Me acerqué a la barra y saludé a todos con la picardía que me caracteriza cuando tengo un poco y mucho de alcohol en la sangre. Por favor, ¡una ronda entera para todos, a mi cuenta! Las cinco o seis personas en la barra rieron por esa broma tan exquisitamente amena cuando se está en un all inclusive (it never gets old).
Mi compañero de barra tenía un acento que no pude distinguir al principio, pero las opciones no pasaban de dos o tres países de centro América. Y bueno, que hay que aprovechar todo el free buzz que tenemos acá, me dijo, porque lo que he bebido estos días es mi salario de dos meses. Hombre, le respondí, que el dinero no hace la felicidad. Antes que mi interlocutor pueda responder con algún comentario que aburriría la conversación proseguí: la compra hecha. Las carcajadas contagiaron a dos muchachas junto a nosotros que saboreaban lo último de algún trago similar al mojito y enseguida se presentaron. En la escena apareció Rocío -que venía con nosotros en ese viaje a Panamá- junto al italiano al que habíamos denominado como “galán”. ¿Qué cuentan chicos? No mucho, respondí, estábamos con mi compadre acá y estas dos hermosas chicas por empezar un concurso de tablazo. ¿Qué es eso? preguntó Rocío. Los cuatro nuevos mejores amigos de todo el mundo nos miramos sorprendidos y poco faltó para forzarla a sentarse a probar esa delicia de cocktail que hasta el día de hoy no he vuelto a encontrar en ninguna otra ciudad dentro de mis viajes.
¿Lista? Rocío miraba excitada aunque algo temerosa como el señor del bar terminaba de ponerle el último ingrediente al trago: tabasco. Ya sabes, Chío, dos golpes sobre la barra y te lo tomas todito. Vinieron los dos thuds por cortesía del bartender y mi amiga vació la última gota del pequeño vaso. La reacción de Rocío luego de probar por primera vez el tablazo era la esperada por cualquier persona que nunca lo ha probado antes, pero no por eso dejó de ser realmente graciosa. Y es que cuando la gente –y me incluyo en el asunto- prueba el tablazo por primera vez, se siente como un dragón a punto de echar fuego por la boca. Los ojos se abren completamente, una mano va directo al cuello y uno emite un sonido parecido al de los muertos vivientes mientras la cara se llena de un color rojo intenso. Ahora ya sabes lo que es un tablazo, le dijo mi amigo centroamericano a Rocío, luego de ser el primero en poder dejar de reírse.
Luego de unos segundos, Rocío se recuperó y le tocó el turno a galán. La gracia de esa escena sigue siendo indescriptible para mí y lamento no haber tenido una cámara de fotos en el momento. Ahora éramos seis los nuevos participantes de ese improvisado concurso al que dimos inicio enseguida. Media hora más tarde todos estábamos completamente ebrios, y es que el tablazo no es un shot que deba recomendar más de dos veces por día, pero nuestro campeón, el centroamericano, llegó a acabar su octavo tablazo luego de ser advertido por el bartender y antes de desplomarse sobre la barra. Esa noche comí sushi por primera y única vez, y no me gustó.
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