qué asientos. Soy un hombre que toda su vida había viajado en coach, y encontrarme con tanto confort me terminó de explicar la gran diferencia de dinero que existe entre donde me encontraba y “la cabina de atrás”. Las cosas parecían no poder ponerse mejores hasta que descubrí a mi compañera de asiento; la misma mujer de la sonrisa en el Bar, la apuesta señora de cabellos hermosos, mi 2A.

Mire usted, qué coincidencia, me dijo mientras su sonrisa expresaba una afinidad mayor hacia mi persona por el simple hecho de saber que yo también viajaba en primera clase.
-¿negocios?
-Algo así

Como todo eso era demasiado bueno para ser cierto, el anuncio que nuestra nave debía hacer una escala “técnica” en Quito me incomodó un poco. Y es que recordé que horas antes me había dado cuenta que mis auspiciadores del viaje habían abaratado costos al ponerme en un viaje de cuatro escalas antes de llegar a mi destino final. Para generar amenidad en la charla, mi compañera de asiento me preguntó si todo estaba bien al notar mi ceño más fruncido de lo normal.
-La verdad es que voy hasta Barcelona, y ahora sé que debo parar en Quito, en Bogotá, en Cali y finalmente en Madrid.
-Uy, que problema. Pero mire, yo voy hasta Madrid. Parece que haremos las mismas conexiones.

Sacó su boleto de un bolso y cuando insinuó querer compararlo con el mío inventé alguna excusa para no mostrarle que en realidad era un mortal más que, gracias a la dama fortuna, se encontraba sentado en un lugar que no le correspondía social ni económicamente.

El vuelo a quito pasó enseguida entre coqueteos finos y risas mesuradas. Quise ser tan sofisticado como pude y saqué a relucir lo mejor de mí en cultura general, elocuencia y simpatía. Claro está, mentí sobre mi edad, mi trabajo y mis motivos de viaje. Después de todo, estaba seguro que no la volvería a ver más y, al ser de otro país, las posibilidades de que me atrape las mentirillas eran una en un googolplex.

Entre Quito y Bogotá y Cali me quedé totalmente dormido y pensé que ese podría ser el fin de mi ilusión con la señora de las cuatro décadas. Pero como dice mi padre, la pelota estaba en mi cancha. Dependía de mí y solamente de mí acercarme más a Paula Andrea, nombre del que esa sexy y joven señora se quejaba porque, sostenía, era muy común en su país.

En Cali tuvimos que cambiar de avión y esta vez sí tendría el asiento por el que pagué (bueno, por el que pagaron mis auspiciadores), así que evité ser visto por PA en el abordaje. Ya volando y tan pronto se apagó la señal de “fasten your seat belt, please”, me las ingenié para pasar a primera clase gracias al cuento más fantástico que le pude inventar a una de las aeromozas. PA estaba sola y me senté junto a ella, haciéndole creer que todo el tiempo había estado dos asientos atrás.

El trabajo difícil ya estaba hecho. Tenía poco menos de diez horas antes de llegar al tan desordenado aeropuerto de Barajas. Una vez más, retomamos la conversación y tuve que reacomodar, en mi mente, la fila de tonterías que había predicado como ciertas anteriormente. Pero qué mentiroso me había vuelto en un solo día. De pronto me acordé de lo que mucha gente dice con respecto a la magia del alcohol y su poder para hacer que las cosas sucedan, así que me apresuré a pedir lo más fuerte que tenían y le ofrecí a PA que me acompañe en el tema porque no me gustaba tomar solo.

Las horas pasaron, irónicamente, volando y, entre otras cosas, me enteré que PA era divorciada, que tenía una hija de ocho años y que era algo así como una ejecutiva de cuentas de una empresa de gran tamaño en su natal Colombia y se dirigía a Madrid a cerrar algún trato, o algo así. Ya que mi vida era una fantasía, enfaticé el hecho de ir a Barcelona para hacer, personalmente, unos papeleos, y de paso, aprovechar mis días de vacaciones relajándome en un crucero por el mediterráneo. Pude notar cómo mi nariz dejó de crecer por un momento al no mentir en el tema del crucero que, dicho sea de paso, fue el mejor que he tenido hasta ahora. El tiempo se estaba acabando y el alcohol ya había hecho efecto en ambos que, con más holgura, reíamos un poco más y soltábamos comentarios llenos de picardía premium. Sabía que llegando a Madrid nos separaríamos y yo quería tener una historia que contar en el bar del hombre del piano, así que tomé las cartas correspondientes, y con la madurez y galanura de mis ficticios treinta y dos años le acaricié el pelo. El gesto fue recibido con total sutileza y una mirada fija: la combinación perfecta para un beso asegurado.

Ojalá y fuera unos años menor para subirme a ese crucero con usted, me dijo luego de una prolongada sesión de besos. Qué pena con usted, pero a mí me habría gustado vernos en España. Entre insinuaciones y frases sugestivas vino la decisión de meternos al baño. Diablos, hasta el baño era más grande en primera clase. Las cosas estaban muy acaloradas allí dentro y el momento se estaba convirtiendo en el más emocionante de mi vida cuando dieron la señal: estábamos descendiendo y prontos al aterrizaje. No puede ser (la puta madre), pensé mientras PA me detenía y sugería que mejor volvamos a nuestros asientos. Al volverme necio y portarme demasiado persuasivo, mi señora me sacó del camino alzando el tono de voz y salió del baño apresurada. Yo, por mi parte, me acomodé la ropa de nuevo y, derrotado, salí del baño de primera clase con dirección a la cabina de turistas. Me senté donde realmente me correspondía sentarme, sobre ese asiento que ahora parecía tan incómodo, tan corriente y ordinario; sin aires de divo, sin papeleos que hacer en Barcelona y sin más detalles que escribir en esta historia.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

RUC vs. RUS

En segundo grado de primaria, o tercero, o qué sé yo, el tutor de mi clase me motivó (en realidad me obligó de una forma sutil) a participar en una obra teatral del colegio por motivo del aniversario de “la liberación del país del brazo español”. Mi trabajo, aparentemente, sería muy fácil; algún niño iba a declarar la independencia frente al colegio personificando a Don José de San Martín y yo sería uno de los actores de reparto con poca importancia que debería estar parado cerca a él durante todo el jodido discurso. Tú serás el sacerdote, acotó el profesor.

Claro, como seguro no podía encontrar a otro gordo más gracioso (ante los demás) en toda la sección me tuvo que asignar el vergonzoso papel del mofletudo padre que yacía parado a dos metros detrás de Don José en todas las láminas escolares que comprábamos los de mi generación para hacer trabajos de historia en el colegio.

Yo no quise acceder a algo que consideraba realmente tonto, pero por esos días aún no sabía decir que no y, por quedar bien con el bonachón del maestro, tuve que aceptar lo que iría a ser un episodio de humillación que seguramente nunca olvidaría, al menos en toda la primaria. Pero qué suerte la mía de tener una madre que intercedía por mí firme y enérgicamente: No, profesor; mi hijo no puede hacer ese papel porque ese día estaremos fuera de Lima. La mentira fue eje de discusión entre mi profesor y mi jefa por unos veinte minutos algunos días después, mientras mi tía coqueteaba con uno de los agentes de seguridad del colegio. Empezaba a conocer lo que era el “qué roche”.

Finalmente mi madre tuvo la última palabra de forma extra oficial. Pero como no asistir a la ceremonia de las Fiestas Patrias del colegio traería como resultado una grave sanción en mi “expediente permanente”, tuvimos que buscar una salida a esa situación tan incómoda. La premisa y su variante me ponían contra la pared: si asistía el día de la ceremonia tendría que hacer el papel del rollizo religioso, y si no asistía el dichoso día tendría represalias académicas por desobediencia, y vaya que en ese colegio si se tomaban en serio la disciplina y demás pretensiones.

Por aquel entonces ya me encontraba a mitad de mi joven formación como pianista en la escuela sinfónica del conservatorio, por lo que dada la popularidad que tenían los números musicales en las actuaciones del colegio, decidimos que lo mejor sería ofrecerme, “voluntariamente”, a deleitar a los asistentes con una pieza musical al teclado como cierre de programa. De ahí que me vería imposibilitado a participar en cualquier otro tipo de actuación previa por temas de concentración y preparación para el gran concluyente de la fecha.

Finalmente llegó el día de la celebración y me tocó cerrar con broche de oro con algún tema que transmitiera patriotismo y peruanidad. Así, alrededor de las seis de la tarde –coño, que duraban mucho esas actuaciones- subí al estrado, conecté un teclado a la salida de audio e interpreté por enésima vez una Flor de la Canela que ya hasta me sabía de memoria y me resultaba, incluso, aburrida. Sin embargo, asumo que para los adultos de la época, ver a un niño de ocho años tocar el teclado de esa forma resultaba acongojantemente maravilloso, supongo. El broche fue, en realidad, de platinio y la ovación fue tal que, a partir de la fecha, me convertí en el must de todas las actuaciones del colegio; había cavado mi propia tumba de aburridos compromisos sociales sobre un plató a tan corta edad. Ya no podría, más, escapar a casa en medio de las actuaciones sorteando a los brigadieres de secundaria que custodiaban las puertas del colegio, ni pasar el rato jugando cartas con mis amigos mientras el director daba su aburridísimo discurso de dos horas a inicio de los programas, ni gozar del larguísimo recreo que implicaba para los chicos de la escuela primaria el tener un día de actuación. En fin, y todo eso solo por librarme de hacer el papel de sacerdote bien comido en una estúpida actuación.


viernes, 6 de noviembre de 2009

Times that are changing

En mi paso por la universidad, algunas pequeñas conversaciones se hicieron permanentes en mi memoria. Acá los top 10 mientras me acuerdo de otros cincuenta por ahí:


D1:

Arabella: Desde ahora, les voy diciendo que la mitad de toda esta clase va a terminar trabajando en algo más, menos en publicidad. Además, de los que trabajen en publicidad, solo la mitad estará en agencia y, como si eso fuera poco, esos que entren a trabajar a agencia no van a ganar mucho por si acaso. No es buena inversión, así que la puerta está abierta para los buscan plata. ¿Alguien se retira? Ok, empecemos con los sueldos promedios en una agencia de publicidad.
Yo: Pregunta
Arabella: Dime
Yo: y los que quieren ser publicistas por amor al deporte?
Arabella: Esos locos como tú terminan abriendo restaurantes


D2:

Waldo: Veamos, Edson ¿qué tipo de música te gusta apreciar?
Yo: el Jazz, Profe.
Waldo: Ok, ¿qué tipo de jazz?
Yo: el latin Jazz, profe
Waldo: Ok ¿quién en especial?
Yo: Enrique Pla, profe
Waldo: Ok. Ahora imagina que conoces a una chica poco agraciada, que para tu cumpleaños se aparece en tu puerta con un disco de Enrique Pla, lo mejor del latin jazz, autografiado y original. Y te invita a salir ¿qué le dices?
Yo: Que aprenda a cocinar, profe.


D3:

Luciano: Y tí Edson ¿qué te parece lo que nos acaba de presentar Katia?
Yo: O sea, no me parece wow, pero de hecho pone
Luciano: Bueno, entonces para citar a un publicista del medio, los trabajos de la semana pasada no me parecieron wow, pero ponían. Por cierto ¿dónde compras tu ropa?
Yo: ¿?

D4:

Yo: Profesor, pero si usted dijo que esta especie de fenómeno psicopatológico colectivo resulta de una contrariedad dilemática en las percepciones símil-idealistas de quienes no distinguen entre lo que alguna vez fue fructífero en términos macroeconómicos y lo que nos llevó a una hiperinflación ¿por qué el estado vio necesario tomar esas medidas económicas de precaución para desacelerar el mercado?
Fernando: ¿yo he dicho eso? Bueno en todo caso, no estoy autorizado a responder esa pregunta.
Adolfo: Creo que a lo que Edson se refiere es…¿por qué Trinity no murió en Matrix 3?

D5:

Francisco: Ya sé de dónde a tí te conozco, gordo. Tu eres el delincuente ese que en la mañana se para al frente a comer su sanguchazo ese. Ya te vi, ya, andas con otro gordo delincuente y los dos se ponen a tragar su sanguchazo en la mañana ¿Si o no? Se ponen que parece que van a asaltar a los que pasan por ahí.
Yo: Profesor no me difame de esa manera. Mi amigo y yo nunca hemos asaltado a nadie.

D6

Baraco: Es una sensación que solo puede ser ejemplificada de una manera
Yo: Ya sé, profe, como cuando uno ve dibujos de Jettix con galletitas de soda con mantequilla
Baraco: No me hagas imaginarte comiendo “galletitas de soda con mantequilla”

D7

Ferreiros: Algunos ya ni necesitan dar el final porque con sus notas ya pasaron el curso, otros como este alumno, Edson, se van por 21 al examen
Yo: Profesor, pero todavía no ha devuelto los últimos controles ¿cuándo lo hará?
Profesor: ….Pronto

D8

Nelly: Ruli ruli ¿por qué llegas tarde?
Yo: Es que no encontraba parking, Nelly
Nelly: ¿y cómo explicas que chilindrina, popeye, pulpín y churrito ya están acá si ellos también manejan
Yo: es que yo no cuadro mi joya en cualquier lado
Nelly: Oye ruli, yo he visto tu carro y lo puedes cuadrar en el rimac sin que le pase nada

D9

Yo: ¿o sea que lo que anuncian en quality products no es cierto?
Miriam: Claro que no, pues, Edson.
Yo: Pero Erick Estrada dice que las pastillas para adelgazar funcionan
Miriam: No me digas que te compraste las pastillitas esas y te hiciste un tacu tacu
Yo: ¿qué?
Miriam: Una bromita pues Edson

D10

Fedora: ¿Llamas a esto un story board?
Yo: ¿te parece tan malo nuestro story board?
Fedora: Me parece que no sabes nada de publicidad
Yo: ¿solo por un mal story board?
Fedora: No, porque sigues pensando que esta cosa es un story board

sábado, 24 de octubre de 2009

Profesorcito Chirrín

La primera activación BTL que alguna vez vi en Lima no fue realmente eso, pero funcionó como tal. Me encontraba caminando por los alrededores del centro de la ciudad hace ya unos veinte años, justamente un mes de octubre y con motivo de la tan conocida procesión del señor de los milagros. De pronto, por la esquina dobló un loco, evidentemente apresurado. Un loco real, con enfermedad mental, demencia, locura, o como se le llame. El loco llevaba puesto un atuendo que parecía ser el de Rambo en esa saga de películas que empezaba a hacerse cada vez más famosa en el país (vaya, que recién estábamos por entrar a la futurista década de los noventa). Agitado y gritando, el loco llevaba, también, una metralleta hecha de madera y una matraca parecida a las que venden en el paquete símbolo de valor agregado de año nuevo llamado “cotillón”, solo que aquella sonaba bastante fuerte.

La gente, asustada en un comienzo, empezó a abrirse paso mientras el loco corría “disparando” su metralleta. Enseguida empezaron las risas y todos miraban al loco, esta vez corriendo de un lado al otro de la calle, sin parar de gritar ni de disparar. De pronto, las miradas se hicieron aún más intensas cuando el loco hizo una pausa en una carretilla de anticuchos. Una gorda morena estaba al mando y terminando de preparar su primer lote de palitos. Honestamente, volví a asustarme pensando que el loco haría algo agresivo contra la vendedora. Pero para mi sorpresa (y asumo que para la de varios ahí presentes), la morena tomó uno de los palitos de anticucho y se lo ofreció al loco con una sonrisa. El loco empezó a comer y dejó su ira y sus armas en el banco de la carretilla, para disfrutar de su palito de anticucho de la manera más ostentosa posible. Al terminar, el loco volvió a su “realidad”. Luego de hacer una reverencia de gratitud con la señora, tomó su metralleta y su matraca, y se perdió entre las calles, corriendo, gritando y disparando.

La inercia funcionó de una manera mágica. La carretilla se vio rodeada de muchas personas, todas pidiendo anticuchos e información sobre el loco. La morena tenía su tarde hecha gracias a esa pequeña activación BTL no intencionada y no paraba de poner más y más palitos en su parrilla. Yo, por supuesto, caí en las redes publicitarias por enésima vez en mi niñez, y disfruté de mi porción de anticuchos, mientras escuchaba los comentarios imparables sobre el loco que se había ido contento luego de comer ahí.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Terapias de oficina

Cada vez que -por puras casualidades de la vida- me cruzo con la fascinante presentación astral del horóscopo de Walter Mercado, me quedo prendido del televisor. Y es que las predicciones del Sr. Mercado, por encima de ser certeras o no, traen consigo una dosis de carisma, dinamismo y lenguaje corporal dignos de ser atendidos hasta por Pappo Banton, quien personalmente considera que creer en el horóscopo es lo mismo que creer en las matemáticas de las eliminatorias.

Y vamos, es un filón. Los millones conseguidos por estafa de la iglesia para parar de sufrir serían dos veces más si tuvieran a Walter Mercado de anfitrión y no al reverendo de labios enormes.

Ahora, lo que me pregunto es ¿tendrá idea de lo que dice el Sr. Mercado sobre en sus predicciones? Personalmente, nunca le encontré semántica alguna a todas las cosas que el buen Walter dijo sobre mi signo o sobre cualquier otro signo. Al final, se me hace que la gente escucha lo que la gente quiere escuchar. Pero hombre, son negocios, pues. Negocios que terminan con mucha paz, pero sobre todo, con mucho, mucho amor.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Trabajo no, relajo si

Carlos, un amigo y cliente, me comentó que hace algunos días había entrado en un hoyo de desesperación implosiva ante la carga de estrés. Entendí su idea al instante, al saber que desde hace poco ha tomado un puesto que requiere trabajar bajo presión veinticuatro siete en la compañía para la que trabaja. En cuanto a mí, hace ya casi dos meses que no pongo pausa a mis actividades laborales y, honestamente, deja de resultarme atractiva la idea de que más trabajo es sinónimo de buena marcha.

No sabía realmente qué hacer en ese momento, me comentaba Carlos, y prosiguió: Tomé las llaves de mi auto y le dije a mi esposa que saldría por un rato sin saber realmente a dónde iba. Estuve manejando por la ciudad durante un par de horas en medio de la noche, tratando de despejarme un poco y alejar mis pensamientos de todo lo que tenga que ver con la empresa. Pero todos mis intentos eran fallidos ya que cualquier cosa que veía terminaba siendo un remainder de algo relacionado con el trabajo.

Enseguida me sentí identificado con mi amigo hasta cierto punto. Y es que, en mi caso, esos paseos sin destino en el coche me sirven, por un lado, para alejarme del trabajo, y por otro, para producir ideas. Es ambiguo, en realidad, ya que las ideas serán utilizadas para el trabajo, y este último demandará que produzca más ideas. Un círculo vicioso, eso es.

Me pongo a pensar en la conversación que escuché entre mis padres hace poco sin que ellos se dieran cuenta , cuando él le decía a ella que sabía que yo estaba durmiendo muy pocas horas, que cuando nos juntamos a almorzar de vez en cuando, me nota estresado, cansado, pero valientemente listo para seguir. En cierto sentido me gustó lo que oí, pero también me preocupó. Frases como “darse un tiempo”, “la familia está primero”, “relajarse de vez en cuando” y demás, atacaban mi premisa implantada de que cada minuto puede y debe ser productivo.

Intercambiábamos opiniones y comentarios de ese tipo con Carlos cuando nos dimos cuenta que debíamos volver a lo nuestro; el trabajo que estamos haciendo juntos como parte de una campaña. Esos diez minutos de charla amena sobre poder relajarse fueron opacados por las siguientes cuatro horas de reunión ininterrumpida. Y otra vez a lo mismo: trabajar, trabajar, y volver a trabajar. Ahora recuerdo otro comentario de mi padre que sonó más a sugerencia. Lo que te falta, me decía, es buscar un lugar en tu agenda para tomarte unos diez días sin hacer absolutamente nada. Claro que luego te aburrirás, recalcó, y querrás volver a tu escritorio enseguida. Por como lo veo, seguramente Carlos y yo, y muchas más personas, necesitan de la implementación de un día más en la semana. Algo así como Osvaldo.


Descontinuidad de premios en Metro

Creí que escuchar jazz en la plaza De los Músicos y visitar el palacio de Sissy serían las dos mejores cosas que podía hacer durante mi visita por Viena, pero qué equivocado estaba. Suponía haber olvidado varios recuerdos sobre esos días hasta hoy que, en medio de una conversación, me preguntaron si había tenido alguna aventura en mi amenísimo paseo por Europa. Un rápido flash me envió de regreso a esos días y vi, durante un segundo, varios lugares y caras que yacían abandonados en algún rincón de mi mente. De pronto me enfoqué específicamente en uno de esos días, un martes, recuerdo, y abrí el libro de las melodías de Pappo Banton, con fecha pasada, en una de las hojas en las que hablaba de europa, en mis días por Austria, y decía algo así:

(...) Al despertar me di cuenta que había perdido un día de tour y asumo que tanto Evelyn como Carla, mis compañeras de viaje, se habían dado por vencidas en sus intentos por despertarme y habían abandonado el hotel varios minutos antes. No tenía tour, ni celular, ni siquiera la más ligera idea de en qué parte de la ciudad quedaba el hotel donde me encontraba. Pero tenía veinte euros en el bolsillo y la disponibilidad para perderme en la ciudad a base de empirismo.

Mientras hacía mis planes en voz alta –que en ese momento solo incluían bajar a tomar desayuno y vestirme- fui interrumpido por la delicada voz de mi compañera de cuarto. Salina era una hermosa chica belga de unos veinticinco años que compartía la habitación conmigo por un problema que había ocurrido con el sistema de reservas del hotel; ambos habíamos sido derivados a la misma habitación para dos personas como una solución ante la falta de habitaciones de solteros. Ni modo. Era eso u hospedarme en otro lado y, a pesar de ser dos extraños totales, a ninguno le importó que el otro tenga que dormir en la cama de al lado bajo el mismo techo.

De cualquier modo, Salina salía apresurada de la ducha e intentaba decirme el lugar hacia donde Evelyn y Carla habían ido, en caso me despertara a tiempo. Pero vi que eran pasadas las diez de la mañana y cualquier intento de alcanzar el tour sería en vano. Traté de explicarle eso a Salina pero enseguida recordé que ella no hablaba inglés y que yo no hablaba holandés. Entré al baño para que se cambiara mientras yo hacía lo propio. Al salir, ella ya se había ido, dejando un papel que parecía ser un flyer para algún tipo de fiesta en el centro de la ciudad.

Treinta minutos más tarde me encontraba en el Lobby del hotel a punto de cruzar las puertas hacia un hermoso y despejado día de sol, no sin antes avisarle a Mark, el recepcionista, que estaría de vuelta a las siete de la noche como máximo, y que si no regresaba para entonces, que le diga a mis compañeras de viaje que se empezaran a preocupar. Ambos reímos y tras pedirme que no me preocupe salí del hotel con rumbo desconocido.

No llegué a las siete de la noche; no lo hice hasta el día siguiente por la mañana, cuando aparecí de vuelta en la puerta del lobby, con una muda de ropa distinta a la del día anterior, de la mano de Salina y bajo la influencia de alcohol y energizantes (irónicamente no de RedBull), y quién sabe qué más. El día anterior había sido muy bueno, pero la noche había sido, incluso, mejor. (not to be continued).

jueves, 20 de agosto de 2009

LogiTalk

Mis tíos cercanos siempre han hablado barbaridades frente a mí. Las palabrotas que escuchaba cuando era un pequeño infante hicieron que me acostumbrara a ese tipo de lenguaje desde muy temprana edad. No obstante, el asunto es que los niños imitan a los adultos, y eso fue, hasta algún momento, una tentación que llevé conmigo cada vez que pensaba que las lisuras eran la mejor manera de enfatizar las ideas.

Mi proceso de adecuación a tales palabras y expresiones fue rápido, mas no así el de adquisición y uso. Cuando tenía unos diez años comencé a medir paulatinamente la tolerancia de mis padres frente a un novedoso vocabulario subido de tono. Así, primero empecé por reemplazar el “asu macho” por el “asu mare”. Y aunque las miradas de mi madre fueron de advertencia en un inicio, con los meses se volvieron en miradas de resignación (“está creciendo”, pensaría). Mi segundo paso fue la adherencia del “mare” al “pucha”, y todo se volvió un “pucha mare” –eventualmente “pucha madre”- cuando las cosas no salían bien.

Sabía que “mierda” y “carajo” estarían casi al final de la lista y del proceso, por lo que tuve que amoldarlas de a pocos para aminorar el cambio en mi forma de hablar. En la adolescencia colegial empecé a sentir la frustración de no poder soltar cuanta oración quería en casa, ya que entre los amigos de la escuela se había vuelto in y excitante hablar el diccionario competo de lisuras. Porque te hacía ver más aceptado si decías “puta que bacán esta mierda” en vez de “oh, que interesante este asunto” (pappo dice: y qué idiotas que nos volvemos cuando adolescentes).

De cualquier modo, debido a que el trato es “igual para todos”, hoy en día suelto las palabras que quiera frente a mi primo de once años, esperando que, al igual que yo, sepa manejar esa tentación de imitarme (me hace sentir, en algo, un poquito subido el que mi primo quiera seguir varios de mis pasos), por lo menos hasta que tenga la edad “suficiente” , para expresarse de ese modo tan vulgar, inferior y estúpido que muchos de nosotros portamos en la lengua.

Los Expedientes Secretos A

Desde hace un tiempo trabajo en una oficina nueva. El ambiente laboral es cargado aunque ameno. Correr es parte de todos los días y los horarios se extienden hasta el punto de crear los miércoles coma cinco y los lunes y medio que los clientes parecen tener muy bien definidos en sus calendarios. El trabajo en equipo es bueno y cuando se puede se ríe mucho.

Sin embargo, acá como en todas las agencias siempre hay historias que se van amoldando y acomodando en el archivador mental de todos los colaboradores. Los roches de la oficina, las metidas de pata, las discusiones entre trabajadores y, cómo no, las experiencias sobrenaturales. ¿Experiencias sobre naturales? Pues si. Ya alguien ha sentido pasos, escuchado puertas y hasta visto siluetas por el reflejo de algún vidrio. Sale a la luz la historia de que los cimientos de la agencia están sobre una antigua huaca que alguna vez fue un cementerio inca. Que alguna persona murió acá o, simplemente, que hay espíritus rondando en la cocina.

Personalmente, ya en varias ocasiones he tenido la oportunidad de quedarme completamente solo en la oficina, avanzando con algún proyecto o poniéndome al día en otro. Aunque con la predisposición de hacerlo, no he logrado oir, sentir, oler o ver nada que resulte paranormalmente sospechoso. O no tengo esa sensibilidad para “sentir”, o no me uno a las fanfarronadas colectivas que pueden surgir por puro interés en crear un ambiente, aún, más emocionante dentro de la agencia. Al menos eso pensaba hasta hace unos días.

Eran como las ocho de la mañana y aquel día llegué un poco antes que de costumbre. Fui el primero en llegar a la agencia y decidí sacarle provecho al día atendiendo el temprano llamado de la naturaleza. Así, luego de echar una mirada a los principales titulares de noticias, me apresuré en visitar el baño. Cuando abrí la puerta se me erizó todo el cuerpo; la imagen que tenía ante mí desató una sensación cercana al ataque de pánico. Era espeluznante. Me paralicé y no pude moverme, ni gritar, ni huir. Me puse pálido y luego de varios segundos pude entrar en mi mismo de nuevo. Era un arácnido; una araña de esas negras, horribles y grandes que con solo quedarse paradas despliegan una actitud amenazadora. Por fin pude incorporarme totalmente y atiné en llamar por teléfono a un compañero de trabajo que, afortunadamente, estaba llegando a la agencia. ¿Esta es tu emergencia? Me dijo, mientras pisaba repetidas veces al monstruo que me había puesto helado.

A raíz de ese episodio, ahora si puedo afirmar, como varios acá, que trato de evitar quedarme solo de noche, o de día, o a cualquier hora, con el temor de encontrarme, nuevamente, con un monstruo como el de aquel día en el baño.

Especialistas de la tecno-vida

Hace un par de semanas traté de explicar la magia de la escritura a mis alumnos. Cuando escribes, les dije, puedes hacer todo lo que no haces en el mundo real. Puedes robar, violar, asesinar, salvar al mundo de un ataque extraterrestre, ser el presidente de Zimbabue, ser policía, pegarle al policía, abofetear a Alan (¡hey!), ser millonario, ser pobre, ser alto, ser pelirrojo y una infinidad de cosas más. En realidad no creo haberles dado tantos ejemplos, pero mi punto era ese.

Y es que cuando lo hace, uno tiene poder absoluto sobre lo que escribe, sin importar consecuencias, opiniones o casualidades. Finalmente es su mundo, y en su mundo, el que escribe gobierna, pide y desea lo que le venga en gana.
Por otro lado, les decía, escribir también desfoga; explayar, mentir o colgarse de la realidad para producir fantasía son solo algunos caminos a tomar. Realmente no me gané la lotería, pero en mi mundo de la escritura si lo hice si quisiera. Realmente quiero ofrecerte disculpas, pero por miedo a hacerlo en persona lo escribo y me escondo tras las líneas.
…
¿Y tu? Me preguntó un familiar en otra charla muy similar. Bueno, le dije, lo que escribo es Ficción. ¿Y las impresionantes semejanzas con la realidad? Refutó. Son solo coincidencias que por razones casuales del universo se parecen a lo que escribo. Yo solo escribo cosas reales cuando hablo de mis recuerdos, porque como lo he dicho antes, es una manera agradable de mantener con vida episodios que desaparecerían de mi mente al ser desatendidos. -Pero Pappo, casi siempre hablas de recuerdos, pero a veces no lo haces tan explícito-. Eh ahí mi jugoso poder, le dije. Solo yo sé y entiendo cada una de las cosas que escribo.
…
Yo tengo una teoría, acotó, esta vez, alguien más astuto. Yo creo que tus melodías tienen mucho de reales, y algo de ficción.
- ¿Explícate?
- Bueno; nombres, lugares, escenas y sentimientos parecen ser alterados adrede en ese mágico mundo de la escritura del que me has hablado toda la tarde.
- Interesante.
- Pero entonces ¿son o no son reales tus historias?
- Mis melodías, dices.
- Exacto.
- Bueno, varias lo son.
- ¿y las otras?
- También, aunque no tanto.
- Diablos, Pappo, me estás poniendo impaciente.
- En ese caso te saco de mi melodía por impaciente, y encima la termino.

Son cosas del amor

Cuando era alumno tenía una imagen, unos prejuicios y unos conceptos de los profesores. Aunque probablemente me esté remitiendo solo a la etapa escolar, las cosas son parecidas en varios muchachones de hoy en día. El profesor, cualquier profesor, un profesor, era desde un inicio un potencial enemigo; un objetivo a detestar, a odiar, a asociarlo con tareas, clases, colegio y aburrimiento total. Con el profesor no se podía chonguear, el profesor era aburrido, podía jalarte si no le caías y nunca podía ser tu amigo. Él era siempre viejo por más que tuviera veinte, cuarenta o sesenta años; cualquier edad era sinónimo de anti-cool y antigüedad frente a uno como alumno.

El profesor no podía ir a discotecas, ni al cine, o hacer algo relacionado a la idea de tener vida social, era un elemento de rutinaria monotonía que comprendía poco más de hacer clases y corregir trabajos y exámenes. Ver al profesor en la calle resultaba extraño, su mundo no podía ser ese; su mundo era el colegio y ahí vivía. El profesor no podía ser gracioso. Cualquier broma sería un intento frustrado, porque uno era más vivo y más in que el profesor. Si el profesor entraba en tu ambiente amical, tú eras un sobón, un lame culos, un chupa medias, un nerd, un monse, o algo más, y ya nadie te quería. Manejar una amistad con el profesor era un tema delicado, complejo y dejado solo para quienes gozaban de una popularidad muy sólida que no se vería afectada por tan peligroso vínculo. Por el contrario, enfrentar al profesor, hacerlo quedar mal, buchearle las bromas, demostrar tu autoridad sobre la de él y burlarlo en temas de asistencia y notas eran aspectos que te hacían socialmente aceptado. Si balanceabas bien las cosas podías convertirte en uno de los machos alfa del salón.

Probablemente esa etiqueta no se la sacamos al profesor hasta la universidad, cuando nos damos cuenta que aquél no es necesariamente malo, viejo, aburrido o anticuado. Que las clases no tienen por qué caerle mal al estómago y que algunos temas son, de hecho, de real interés. Finalmente, apreciamos su trabajo y, en algunos casos, vemos la emoción de la enseñanza cuando nos topamos con experiencias que, redundantemente, nos enseñan. Cómo cambian las cosas cuando uno las ve desde la perspectiva opuesta. Tiene razón Tito Castro, cuando dice que llega un momento en el que uno suelta la cámara, retrocede unos pasos, sube las escaleras y ve cómo funciona el set completo (Manya, ah).

ADelante

- ¿Bueno? Contesté con algo de sueño por la hora.
- Pappo, ganamos el Ojo, huevón.
- ¿Negro? ¿El Ojo de Iberoamérica?
- Si, huevón. Puta, Pappo, ganamos el ojo, tío.
- Negro de mierda, ¿me estás hablando en serio?
- No te estoy floreando; me acabo de enterar y me voy a Buenos Aires con Rolo a recibir el premio.

Mientras el negro terminaba de darme todos los detalles de su logro como creativo me di cuenta que ese era su punto de inicio para crecer sin que lo detengan. Algo simple, una idea sin tanto trabajo visual, sobria, directa y “original” había traído como resultado que Giancarlo “El negro” y Rolando, su dupla creativa, ganasen un premio dentro del aclamado concurso –en el mundo de la publicidad, claro está- del Ojo de Iberoamérica.

Para ese momento El negro y yo aún éramos alumnos en la universidad. Una universidad que, por encima de lo positivo que tenía, decidió no auspiciar a la dupla ganadora para que, al menos, puedan presentarse a recibir ese premio que tanto orgullo les daba, me daba, nos daba a varios publicistas que compartíamos aulas con ellos.

Anteriormente, cuando me juntaba a conversar con el negro en las horas sociales del campus, siempre hablábamos sobre ir lejos en las áreas a las que apuntábamos. Yo le decía al negro que no parara hasta conseguir un León de oro, y en retribución él me alentaba a conquistar Nueva York con el Grand Medal que muchos productores publicitarios buscan. Por supuesto, el negro se adelantó en el camino a la fama publicitaria cuando, luego de un tiempo, lo llamaron a participar -junto a Rolando, por supuesto- como dupla creativa en una prestigiosísima agencia de publicidad internacional con sede en Singapur. Le va muy bien, por lo que oigo, aunque asumo que extraña mucho esta ciudad. Y de pronto, me pongo a pensar ¿Será que lo mismo pasa con Diego, otro amigo al que una trasnacional de productos envió para Panamá con un bonito puesto en Marketing? ¿Será que Mú también extrañará esta ciudad a pesar de tener el contento del amor junto a un diploma de maestría europeo? ¿Y qué será de Sandy, la buena, que anda por los Stamford, al igual que Adhemar, que pasó de MTV a alguna agencia de publicidad en los Miamis? Desde acá solo me queda desear éxito para todos ellos. Qué bueno.

viernes, 19 de junio de 2009

Junkers, lo último en thermas a gas

La entrada principal del hotel Libertador estaba abarrota de gente que esperaba ansiosa ver a alguno de los artistas entrar o salir. Desde el Lobby, yo observaba emocionado la escena mientras incrementaba mi entusiasmo por haber vuelto, una vez más, a ese festival en el que todo era festejo y alegría durante dos noches seguidas.

De vuelta en Lima, me esperaban los exámenes parciales luego de ese par de días, pero poco me importaba ese molestoso futuro. Como el año anterior, había hecho mis planes de acuerdo a lo que yo denominaba el mejor fin de semana al año: Tomé el primer vuelo del sábado y a las nueve de la mañana ya estaba en el hotel, leyendo el diario luego de un delicioso desayuno. Tenía exáctamente dos días para parrandear mi trasero antes de tomar el vuelo de regreso a Lima y a mis molestísimos exámenes parciales el lunes muy temprano (¿ya dije que eran super molestosos?).

Primero lo primero, una reponedora y, a la vez, recargadora siesta de seis o siete horas antes de la gran noche. Apresuré mi marcha a la habitación mientras me cruzaba con caras muy conocidas por todo el hotel, y otras que resultaban aún mejor al saludarme muy cordialmente con todo y apellido. Siempre me pregunté cómo hacían esos muchachos del staff para acordarse los apellidos de todos los huéspedes: Buenas tardes, Sr. Texaco, Buenos días Sr. Texaco, ¿Tomará su desayuno, Sr. Texaco?

Recuerdo más ese año porque recibí una llamada al celular alrededor del medio día que haría comenzar una historia muy amena; era Julio, un amigo del colegio con quien hasta hoy mantengo contacto. Por si acaso me arrebaté y tomé el primer vuelo que chapé hoy; estoy en Cusco, marica ¿dónde estás? Las palabras de Julio tardaron en cobrar sentido en mi soñolienta cabeza y en segundos pude reaccionar; Mostro, ven al Libertador en veinte minutos.

En el tiempo estimado, yo esperaba en el Lobby de vuelta, cuando sonó mi celular una vez más. Julio me comentaba que estaba donde pactamos, pero que había demasiada gente en la puerta y el moreno botones no dejaba entrar a nadie que no sea huesped o artista del evento. Espérame ahí, le dije. Me acerqué a lo que parecía la sala del wallstreet que veo en las películas. La cantidad de fans, curiosos y demás era increíble. Raul, un amigo cantante a quien conocía del gimnasio se acercó a saludarme rapidamente mientras la gente gritaba su nombre desde afuera, por lo que la charla fue muy breve y enseguida desapareció. Entre tantas cabezas era imposible reconocer a Julio, hasta que escuché mi nombre; entonces le dije al Moreno – cuya estatura bordeaba, tranquilamente, los dos metros- que ese muchacho venía conmigo y que lo dejen pasar. Con una caminata imponente, el alto señor se abrió paso entre la gente mientras otro botones resguardaba fielmente la entrada principal. En poco mas de diez segundos Julio ya había cruzado las puertas del hotel y nos saludamos efusivamente. Bastardo, no pensé que la hacías, le dije.

Ya en el lobby, Julio se percató de la presencia de muchas niñas bonitas de la televisión que daban entrevistas a distintos medios y charlaban entre ellas. Mierda ¿Las conoces? Me preguntó. Seguramente vas a pedirme fotos, le respondí. Julio sonrió y sacó una cámara de su bolsillo, así que con camaradería nos acercamos a algunos de los artistas que estaban en el hotel y Julio pudo tomarse fotos con todos ellos.

A los pocos minutos, Julio me preguntó por qué no me sacaba fotos yo también. La verdad es que a mi no me importaba esa posería que terminaría en algún sitio web personal. Pero mi excepción se llamaba Paloma y aún no llegaba al hotel. Por el radio trasnmisor de uno de los señores de la producción del festival había escuchado que llegaría pasada las cinco de la tarde por algún problema en Lima.

Así, almorzamos en el hotel y le presenté a algunas personas con las que mantuvimos entretenidas charlas con respecto a la proximidad de la noche del festival. Varias de ellas participaban por primera vez y estaban ansiosas de salir al escenario. El tiempo voló y dieron las cinco. Esta vez alerta, nos situamos cerca a la recepción durante algunos minutos hasta que la gente de afuera empezó a gritar con muchas fuerzas. Sin duda era ella. Paloma, mi Paloma, la chica que debía conocer a toda costa. Necesitaría influencia de los productores así que lo tenía todo planeado. Ella entraría junto a su grupete de música de mierda, harían el chequeo y luego descansaría unos minutos en los sillones del lobby antes de ingresar a su habitación. Ese sería el momento en el que mi contacto en la producción me haría un favor que nunca terminaré de agradecer.

De pronto hizo su entrada: Qué bella que era, diablos, me enamoré más y aguardaba con disimulada desesperación mi momento. Julio entendió, recién en ese instante, a qué me refería con todo lo que le había platicado sobre esa muchacha de poco más de veinte añitos.

El plan iba perfecto, entraron al hotel, se chequearon y seguidamente reposaron en los sillones del lobby mientras esperaban sus habitaciones. Ya te cagaste, le voy a decir a tu viejo que te estás afanando a Palomita, para que se cague de risa, me dijo mi contacto entre risas. Vamos, que ahora es el momento.

Julio y yo lo seguimos hacia donde estaban Paloma y el resto del grupo, y él saludó a todos para luego dirigirse a esa princesa latina. Paloma, quiero presentarte a alguien, le dijo. Su mirada se clavó en mis ojos y estuve a punto de desmoronarme por la emoción. Ella sonrió y le dijo: Claro que sí, P. Se paró del sillón mientras a mí me empezaban a temblar las piernas. Paloma, dulce Paloma, cara a cara, en persona, con esa sonrisa angelical, se me acercó.

Continuará.

jueves, 18 de junio de 2009

Zero en matemática, zero azucar (al estilo de la Fania)

La tendencia por reducir el tamaño de las computadoras super personales (¿o de qué otro modo podría llamar a las notebooks?) ha llegado a pasar los límites de lo concebible para alguien que sepa usar el paquete Office a “nivel usuario”.

Está bien que la hayas conseguido a doscientos cincuenta dólares, viejo, pero exageraste un poco en tus -a veces- bizarros gustos. Quiero decir, el tamaño SI importa en estas materias y tener una computadora cuya pantalla no sea mayor a la de un reproductor de DVD portátil dificulta el trabajo de los ojos.

Si la paciencia le da, ella entrará al estudio a chatear, huzmear en foros o ver videos de Freddy Mercury cantando en ropa interior. Todo eso frente a una pantalla de veinticuatro pulgadas. Pero si ese día no se quiere mover de la cama tendrá que adaptarse a la ridiculez esta que hoy me prestaron. ¿Debería quejarme? Tal vez no, porque fui yo quien dejó su laptop en otro lado y no tenía cómo mandar correos y poder fumar un par de cigarrillos a la vez en este café del óvalo cerca a casa.

¿Tú que opinas? Le pregunto a la amable muchacha que me trae el demorado chocolate caliente. Pero seguramente es funcional, me responde. ¿Ves, acaso, mi total comodidad al sacar la joroba y achinar más los ojos para poder escribir esta línea mientras te hablo? Qué ridículo se me ha de ver, gordito y jorobado. Creo que la asusté; se va con una sonrisa forzada, pero ella es lo de menos y los mails que envío son lo de-más.

¿Y ahora qué? ¿No que esta cosa aguantaba cuatro horas sin cargador? ¿Por qué me salta un aviso de advertencia? ¿Se va a apagar? Apágate pues. Después de todo, me llevo el chocolate. (Take that, “new technology”).

sábado, 13 de junio de 2009

Con Ibáñez en el arco

Lo que me gusta del video juego ese de fútbol es el universo paralelo al que viajo y en donde, contra toda paradoja de la realidad, Perú puede ganarle a equipos como Chile, Colombia, Italia y hasta Alemania.

Yo la vivo; yo grito los goles, insulto las metidas de pata, aplaudo las jugadas admirables y hasta me quiero meter en la pelea cuando las tensión sube en la cancha. Yo soy Pizarro, Solano, Farfán y hasta Ibáñez. Yo los controlo y cuando uno de mis chicos toma el balón siento cómo yo mismo estoy en la jugada. Ganarle a Chile por un tanto o por goleada es lo de menos; yo celebro con los jugadores y me lanzo al pasto de pechito, mando besos a las tribunas y le lustro el chimpún al goleador.

Jugar al “winin” tiene lo suyo. Si gano me relajo, me alegro y me desestreso por un rato. Me olvido de los problemas, las deudas, las preocupaciones y las tareas, y vivo sonriendo por varios minutos. Es en serio, me cambia el humor, pero así también lo hace el otro lado de la gracia. Del mismo modo en el que me pongo contento al ganar, cuando mi equipo pierde me pongo chúcaro. Reniego, grito, no quiero hablar con nadie, me fumo un cigarrillo en tres o cuatro pitadas y me enferma la impotencia y la frustración de no haber vencido al oponente. Les recuerdo a todos esos jugadores que no le han ganado a nadie y que sus madres formarán parte de mis habladurías por varios minutos.

Pero es así, pues, que uno experimenta la realidad virtual a la que se atreve a pasar. Soy totalmente fiel a jugar con la blanquiroja y, como es el fútbol en la vida real, a veces no se gana (decir perder hasta me molesta).

Por supuesto, nada como jugar de a dos. Pero jugar con un real novato también aburre, y jugar con un lobo mortifica. Por eso es mejor jugar con gente que esté en un nivel parecido y, de ese modo, hacer de la contienda algo ameno, emocionante y, en los buenos casos, gratificante. Y si ganas, tómate una cerveza bien helada. Tus muchachos y tú se lo merecen.

jueves, 11 de junio de 2009

Investigaciones en tierra firme y otros relacionados con OVNIS

Creo que era la tercera o cuarta vez en mi vida en la que asistía a uno de esos eventos. Eso es para maricas, decía siempre. Los eventos sociales in no eran lo mío, solo cuando se trataba de fiestas patrocinadas Y armadas por alguna marca de cerveza (ojo, de los veinte "Privados Peroni" al mes al que algunos se jactan de ir, solo uno o ninguno es realmente un Privado Peroni).

Yo evitaba las noches de queso y vino en las que se exponían cuadros, se presentaba al mercado un nuevo modelo de celular o se promocionaban las nuevas series de un canal por cable. Todas las invitaciones a esos eventitos que llegaban a la oficina se quedaban, en efecto, en la oficina. Y cuando alguien mencionaba que tal y cual había estado ahí, o que el amigo del cuñado de la hermanastra de su primo estaba en la organización del evento, yo pretendía escuchar con atención (El gran Waldo decía: La gente quiere que la quieran).

Esa noche, un amigo me convenció de asistir a la ceremonia de Inauguración de un local cuyo concepto de negocio realmente me pareció atractivo para un mercado como el de Lima. Su entusiasmo por ir me convenció y así enrumbamos en su auto hacia la calle La Prida 114, muy cerca al gimnasio de Octavio. La verdad es que al llegar, me sentí como Reuben Feffer en Along came Polly, con la diferencia de no perder a mi compañero de vista y, aunque no hubo ninguna Polly, si hubo una Claire.

Claire era una chica con la que había trabajado un par de años atrás y siempre sospeché de cierta química entre nosotros, aunque jamás se lo había insinuado. Ahora la tenía frente a mi y al reconocerme no dudó en abrazarme y sellar con un beso mi mejilla. ¿Cómo has estado? me preguntó. La charla continuó por un par de horas mientras las copas no dejaron de llegar de la bandeja de Arturo, un atento camarero que sabía exactamente cuando aparecer con un refill para Claire y para mi.

Realmente debo irme, corté a Claire en un momento inesperado luego de una larga y coqueta charla acompañada por una selección agradable de música de algún DJ nada conocido. ¿Termino mi copa y nos vamos? acertó ella perfectamente. En ese momento recordé con cólera que no había llevado el coche y, ahora si, el creído de Franco, mi amigo, había desaparecido con alguna chica (o algún chico, nunca lo sabré).

Con una sutil charlatanada logré convencer a Claire de irnos caminando. Después de todo, sabía que ella adoraba el distrito de Castelares. Siempre me habló de querer mudarse por ahí y nada mejor que disfrutar de sus calles en medio de la madrugada, sin tráfico, sin gente y sin ruido.

Al entrar al ascensor para abandonar el lugar, seguí mis impulsos y la volví a interrumpir, pero esta vez con un apasionado beso que duró lo que le tomó al elevador llegar hasta el lobby del edificio.

Caminamos de la mano varios bloques entre risas, comentarios del antiguo trabajo y pícaros besos cortos. Le ofrecí irnos a un lugar más privado pero rechazó mi invitación. Eres un niño, me decía, siempre lo fuiste.

Un poco intimidado por lo sucedido, la acompañé a tomar un Taxi. Me dio su teléfono y me dijo que la llame para salir algún día y, para ser francos, no estaba tan convencido de hacerlo hasta el beso de despedida. Claire terminaba de darme un beso y me pedía uno más, y así lo hizo de nuevo, y al final fueron muchos besos. No se cuantos; eso es lo de menos. Pero fue eso, justamente, lo que me hizo cambiar de opinión y llamarla luego de unos días.

En fin, la historia cambió. Ella conoció a un tal Gustavo, o Bruno, o algo así. Tuvieron un hijo y, aunque nunca se casaron, asumo que han de ser felíces. Yo, ahora, atiendo más seguido a esos eventos sociales, con la esperanza de encontrar nuevamente a mi propia Polly, a mi propia Claire.

(Adaptado de El pasado vino, por Tomás Sandoval)

lunes, 25 de mayo de 2009

Polos para todos los gustos

Déjame contarte, Ricardo, un poco más sobre esa tarde con mi abuelo Coché en Lunahuaná:

Recordarás que la palabra Lunahuaná era como una campana de alerta para mi abuelo. Cada vez que alguien mencionaba esa palabra cerca de él, Coché dejaba todo lo que estaba haciendo para intervenir en el tema; ¿Lunahuaná? ¿vamos a ir? ¿Mañana? ¿Cuándo vamos?

El origen de su amor por ese lugar se remonta a su niñez. Si no me equivoco, pasó gran parte de ella por esos lares, comiendo camarones y jugando junto al río. Asumo que un gran número de recuerdos felices lo llenaban de alegría cada vez que se imaginaba volver a visitar su pueblo, y que esa era la razón por la cual los ojos le brillaban cada vez que hablaba de “volver a casa”.

Esa tarde era la última del fin de semana; partiríamos de regreso a Lima en unas horas y decidimos dar unas vueltas por el pueblito de Lunahuaná en la pick up de mi padre. Mi abuelo y yo íbamos en la tolva disfrutando del aire puro que ese rinconcito ahora muy prostituido nos brindaba. De pronto, a alguien dentro del carro se le ocurrió la idea de usar un megáfono que por alguna razón estaba bajo el asiento del copiloto, y así empezó nuestra absurda, efímera pero emotiva campaña electoral.

¡José para alcalde! se oyó desde el carro. Coché y yo nos miramos tras escuchar el primer anuncio y él sonrió. Nunca antes ni después lo vi sonreír de la misma manera; parecía un niño lleno de felicidad, emocionadísimo, contentísimo. Mi abuelo volvió su mirada al frente y esta vez alzó las manos para extenderlas y saludar, así, a los varios vecinos del pueblo que salían a sus puertas a hacerle hurras sin siquiera conocerlo.

Los siguientes anuncios venían acompañados de slogans preparados de forma improvisada y resultaban, en algunos casos, algo exagerados. “Con José, nueva vía expresa para Lunahuaná” “Vota por José y gánate un perrito”. Los temas seguían y, al darme cuenta, Coché no era más el mismo. La felicidad lo transformó realmente en ese personaje y vivió una realidad paralela durante varios minutos. Coché era, en su propia imaginación, ese hombre que postulaba a las elecciones para la alcaldía de Lunahuaná. Serio, impetuoso, siempre con las manos abiertas y saludando a todos sus vecinos, mi abuelo lucía su mejor peinado a mano de momento y una postura muy erguida. No era necesario ser un genio para darse cuenta que se sentía orgullosísimo de sí mismo, de su pasajera realidad adulterada. La enorme emoción burló su conciencia para hacerlo vivir y recordar esa experiencia que, más adelante, relataría como "la vez en la que postuló para alcalde en Lunahuaná".

Como sabrás, esa fue la última vez que Coché pisó ese pueblo. Debo admitir que recordarlo y recordar su amistad me pone algo triste, pero es cierto que si no hubiera sido por ti y por tu carta, no me habría puesto a pensar, también, en los momentos divertidos y agradables que pasé junto a él.

En fin, no quiero hacer esta carta más larga, estimado Ricardo. Espero saber de tí pronto.

Se fue la luz

Daniel y Karen se conocían por algunos meses y rápidamente se habían convertido en mejores amigos. Esa noche, como de costumbre cada semana, el mismo día y a la misma hora, se reunieron pasadas las once en el bar que frecuentaban para ponerse al día en los aspectos sociales y amorosos de sus vidas mientras el hombre del piano los acompañaba en el fondo.

La frase de siempre: tú primero, le dijo Daniel a Karen, esperando que ella empezara a contarle las últimas novedades sobre su vida. Realmente se querían mucho, a pesar de poder verse solo una vez a la semana.

Conocí a un muchacho hace ya un tiempo, dijo ella, y la verdad es que nos conectamos de forma casi instantánea. Él me hacía reír y yo lo hacía hablar a pesar de su timidez. Él me hacía sentir como una mujer madura y yo lo hacía sentir como un niño travieso; éramos, creo, el complemento perfecto. Primero fuimos amigos y compartimos hasta las lágrimas; creamos un vínculo especial entre ambos y lo empecé a considerar por encima de mis otros amigos. Lo quería, lo quiero y, seguramente lo querré por mucho tiempo, pero temo que no podré verle más. La semana pasada nos encontramos, se nos fueron los tragos e intimamos por primera vez, pero él se convirtió en otro. No me llamó al día siguiente, ni lo hizo después, ni lo ha hecho hasta ahora. Tengo miedo de perderlo porque ahora las cosas parecen ser distintas. ¿Qué hay de ti?

Bueno, dijo Daniel, yo tengo una historia similar que compartir contigo, aunque con ciertas variaciones. A esta chica la conocí por pura casualidad, pero al principio admito que no me caía muy bien. Luego de un tiempo aprendí a entenderla y reíamos sin parar cada vez que nos reuníamos. Hablábamos de todo un poco y sin apurar las cosas. Finalmente llegué a quererla mucho aunque con cierto miedo a enamorarme. Sabes que siempre he sido así, y eres una de las personas que mejor me conoce, por lo que creo que serás la indicada para aconsejarme. Hace muy poco dormí con ella y al amanecer me sentí raro; era como si algo dentro de mí se hubiera arrepentido de haber pasado la noche a su lado, pero luego descubrí que no era así; al menos, no del todo. En tu caso no te llaman; en el mío soy yo quien tiene miedo de llamar. No sé si quiero conservar su amistad o dar un paso adelante, estoy realmente confundido. ¿qué crees que debería hacer?

Karen miró su celular y enseguida respondió: Si realmente la valoras como una amiga podría durar mucho. La amistad no se acaba con facilidad; las relaciones si. Habla con ella al respecto y aclara las cosas. Será mejor saber si lo que sientes es amor o ilusión y, sobre todo, que ella sienta lo mismo hacia ti. Tú sueles ser más racional y directo; me sorprende que me pidas consejos en esto. Pero bueno, devuélveme el favor con otro consejo. Mi caso es patético ¿no crees? No más que el mío, respondió Daniel, y prosiguió: Verás, tú al menos tienes las agallas para admitir que sientes varias cosas por él, que lo quieres y que, aparentemente lo vas a seguir queriendo. Yo, por el contrario, soy un inseguro del diablo, que ni siquiera sé qué es lo que realmente quiero, ni con ella, ni con nadie.

Creo que es la primera vez en la que no tenemos una solución para nuestros casos, dijo Karen. Perdóname, por favor, pero hoy no podré quedarme más tiempo como la última vez; tengo muchas cosas que pensar.

Luego de esa noche, ninguno de los dos resolvió sus problemas con las personas de las que habían hablado. Daniel y Karen no se volvieron a reunir en ese bar; no se volvieron a hablar más, ni se escribieron. Se perdieron el uno al otro y así terminó esa relación. Ninguno, sin embargo, se arrepintió, jamás, de haber conocido al otro, de haber pasado algunos meses maravillosos, de haberse vuelto mejores amigos y, por supuesto, de haber hecho el amor esa única vez.

domingo, 19 de abril de 2009

Perdóname si te nombro

El concierto de los Muñecos de Papel fue el móvil para que muchas y muchos se juntaran en algún lugar de Miraflores. Yo aún era un chiquillo y mi fanatismo por el grupo no pasaba de decirle a todos que a mí me gustaba Bibi Gaitán, una de las muñecas del grupo. Así, al concierto iría mi hermana y mi mamá, mientras que mi padre y yo debíamos hacer hora en los alrededores del lugar para pasar por ellas al terminar.

No entiendo, ahora que lo pienso detenidamente, cómo es que ese grupo mexicano, cuya fama de aquellos días podría compararse a los RB-algo de ahora, decidió venir a la ciudad en la que todos los días se salía a la calle con miedo a morir por la explosión de algún carro, un asesinato masivo o por pararse junto a un policía. Eran tiempos duros, y algunos de nosotros aún recordamos con tristeza lo que, afortunadamente, estaba por terminar a inicios de la década pasada. El caso es que vinieron, tocaron, se presentaron en un par de programas y se fueron. Pero algo curioso dentro de ese orden nos ocurrió a mi padre y a mi.

Ya que mi hermana y mi madre se tomarían un par de horas en el concierto de los aclamadísimos muchachones entre los que se encontraban Ricky Martín y Sasha, mi padre y yo fuimos a dar unas vueltas por las calles miraflorinas. Comimos, reímos, coqueteamos con las meseras de algún lugar y, finalmente, fuimos al arcade a jugar alguna maricada de esos días. En una enorme y antigua máquina de video juegos dentro de uno de estos lugares, mi padre y yo nos pusimos a jugar el antiguo Contra. Perdimos rápido, creo, y ya debíamos regresar a recoger a nuestras damas.

Al llegar al recinto del concierto, mi padre estacionó su carro en la parte de atrás del mismo, justo frente a una limousine cuyo chofer esperaba paciente a un lado de la acera mientras se fumaba unos cigarrillos Premier. Para mí era asombroso ver, por primera vez, esos autos largos que usaba la gente rica de algunas películas que había visto en el olvidado Cine Millonario del canal dos. Es grandaza, le dije a mi padre mientras mantenía los ojos muy abiertos de puro e ingénuo asombro. Es la de los muñecos de papel, me dijo. ¿De verdad? si, en serio. ¡Mira! ¡justamente están saliendo!. Por un momento, me quedé mirando con emoción cómo iban saliendo uno a uno los famosos muñecos y, en un impulso de alegría infantil, bajé del carro y crucé la calle hasta la limousine donde Bibi, mi Bibi Gaitán, la muñeca de papel que me gustaba, era la última en subir. ¡Bibí! le dije, alzando mi aún agudo tono de voz. Ella volteó, se agachó un poco y me cogió los cachetes con ambas manos. ¿Y este muñequito de papel? ¿te perdiste el concierto muñequito? acentí con la cabeza y puse una cara triste (mi mejor actuación de niño). Aw, pero qué tierno, entonces te prometo que regresaremos a dar otro concierto y tú tienes que prometerme que esta vez si vendrás ¿Orale?. Me dio un beso en la mejilla y subió a la limousine de lunas oscurecidas luego de despedirse.

Al recapacitar, mi padre ya estaba a mi lado y me dijo que sería la envidia de mi madre y de mi hermana cuando les contara lo que me había pasado. Fui feliz por varios días y nadie en el colegio me creyó. Pero eso fue lo de menos. Lo que realmente me jodió la infancia y, posteriormente la adolescencia, fue que Bibí Gaitán nunca cumplió su promesa.