Poco después veía a la misma señora pasar al avión entre los primeros pasajeros gracias a su boleto de primera clase. Pero claro, ahora se veía, incluso, más apuesta, mientras cruzaba la sala de abordaje. La bien cuidada figura para sus cuarenta y varios, así como su hermoso cabello, se hicieron más notorios en ella justo antes de desaparecer de la sala.
Al llegar mi turno en la línea, la amable señorita del Counter me explicó que había habido un error con la emisión de mi pasaje, pero que estaba ya solucionado, pues por las molestias ocasionadas había sido reubicado en primera clase. Agradecí con una sonrisa y me dirigí al avión contentísimo, aunque un poco confundido al darme cuenta que jamás existió molestia alguna y que, de hecho, nunca me enteré del mencionado error. Qué golpe de suerte, pensé.
Al llegar a la puerta del 757, la aeromoza a cargo me señaló el camino a primera clase y, por supuesto, a ese asiento que realmente no merecía. Levantando el mentón y, con aires de pose justificados y aprovechados al máximo por la ocasión, me dirigí hacia el 2B. Pero qué lujos, qué asientos. Soy un hombre que toda su vida había viajado en coach, y encontrarme con tanto confort me terminó de explicar la gran diferencia de dinero que existe entre donde me encontraba y “la cabina de atrás”. Las cosas parecían no poder ponerse mejores hasta que descubrí a mi compañera de asiento; la misma mujer de la sonrisa en el Bar, la apuesta señora de cabellos hermosos, mi 2A.
Mire usted, qué coincidencia, me dijo mientras su sonrisa expresaba una afinidad mayor hacia mi persona por el simple hecho de saber que yo también viajaba en primera clase.
-¿negocios?
-Algo así
Como todo eso era demasiado bueno para ser cierto, el anuncio que nuestra nave debía hacer una escala “técnica” en Quito me incomodó un poco. Y es que recordé que horas antes me había dado cuenta que mis auspiciadores del viaje habían abaratado costos al ponerme en un viaje de cuatro escalas antes de llegar a mi destino final. Para generar amenidad en la charla, mi compañera de asiento me preguntó si todo estaba bien al notar mi ceño más fruncido de lo normal.
-La verdad es que voy hasta Barcelona, y ahora sé que debo parar en Quito, en Bogotá, en Cali y finalmente en Madrid.
-Uy, que problema. Pero mire, yo voy hasta Madrid. Parece que haremos las mismas conexiones.
Sacó su boleto de un bolso y cuando insinuó querer compararlo con el mío inventé alguna excusa para no mostrarle que en realidad era un mortal más que, gracias a la dama fortuna, se encontraba sentado en un lugar que no le correspondía social ni económicamente.
El vuelo a quito pasó enseguida entre coqueteos finos y risas mesuradas. Quise ser tan sofisticado como pude y saqué a relucir lo mejor de mí en cultura general, elocuencia y simpatía. Claro está, mentí sobre mi edad, mi trabajo y mis motivos de viaje. Después de todo, estaba seguro que no la volvería a ver más y, al ser de otro país, las posibilidades de que me atrape las mentirillas eran una en un googolplex.
Entre Quito y Bogotá y Cali me quedé totalmente dormido y pensé que ese podría ser el fin de mi ilusión con la señora de las cuatro décadas. Pero como dice mi padre, la pelota estaba en mi cancha. Dependía de mí y solamente de mí acercarme más a Paula Andrea, nombre del que esa sexy y joven señora se quejaba porque, sostenía, era muy común en su país.
En Cali tuvimos que cambiar de avión y esta vez sí tendría el asiento por el que pagué (bueno, por el que pagaron mis auspiciadores), así que evité ser visto por PA en el abordaje. Ya volando y tan pronto se apagó la señal de “fasten your seat belt, please”, me las ingenié para pasar a primera clase gracias al cuento más fantástico que le pude inventar a una de las aeromozas. PA estaba sola y me senté junto a ella, haciéndole creer que todo el tiempo había estado dos asientos atrás.
El trabajo difícil ya estaba hecho. Tenía poco menos de diez horas antes de llegar al tan desordenado aeropuerto de Barajas. Una vez más, retomamos la conversación y tuve que reacomodar, en mi mente, la fila de tonterías que había predicado como ciertas anteriormente. Pero qué mentiroso me había vuelto en un solo día. De pronto me acordé de lo que mucha gente dice con respecto a la magia del alcohol y su poder para hacer que las cosas sucedan, así que me apresuré a pedir lo más fuerte que tenían y le ofrecí a PA que me acompañe en el tema porque no me gustaba tomar solo.
Las horas pasaron, irónicamente, volando y, entre otras cosas, me enteré que PA era divorciada, que tenía una hija de ocho años y que era algo así como una ejecutiva de cuentas de una empresa de gran tamaño en su natal Colombia y se dirigía a Madrid a cerrar algún trato, o algo así. Ya que mi vida era una fantasía, enfaticé el hecho de ir a Barcelona para hacer, personalmente, unos papeleos, y de paso, aprovechar mis días de vacaciones relajándome en un crucero por el mediterráneo. Pude notar cómo mi nariz dejó de crecer por un momento al no mentir en el tema del crucero que, dicho sea de paso, fue el mejor que he tenido hasta ahora. El tiempo se estaba acabando y el alcohol ya había hecho efecto en ambos que, con más holgura, reíamos un poco más y soltábamos comentarios llenos de picardía premium. Sabía que llegando a Madrid nos separaríamos y yo quería tener una historia que contar en el bar del hombre del piano, así que tomé las cartas correspondientes, y con la madurez y galanura de mis ficticios treinta y dos años le acaricié el pelo. El gesto fue recibido con total sutileza y una mirada fija: la combinación perfecta para un beso asegurado.
Ojalá y fuera unos años menor para subirme a ese crucero con usted, me dijo luego de una prolongada sesión de besos. Qué pena con usted, pero a mí me habría gustado vernos en España. Entre insinuaciones y frases sugestivas vino la decisión de meternos al baño. Diablos, hasta el baño era más grande en primera clase. Las cosas estaban muy acaloradas allí dentro y el momento se estaba convirtiendo en el más emocionante de mi vida cuando dieron la señal: estábamos descendiendo y prontos al aterrizaje. No puede ser (la puta madre), pensé mientras PA me detenía y sugería que mejor volvamos a nuestros asientos. Al volverme necio y portarme demasiado persuasivo, mi señora me sacó del camino alzando el tono de voz y salió del baño apresurada. Yo, por mi parte, me acomodé la ropa de nuevo y, derrotado, salí del baño de primera clase con dirección a la cabina de turistas. Me senté donde realmente me correspondía sentarme, sobre ese asiento que ahora parecía tan incómodo, tan corriente y ordinario; sin aires de divo, sin papeleos que hacer en Barcelona y sin más detalles que escribir en esta historia.
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