sábado, 2 de enero de 2010

Las promesas de Marlene

Alguien mencionó algo sobre brujas y así, luego de mucho tiempo, tuve mi primer recuerdo sobre esa época.

El cuarto de las brujas fue lo primero que recordé. Al menos esa era la forma en la que Milagros, la señora Milagros, lo llamaba. Un cuarto triste, siempre oscuro y lleno de cachivaches. En ese lugar se guardaban aquellas cosas que tal vez servirían en la eventualidad por alguna razón extraña, como ciertos juguetes, instrumentos de caza submarina, fierros viejos, repuestos eléctricos y una que otra maricada más. Nunca entré al cuarto de las brujas, pero no por las historias de suspenso que rondaban en torno a él, sino porque nunca tuve la necesidad ni las ganas de hacerlo.

El caso es que el cuarto de las brujas estaba frente a la cocina, en ese segundo piso que contaba con una espléndida terraza que tenía una vista aún más espléndida del calmado y poco ruidoso mar de Tortugas. Empecé, ahora, a recordar más detalles. La casa era grande, claro que si. La decoración era pobrísima pero encantadora, y armoniosamente ligada a la totalidad del inmueble. Después de todo, parecía ser intencionalmente precaria y rústica; eso sí que se veía bien en un balneario en el que todo resulta pacífico y simple. Allí las empleadas no vestían uniforme, porque para empezar no las había. La luz se iba y no resultaba escandalosamente preocupante para nadie porque la televisión por cable era algo que se quedaba en Lima. Pero qué sobriedad para pasarla bien.

Durante esa época, semana santa, año nuevo y fiestas patrias era sinónimo de Tortugas. Siempre las mismas familias; todas bien alojadas y mal distribuidas en la misma casa. Siempre con fiesta en la tercera planta y a la luz de las estrellas; siempre con un gran desayuno grupal, un almuerzo medido entre algunos de nosotros, y una cena que cada quien tenía que conseguir por su cuenta: cómo me empezaban a gustar los macarrones con queso de cajita Kraft.

Soraya apareció en la escena y al recordar que por alguna razón ella siempre nos acompañaba a Tortugas, empecé a preguntarle más detalles sobre el asunto, poniendo a prueba, una vez más, su excelente memoria para situaciones específicas en viajes.

Gordo, no te puedes olvidar de las madrugadas de regreso a la casa luego de tal o cual fiesta en otra parte de la playa ¿recuerdas? Yo empezaba a ver ciertas escenas en mi cabeza que, gracias a las palabras de mi amiga de infancia, iban volviéndose cada vez más claras.

Al rato me di cuenta que no entendía en qué momento ni por qué exactamente esa época tan bacana terminó. Hoy, sentado en la terraza de una casa de playa al sur de Lima, con una espléndida piscina y una vista aún más espléndida, me doy cuenta que el contento del momento, así como la energía positiva, las buenas vibraciones, la grata compañía y los macarrones con queso de las cajitas Kraft no son tan intensos como en la época de Tortugas.


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