lunes, 29 de marzo de 2010

Adelante y con los ojos bien cerrados

Me levanté con una sonrisa y decidí que lo mejor era mimarla. Celina, patea mis reuniones para la tarde, le dije a mi secretaria por teléfono mientras intentaba cepillarme los dientes. Algo me decía que ese era el momento perfecto para visitar a Champú.

Champú, un mono capuchino traído de Colombia, se había vuelto mi nuevo mejor amiguito. Su dueña era Sandra, una supuesta amiga (en realidad lo único que nos enlazaba era el mono) que lo había rescatado de un zoológico en el que había visto que lo maltrataban. Debería decir que en realidad se lo robó durante la noche por una buena causa, pero ella prefiere no hablar del tema.

Como de costumbre por esos meses, cada ciertos días iba a la casa de Sandra en las laderas de la ciudad con la única finalidad de ver al mono. Sé que Sandra se sentía atraída hacia mí y casi logra conquistarme con todos esos pasteles que preparaba cada vez que sabía de mi pronto arribo a su enorme casa. Pero yo solo buscaba jugar inocentemente y disfrutar de mi bonita amistad con el capuchino Champú mientras evitaba los comentarios –a veces muy atrevidos- de mi anfitriona. Valía la pena sortear la incomodidad de ser sexualmente perseguido con tal de pasar un par de horas hablando, corriendo, saltando y riendo con Champú. Algunas personas saben que siempre he querido un mono pero sé lo difícil que es mantener y criar a uno, por lo que las visitas a Chosica de forma casi semanal fueron más que precisas frente a mi incompetencia para criar animales. A champú le contaba mis secretos, le pedía consejos y traté de definir ciertos gestos del mono como respuestas ante mis inquietudes. Después de todo, para él las cosas eran mucho más simple que para el resto de nosotros.

De cualquier modo, esa mañana fui sin llamar y encontré a Sandra llorando. Al preguntarle qué ocurría, mi hasta-ese-día-amiga me develó una noticia que me entristeció por varios días; Champú había sido atropellado por un camión luego de escaparse de la casa de su dueña. Champú, mi amiguito al que le contaba mis cosas, con el que jugaba, corría y saltaba, había tenido un trágico final luego de su corta vida y no regresaría más.

Diablos, Champú.

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