Manuel –el loquito, como le decimos- es un compañero de trabajo al que cualquiera calificaría con el coloquial adjetivo de “chamba” (eg: Ese pata es bien chamba). Aunque resultó algo tímido al principio, Manuel se ha convertido en todo un personaje dentro de la agencia en los pocos meses que lleva acá. Sus historias peloteras, sus peculiares bromas y algunas palabras que resultan ser un propio acervo de modismo para él se han convertido en expectativas de día a día, al punto de preguntar ¿Y cuál es la última de Manuel?, o venir con el chisme ¿sabes la última de Manuel? Bueno chico, después de todo.
Ya que en este trabajo todos comparten, hoy me tocó invitarle almuerzo a Manuel. Así, con el cálido clima de este lado de la ciudad, Jesús, Manuel y yo decidimos ir a una pescadería cuyo nombre no mencionaré debido a lo que voy a decir sobre ella.
El almuerzo empezó con chismes, bromas y un poco más de holgura en la confianza del grupo, tal y como debe ser fuera de la oficina, en donde todos somos amigos y no existen diferencias de puestos, áreas ni salarios. La bebida, heladísima, hacía el comienzo de lo que prometía ser un rico como ameno almuerzo.
Un delicioso tiradito de entrada nos dio la bienvenida y le hizo la posta a nuestros segundos. Manuel, sin disimular la emoción de encontrarse en un ambiente agradable, se aventuró por un arroz chaufa de Mariscos. Yo me arriesgué a pedir un plato nuevo con una salsa que sabía bastante buena, Y Jesús nos dio la contra con un Bistec a lo pobre.
Es muy cierto que cuando uno come es feliz. Y así estábamos los tres durante unos minutos; felices de comer. De pronto -como en las leyendas urbanas gringas relacionadas a restaurantes- estuve a punto de llevarme un bocado más de mi plato a la boca, cuando noté algo extraño en él. Por flojo, dudé un par de veces en inspeccionar a fondo de qué se trataba, pero finalmente decidí observar en detalle lo que parecía ser un grano de maíz tostado colado en mi salsa. Cuando descubrí lo que era empecé a reprimir la realidad durante unos segundos para evitar que mi digestión funcionara en reversa. Enseguida le pasé el tenedor a Manuel, aún con la carga en el bocado. Mira, Manuel ¿reconoces esto? Le dije mientras él estudiaba el contenido sobre el tenedor. Al hacer un estudio simple con su cuchillo, su cara de felicidad cambió a una de total angustia y asco. Yo atiné a reír porque eso me ayudaba a no pensar en vomitar, pero Manuel, totalmente asqueado, soltó sus cubiertos, dejando entrever que algo abominable estaba tomando lugar en ese almuerzo. ¡Mira huevón! Exclamó Manuel a Jesús, enseñándole lo que no podía ser, más, obviado. Una joven y repugnante cucaracha se había colado en el proceso de cocción de la salsa con pulpa de cangrejos que adornaba mi plato.
En toda situación de angustia, lo mejor, dicen, es mantener la calma. Era comprensible entender que se trataba de una ocasión para lanzar platos por el aire, meterse a la cocina a la fuerza y moler a golpes al chef y a sus tres asistentes. Otra salida era levantar una denuncia contra el lugar; y qué ricos nos habríamos vuelto en los Estados Unidos, donde el juicio no habría durado ni dos semanas y la indemnización podría bordear el cuarto de millón de dólares con un buen argumento, pero estábamos en el país de las mil pasibilidades, donde los juicios son de nunca acabar y a lo mucho logras una indemnización que vale seis veces menos que el abogado que contrates.
Ni una ni la otra; llamamos a la mesera y nos presentamos, explicándole nuestra decisión de abandonar el lugar sin pagar más que las bebidas. Tras una breve negociación, la cuenta, que seguramente era algo grande por la cantidad de cosas que pedimos, se redujo al dos por ciento, y nos retiramos con un sabor amargo, decepcionados y con la firme idea de no regresar más a ese lugar. Manuel, el loquito, era el más afectado por la experiencia.
Buscamos otro lugar donde saciar el hambre. Pero el gusto y la felicidad no fueron los mismos. Realmente asqueroso.
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