lunes, 29 de marzo de 2010

Las promesas de Marlene (continuación)

Andrés entró estrepitosamente a mi oficina y con su cotidiano saludo, pero esta vez exaltado, se apresuró en decir: ¡Jefe! ¡nos ha caído la campaña del Sur! Quieren la propuesta técnica para mañana a las diez. ¿De la noche? Contesté casi indiferente y sin quitarme las gafas mientras pretendía huir de la realidad. Andrés, esta vez más serio, hizo un gesto muy suyo con la boca y concluyó: No sabes cómo me llega al pincho llevar pan a mi mesa algunas veces.

Cuatro o cinco días antes de eso me encontraba en una hamaca frente al armónico y rítmico oleaje de las playas del norte, saboreando una Peroni y unos cigarrillos Marlboro con verdadero sabor a cigarrillos Marlboro. En ese momento pensaba en lo delicioso que era estar de vacaciones y no contestar el teléfono por cuestiones de trabajo. ¿Para qué volver a Lima? –me decía en voz alta- si acá la estoy pasando tan relajado y todavía no siento las ganas de trabajar.

Cada cierto tiempo me cuestiono los proyectos en los que me meto. Mi vida profesional no escapa al juicio y, por encima de afanarme con efímeros paraísos mentales y reales, siempre vuelvo a lo mismo; amo lo que hago, disfruto lo que logro y pretendo continuar hasta que la mente me lo prohíba. Y es que mi padre hace varios años, aún en mi niñez, me dijo algo como esto: “La mayoría de las personas no estudia lo que quiere estudiar, trabaja en lo que no estudió y gana menos de lo que quiere ganar. No digo que lograr esas cosas te hagan feliz, pero le darán más sentido a tu vida”. Mi padre, sabio para mí y para otras varias personas, estudió educación y administración, ha pasado por campos como la investigación de mercados, las estrategias del marketing y la producción de eventos. Pero lo irónico es que fue a él a quien tuve que enfrentarme cuando le dije qué carrera universitaria quería seguir.

Estudie lo que quise estudiar, trabajo en lo que estudié y, aunque el sueldo no es ni será un motivador tan esencial para mí, no me quejo por la paga. Pero luego de ver ese comercial de Interbank (desde mi punto de vista publicitario, qué pieza más emotiva y qué concepto tan bueno), me pregunto si algún día me arrebataré y haré algo similar.