lunes, 29 de marzo de 2010

Rubén y su himno en el monumental

El amigo de un amigo, el mejor disfraz para cubrir al que te malogra.

Ese día, las casualidades del universo hicieron que los tres termináramos viendo la cinta de Máxima Velocidad en el departamento de Juan Julio. Mientras escuchaba a los otros dos varones discutir sobre la sensualidad de Sandra Bullock, pensé en voz alta lo que corría en mi cabeza en ese momento: la madre, acá faltan mujeres.

Habíamos comido dos pizzas y tomado casi una caja de cerveza Dorada, no lo olvido. “Yataco”, como le decían al amigo de Juan Julio (y dicho sea de paso, nunca supe su nombre real), se apiadó de mi comentario e, incorporándose, sacó su celular. No se diga más; quieres mujeres, tendrás mujeres, dijo. Frunciendo una de mis cejas miré a Juan Julio y aquel me hizo entender, con un gesto, que ya no había vuelta atrás. En efecto, el tal Yataco, como quien llama a ordenar comida, hizo un par de llamadas por chicas. Los nombres los tengo muy claros hasta el día de hoy, primero habló con Mayra, y luego con Penélope. Yo estaba feliz de que mi nuevo amigo tuviera amigas dispuestas a aparecerse en el departamento de Juan Julio a las dos de la mañana. Oye, tío ¿y cómo son esas amigas de tu pata? Le pregunté a JJ luego que Yataco entrara al baño a ducharse. No las conozco, pero de hecho son cariñosas, me respondió mi anfitrión.

Una hora más tarde sonó el intercomunicador del edificio. Era más que obvio que las amigas de Yataco habían hecho su llegada y yo terminaba de ponerme un poco de colonia que encontré en el cuarto de JJ. Para asegurarme de lucir decente frente a las señoritas, me atrasé en recibirlas haciendo una parada en el baño para mirarme al espejo. Enseguida escuché las voces de las recién llegadas y me percaté de un detalle que me entusiasmó aún más: sonaban sensuales.

Al salir a recibirlas, me avergoncé un poco de ver algo que no esperaba. Las dos chicas eran muy bonitas, más bonitas de lo que habría pensado que pudieran ser. Pero sobre todo, se veían muy sexis. Enseguida inferí que, por la hora, venían de alguna discoteca, aunque lucían más como si recién fueran a salir a una.

Rápidamente y, pretendiendo ser un “chico seguro”, me presenté y me sorprendí cuando cada una me dio un fugaz beso en los labios. JJ tenía razón; qué cariñosas, pensé algo asombrado. Conversamos en grupo durante cinco minutos hasta que Yataco encendió el estéreo y las invitó a quitarse la ropa. De pronto todo se veía más claro; las chicas no venían de ninguna discoteca, sus nombres no eran Mayra y Penélope, y ninguna señorita con algo de moral da besos en los labios al conocer a alguien por primera vez. ¡Diablos! se trataba de prostitutas. Pero ¿qué coño? ¿Qué clase de prostitutas son estas? Estaba totalmente confundido. Para mí, las prostitutas eran gordas feas paradas en la avenida Arequipa en la madrugada. Esa era la imagen. Estas chicas podrían pasar como estudiantes de universidades privadas; las chicas que uno ve en algún café y empieza a fantasear sobre conocerla, ser amigos, ser novios, salir de viaje y mil etcéteras. Algo estaba mal; si estas mujeres existían, solo lo hacían en las películas de mafiosos adictos a la coca.

¿Qué pasa Chicho? (odiaba que Yataco me llame así) ¿te paltean las amigas? No te preocupes que estas las pago yo. Coño, realmente me indignaba ver que chicas tan bonitas sean alquiladas. Era un dilema. Conseguir una chica así en mi vida común habría sido más difícil que hackear toda la internet, y ahora que la tenía para mí, y gratis, me ponía a pensar sobre valores, dignidad y demás tonterías.

Mi celular sonó y el mundo se puso en mi contra; era Morelia, la Morelia por la que echaba baba y la razón por la cual Ricardo no me hablaba en varios meses. Me fui a la cocina por un poco de privacidad y, tras rogarme que fuera a verla, colgó entre llantos. De vuelta en la sala, las chicas ya habían avanzado en su tarea y solo les quedaban las pantis. ¡Chicho! ¡te estás perdiendo lo mejor! Exclamó Yataco, mientras que JJ ya estaba inducido en un nuevo y maravilloso mundo con una de las muchachas.

La balanza se hizo presente; por un lado estaban las chicas más sexis que había visto en no sé cuánto tiempo, listas para todo y yo con una correa virtual de all inclusive en la muñeca, mientras que por otro lado estaba Morelia, necesitándome por alguna razón aún más milagrosa. Algo le pasaba; sufría y yo no podía respirar tranquilo mientras supiera que ella lloraba sola en su casa. En mi mente, por alguna estúpida razón, me sentía como Elmer Gruñón cuando no sabía a quién disparar mientras Bugs y Lucas le gritaban ¡temporada de patos! ¡temporada de conejos!

Dentro de toda la confusión, algo era sumamente claro para mí; La decisión que tendría que tomar esa noche fue una de las más difíciles decisiones que he podido tomar en la segunda mitad de mi vida.

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