lunes, 23 de junio de 2008

Honestidad no es una palabra solitaria

¿Y tú qué piensas? Le pregunté al improvisado Carlos; a lo que él me respondió:

Asumo que una de las ventajas de vivir en un país considerado dentro del tercer mundo (yo siempre temí preguntar por el segundo por miedo a pasar vergüenza ¿existiría?) es que poco o nada atractiva resulta la idea de fijarse en él como un objetivo terrorista internacional. Quiero decir, acá no existen las preocupaciones por días como el nine eleven, o por atentados que incluyan hacer volar un edificio gubernamental en mil pedazos, extorsionar a familias de empresarios de grandes corporaciones o, incluso, secuestrar un avión con ochenta pasajeros que se mueven, por negocio, de Lima a Juliaca.

Alguien hizo explosionar una bomba en un conocido centro comercial hace unos años; pero el episodio fue verdaderamente aislado y, para ser honestos, fueron más que exagerados los rumores sobre posibles ataques terroristas que involucraban, en la mayor de las tonterías expuestas, estrellar una avioneta sobre la embajada de los Estados Unidos.

Lo cierto es que desde que “erradicamos” la segunda peor vergüenza del País, la gente volvió a salir a las calles sin temer a bombas, apagones, asesinatos a la vista de todos, militares abusivos y toques de queda. Por eso creo que si un día escuchara algún estallido que viene de la mano con sirenas de policías, una repentina oscuridad en la ciudad y una marcha de militares por las calles, creo que entraría en pánico y correría a ver a los míos.

En fin, que suceda algo así (de nuevo) sería tan injusto como cuando Kathie Lee se comió toda la comida de los aldeanos en ese episodio de South Park.

miércoles, 11 de junio de 2008

Tres hombres y un chimpacé

Hoy me hizo acordar. Fue hace ya algunos años y resultó ser, verdaderamente, un episodio aislado. Zenaida ya había tenido su primer hijo y se encontraba en medio de un dilema al no saber si debía dejarlo en Lima con sus padres mientras ella terminaba sus estudios en Santiago. Aparentemente, los repetidos cambios en el programa de la escuela de Ingenería le habían parecido una muestra de poca seriedad por parte de su Universidad, y buscaba convalidar lo poco avanzado en el país vecino.

Fue un martes, recuerdo, que su número apareció en mi movil luego de mucho tiempo. Debo admitir que dudé en contestar ya que, desafortunadamente, Zenaida y yo habíamos tenido un problema varios meses antes y las cosas no habían terminado bien entre nosotros. Estando ebrios, traté de hacer que ella y Paola, una amiga en común, se besaran más de una vez (y es que el alcohol hace maravillas); para mi mala suerte, ambas pensaban que su pobre demostración previa había sido más que suficiente. De cualquier modo, no habíamos vuelto a hablar desde ese día, ni con ella ni con Paola. Pero ahora su celular timbraba al mío y eso me demostraba que, por alguna razón que hasta unas horas más tarde desconocería, Zenaida quería volver a hablar conmigo.

La conversación fue tan corta como puntual; ella necesitaba un consejo y, sabiendo que soy bueno dándolos -mas no siguiéndolos-, recurrió a mi. Me sugirió vernos y aproveché el tener la casa libre durante esos días, así que la cité enseguida y a las dos horas aperecía en mi puerta. Gordo, te veo más gordo, me dijo, con una frescura tan propia de ella y a la cual me había acostumbrado luego de muchos años de conocerla. Yo te veo más rica, le respondí casi instantáneamente, esperando recibir una sonrisa como señal de complicidad; una sonrisa que vino acompañada de un ligero empujón que le abría las puertas de mi casa, de mi cuarto y de la noche.

Hoy me llamó por temas que poco o nada tienen que ver con esa amistad que hemos vuelto a sembrar desde hace un par de años y, antes de colgar, me dijo que quería pedirme un consejo, como en los viejos tiempos. En fin, hoy me hizo acordar y, honestamente, no presté tanta atención, porque la verdad es que alguna vez estuve enamorado de Zenaida, pero ya no siento nada.

lunes, 2 de junio de 2008

Esas son cosas que pasan ¿y?

Comenzando estas líneas con la idea de que Barbie Malibú no es sino una especie de drag queen de la periferia de la ciudad, debo expresar ciertos pensamientos sobre un asunto específico lo antes posible.

Es ya sabido que Perú está buscando ser la casa anfitriona para las Olimpiadas en un futuro no muy lejano; pero eso no me importa, realmente. Ni siquiera sé por qué lo mencioné; no tiene nada que ver con lo que quiero escribir.

De cualquier modo, estoy un poco preocupado con respecto a la mala suerte que he venido teniendo las últimas veces que he adquirido películas de supuesto terror o suspenso. A excepción de la última compra, los “films” de esos géneros que tanto me gustan me han causado un malestar de desagrado y desepción comparable solo al pésimo montaje de escena del que personalmente creo haber sido víctima hace muy poco por unos supuestos hermanos Ferco (¡tigre blanco!).

Algunas de las porquerías que he comprado, creyendo inocentemente que se trataban de buenas películas dadas sus prometedoras imágenes en la caja, ya las he regalado. Títulos como Diario de los muertos, Treinta días de noche (una reverenda mierda que solo Walter podría calificar como “la mejor del año”) y El despertar del diablo (las dos) me han puesto de mal humor en distintas oportunidades. Creo que es el castigo por comprar discos piratas (los discos piratas SI se ven bien, tú como padre... ese es tu problema).

En fin, ahora trato de prevenir esos momentos de desepción preguntándole a Iván si lo que me vende es buen material, si lo ha visto y, por supuesto, cuál es su opinión sobre el mismo.

domingo, 1 de junio de 2008

El tiempo de los gestados

La jupiña, a parte de ser una soda, es la palabra con la que defino a todo aquello por lo que nos hacemos conocidos, de alguna u otra manera. Una particularidad que ronda a nuestro alrededor durante mucho tiempo (en algunos casos de por vida). Es eso de lo que no nos cansamos de hablar, sentir, palpar, oir u oler; y que, en ciertas ocasiones llega a cansar a quienes nos rodean porque parece que vivimos por y para esa jupiña.

A veces, la jupiña de alguien puede ser otra persona. Tomemos el caso de la chica que hace cuatro años fue terminada por su ex novio, pero que no deja de hablar de él, de recordarlo, de ver sus fotos y demás etcéteras (acá entraría Melissa diciendo algo como “supéralo”). Eso fue en el dos mil dos pero tú aún recuerdas el viaje a Ica. Por otro lado, también puede tratarse de lugares, como el caso de dos buenos amigos, Karina y Jaime; una vive obsesionada con Brasil aunque Brasil poco o nada se obsesione con ella, mientras que el otro revisa diariamente el clima, tipo de cambio y noticias del día de su amado Buenos Aires, aunque ya dejó de frecuentarlo.

Así, la Jupiña puede ser (también) una actividad, como la cacería, el gimnacio o tus visitas frecuentes a un lugar específico, un restaurante, una discoteca o, incluso, la casa de alguien más. La gente sabrá que cuando se cruce contigo, de lo único de lo que vas a hablar será de tu jodienda jupiña.

En fin; así como la jupiña del estado de Nebraska es el maiz, la de Coché era Lunahuaná y la de Moisés son sus pájaros, así también están las antijupiñas que, por deducción, funciona del modo contrario, y voila

ps: rings a bell?

miércoles, 28 de mayo de 2008

Plataforma crítica: los días pasan muy lentos

Papá tiene un caballo sin nombre en algún criadero en la ciudad de Trujillo. Nunca lo he visto y, por lo que escucho, es uno de esos caballos que bailan la marinera.

Me interesó saber más del mismo a raiz de la tarde que pasamos en la casa de campo de unos amigos, hace pocos días. Ahí estaban otros dos de esos caballos cuyo nombre real es “de paso” y no “que bailan la marinera” (pero es que la bailan, pues). Honestamente, solo los había visto en acción en un comercial de Inca Kola, pero no me asombró mucho. Esta última vez, sin embargo, fue un bonito espectáculo musicultural (¿existe esa palabra?) brindado por don Pepe y sus caballos –también por Joche, no hay que quitarle el crédito-.

Realmente siguen la música, pienso, mientras ansío fumar un cigarrillo, ya que me gusta mucho escribir mientras fumo, que en realidad es fumar mientras escribo. El caso es que estos caballos son una maravilla; claro que mucho tiene que ver, asumo, el montador de paso fino. ¿Se necesita preparacón? Supongo que sí. ¿Me prepraré e iré a montar al caballo sin nombre de papá hasta Trujillo? No lo sé, espero que sí y pronto. En fin, las ganas me ganan y debo ir hasta la calle para poder fumar.

Sobre el FaceBook


El Facebook, asumo, es una de esas cosas parecidas al en-proceso-de-extinción-en-el-Perú Hi5. Es muy innovador, dinámico, tecnológico y moderno. Lamentablemente, demasiado innovador, dinámico, tecnológico y moderno para mí: Una vez adentro no tengo idea de cómo salir. Pensé en lo de “deactivate account” pero sigo dentro.

Aparentemente tengo veinte regalos virtuales ahí, entre plantas que no hago crecer, dinero que no veo y perros que pasean por la página. Muchas personas quieren tomarme “quiz” de distintos temas, como “qué tan sexy eres”, “descubre qué personaje de Harry Potter serías” o “cuál es tu verdadero coeficiente”. De igual modo, todo hace parecer que tengo más de cuarenta fotos en este famoso Facebook, cuando no he colgado más de tres o cuatro. Mi vida es tan complicada en el Facebook que mi estado figura como “en una relación” el lunes, mientras que el miércoles cambia a “casado”, el jueves a “separado”(que va junto a una carita triste) y el fin de semana estoy “single” de acuerdo a la página aquella.

Tengo que empezar a admitir que siento que mi etapa tecnológica, en la que conocía los modelos de celular más bacanos, juegos de video más modernos, portales web super de moda y uno que otro truco en la computadora ha perecido. Mientras tanto, seguiré intentando salir del famosísimo facebook y llevar conmigo ese dinero virtual, las plantas y el perrito (no, el perrito no, en realidad).

martes, 27 de mayo de 2008

Quiero ser ladrón de tu corazón

Desde que me acuerdo, cada vez que me reúno con algún miembro mayor de mi enorme familia símil-cercana, trato de obtener tanta información del pasado como sea posible. Ya sea sobre la familia en sí o sobre el lugar, las costumbres y demás.

Lo curioso es que siempre encuentro algo nuevo, alguna pizca de información de la que no estaba enterado y, realmente, me emociona conocer más sobre lo que los simios llamarían el tiempo antes del tiempo.

Gracias a esas largas conversaciones que siempre tengo con mis abuelas, con tíos abuelos y que, en algunas ocasiones he tenido con el tío de mi bisabuela, me he enterado de detalles grandiosos, positivos o negativos, dependiendo de cómo se miren (como aquella vez en la que descubrí que mi bisabuela había sido toda una pícara en sus años mozos).

En fin, saber sobre el pasado de tu familia es agradable; me pregunto cómo sería estar ahí, en esos días. Me imagino viajando en el tiempo hasta mil ochocientos ochenta y nueve y presenciar el cortejo entre mis tatarabuelos; ver el nacimiento de mi abuelo o estar presente la noche en la que mi bisabuelo raptó a su eventual esposa a caballo, al estilo que solo he leído en cuentos. Sin ir muy lejos, podría viajar unas pocas décadas atrás y ver a mis padres conocerse en esa fiesta a la que ambos asistieron por pura coincidencia.

Nunca conocí al padre de una de mis abuelas, aquel mulato enamorado de la enorme mujer blanca que no pertenecía a su mismo estrato social y que, con mucho esfuerzo, logró que ella se fijara en él. No pude resistirme a la idea de capturar una foto que encontré de él, mientras “Chochín”, mi abuela, me contaba más detalles sobre su vida.


Sweet Home, Buenos Aires

Las vivencias de la gente suele tener mayor trascendencia cuando se tiene registro fotográfico del asunto. Aparentemente, las fotografías (digitales) le dan cierto je ne sais quoi a las fiestas, viajes, almuerzos, reuniones, encuentros y demás eventos, que hacen que los demás notemos a la persona involucrada como “muy” socialmente activa.

El tema es cuando se tienen unas tres mil fotos en el ordenador ¿y luego qué? Al menos con los antiguos álbumes, era factible sacarlos de algún lugar en la casa y compartir las fotografías con los demás. Pero cuando están en el PC y en una reunión familiar quieres mostrarles a todos las fotos de tu último viaje al mediterráneo, Miami o Chincha ¿qué hacer? Las tres laptops de la casa no serán suficientes frente a las cabezas amontonadas de quienes quieren ver las mismas fotos (la posición de las cabezas hace que las fotos sean percibidas más claras u oscuras) y, si no hay portátiles, se jodieron todos.

Solo se libran aquellos que, luego de llenar las pequeñas y maravillosas tarjetas de dos gigabytes (¡nerd!), mandan todo eso a alguna imprenta de Kodak, guardan esas fotos en un álbum y repiten el procedimiento. Ellos si pueden compartir fotos con los demás, incluso con la abuelita que se niega a usar una computadora.

foto: Stewie loves offroading, too.

domingo, 11 de mayo de 2008

Habemus Pappo

Me dan escalofríos cuando hago, veo o imagino ciertas cosas. Percibirlas de una manera real o virtual me pone la piel como la de una gallina. Sin embargo, luego de una exhaustiva y meticulosa etapa de investigación (o sea, como una vez antes, solo pregunté a un par de personas), me doy cuenta que no es normal lo que yo siento cuando lo siento.

A mucha gente se le escarapela el cuerpo cuando pasan o imaginan un episodio terrorífico (para ellos), como una escena de película, un accidente, una persona herida, sangre y demás cosas catalogadas como “fuertes”. Yo, sin embargo, paso por lo mismo cuando pienso o hago otras cosas: El roce de la mano con el papel periódico, los rayones de un plumón sin tinta sobre una pared sin tarrajear –y lo mismo con la mano- , el tirón de la ropa que resbala de las manos con fricción (como cuando una soga se escapa de tus manos ante la fuerza de otro que también jala), y así, varias cosas que ya no puedo escribir porque he tenido demasiados escalofríos mientras trabajaba en este último párrafo.

Lo común, de acuerdo a mi investigación, es que la gente sienta esos escalofríos ante un chirrido, como el que ocasiona la tiza sobre la pizarra algunas veces, o una punta de fierro raspado sobre material similar. Pero vamos, que esos chirridos no son tan malos eh.

El día del papel

En mi paso por Montecarlo, desesperado por entrar al casino del que solo había oído hablar, no me había percatado que en Mónaco había más cosas que descubrir. Es un principado bonito, pensaba, pero la idea de jugar en el casino hacía que no me diera cuenta de las otras maravillosas cosas que podía encontrar en el lugar desde donde –asumo- no se necesita visa a ninguna parte del mundo.

Si pues, en Mónaco habían también carros, y qué carros. Todos lucían exuberantes y bonitos. Luego me enteraría que la menor fortuna de algún residente no baja los ciento veinte millones (de lo que sea, igual es mucho dinero). Lincolns, Maseratis, Maybachs; a muchos de los autos los veía por primera vez.

Un país (pues sigue siendo el segundo más pequeño del mundo) sin ejército, sede del gran Rally de la fórmula uno, calles bonitas, casas espectaculares y, por supuesto, una hermosísima playa. Un capricho no anunciado y coincidentemente realizado, solo comparable a una estupenda tarde de jazz en Viena junto a Carla y a mi hermana algunos días después.

lunes, 5 de mayo de 2008

That's more like it


No sé exactamente cuántos años tendría en ese entonces; lo que si recuerdo son las visitas a la casa de aquel amigo de Papá que, durante ese tiempo, se hicieron bastante seguidas. El señor Ayala (¿Hugo? Creo que si) era una persona normal, con una vida normal, con una familia normal y con una casa maravillosa.

Su casa no era enorme, ni futurista, ni con piscina. No, señor. Su casa era más que eso; mucho más. Para un niño de esa edad –edad que no recuerdo muy bien pero que, por seguro, era durante mi niñez-, la casa del señor Ayala era el paraíso: Toda la parte trasera era un contenedor enorme de helados D’onofrio (o sea, “Di-Onofrio” – hay que aprender a respetar los sustantivos propios-). Me refiero a una especie de nevera gigante donde veía muchos helados sueltos por todos lados.

Mi hermana y yo adorábamos ir a casa del señor Ayala pues, aunque suene a pura conveniencia, él nos agradaba junto al “plus” de sus helados (así como Patty nos agradaba junto al “plus” de sus chocolates sublimes, años antes). La mejor parte era cuando don Hugo nos invitaba a pasar al contenedor; la puerta se abría pesada y mi hermana y yo sonreíamos ante el cuarto gris lleno de color frente a nosotros. Tomen lo que gusten, chicos, nos decía.

Así, cada vez que pasábamos por la casa Ayala, era un día feliz (y a veces de noche). Escucho que ahora es distribuidor de la competencia. Me pregunto si me reconocería al verme.

jueves, 1 de mayo de 2008

Sobre el cumpleaños de Martinica

Hoy me decidí por un nombre para mi malcriado. A sus cuatro meses de edad ya le empezaba a incomodar lo de chamaco. Supongo que, ahora que ya me ha demostrado lo que puede hacer, no quiere que lo vea más como un pequeño.

Él es todo un varoncito; imponente desde el frente, te mira con ojos de enfado. Pero solo es apariencia, pues lleva un buen corazón. Un poco serio, si, aunque las pocas veces que usa el humor lo hace de una manera efímeramente exuberante, y lo hace solo para cagarme. Sin embargo, me empieza a querer.

Es bien parecido, aunque no muy fotogénico. Gordito, digno portador de una punta agresiva, como dice una amiga. Un poco lento para entrar en calor, pero muy versátil para su peso y tamaño. No es amanerado, pero anda con el trasero firme y parado. Ese es mi Actyon.

Así, dadas sus habilidades, su espléndido torque, su potencia y ¿por qué no admitirlo? Su pesadez, que de la mano con su estética, su color y la percepción que da al mirarlo desde distintos lados, he decidido ponerle el nombre de Panzerkampfwagen, al asociarlo con esa línea de tanques alemanes aparecida poco antes de la segunda guerra mundial.

Por supuesto, el uso de su nombre completo solo está permitido a Pappo. Ante todos los demás, el no-más chamaco se presentará como “Panzer”.

Bienvenu, Monsieur Pancier



imagenes referenciales (no me gustaría ninguno de esos colores, aunque si otra cosilla que vi por ahí).

Servicio de satélite para la selva

Hoy (en realidad ayer y, cada vez que escriba “hoy” me referiré a ayer) quise acordarme de las cosas que de niño creía. Esas sonseras que creemos ciertas hasta que nos damos cuenta, de alguna manera cruel o suave, que no es así. No hablo de las clásicas mentiras que vivimos cuando niños, como la existencia del ratón de los dientes, de Papá Noel o de la cigüeña que trae bebés. Me refiero, ahora, a cosas un poco menos comunes, ¿o no?

Por ejemplo, cuando me llevaban al cine, yo creía que lo que salía en pantalla era la magnificación de lo que los actores hacían detrás de ella (literalmente). O sea, según yo, detrás de la pantalla y, en cada función, estaban los actores reales. Lo absurdo del asunto solo se compara a lo que pensaba con respecto a la playa. De acuerdo a mis ojos, cada vez que iba a la playa podía ver una especie de maizal al otro lado de la misma. Era tierra firme, pero no habitable, sino llena de plantados de maíz. Lo gracioso es que no lo veía tan lejano.

Hoy también me acordé de cuando creía que una mujer podía quedar embarazada sin necesidad de tener sexo, o que yo podía hacer movimientos de artes marciales a la perfección, aún cuando no había llevado clase alguna (en realidad llevé cinturón blanco de karate mucho después). Y así, empecé a hacer una imaginaria lista de otros reflejos de inocencia, como que un eclipse podía volver a la gente gelatina, o que todos alrededor mío eran parte de una conspiración; un teatro viviente, todos y cada uno de las personas que me rodeaban (creo que hasta ahora tengo esa sensación).

En fin, me acordé de muchas cosas y debí hacer esa lista en papel porque ya olvidé la mayoría. Solo me viene a la cabeza la idea que tenía de poder agarrar las nubes; en mi imaginación eran como algodón, y podía utilizarlas como colchón si me lanzaba de un avión. Iluso.

Da un poco de pena darnos cuenta de lo felices y despreocupados que podíamos ser cuando pequeños.

El caraza; aquí no hay precios

Recuerdo no haber dormido la noche anterior. Honestamente, más que nervios del famoso primer día, lo que me había mantenido despierto todas esas horas era la preocupación de terminar esa presentación para mis asesores de Tesis.

Y bien, llegué temprano; tempranísimo. Esperé en el pasillo mientras veía llegar a una chica tras otra. Todas portaban un photocheck que yo inocentemente envidiaba durante los primeros minutos de ese nuevo trabajo. De cualquier modo, pensaba, me tendrían que dar uno en los próximos días (y me equivoqué por no pensar, mejor, en meses).

De pronto me di cuenta que el único hombre ahí era yo. ¡Pero claro! Acababan de inaugurar la extensión masculina dentro del programa de docencia sabatina. Sin darme cuenta, me había convertido en el primer varón en dictar clases en ese lugar los sábados o, al menos, el primero en más de veinte años.

Recién unos minutos antes que suene la campana pude notar las consecuencias de la falta de sueño; estaba un poco ido, con falta de reflejo, con una sensación que me hacía ver pasar los segundos de una manera más lenta de lo normal. Acá está tu lista provisional, me dijo Ginette, con una cara un poco reacia a la situación. Y es que desde el entrenamiento, ambos pensábamos desfavorablemente del otro. Con el tiempo, sin embargo, Ginette y yo nos convertiríamos en buenos amigos.

Tengo que admitir que esa primera clase, con adolescentes que ya se encontraban terminando el programa, fue un fracaso total. Todo me salió mal; los chicos probablemente me empezaron a odiar desde ese primer día y no dudo que alguno de ellos haya pensado en retirarse (creo que alguno lo hizo). Pero la preocupación de causar una buena impresión como profesor era mucho menor a la preocupación por la presentación que tendría horas más tarde en la universidad.

No obstante, aún tenía cuatro horas más para hacer las cosas bien; dos clases que aún no me conocían y donde podría corregir los errores de la primera. Y así fue; la siguiente clase estuvo mucho mejor, y la tercera fue un éxito total. Al menos eso he creído hasta hoy.

Durante los descansos conocí a otra chica que, con el tiempo, se ha convertido en mi compañera de colilla preferida. Claudia, junto a otras profesoras, subían a la azotea del instituto en casi todos los descansos y compartían cigarrillos y chismes de todo y de todos. Tú pareces un regular, fue lo primero que me dijo, mientras ella observaba y yo me daba cuenta, recién, que tenía la apariencia de un tipo serio, vistiendo terno, con la barba muy bien delineada. Caramba, quería poder decir que ese no era yo; que la formalidad en la ropa era porque luego de clases debía volar a la universidad para sustentar un trabajo.

Ese primer día metí la pata varias veces. Nunca había dictado clases; nunca había sido un profesorcito, ni había pensado en hacerlo. Todo fue coincidencial desde un inicio, pero estaba ahí parado, viéndome desde otra perspectiva como algunas personas afirman poder ver su propia operación mientras están inconscientes. Estaba ahí, parado, dictando clases y pensando por momentos, a modo de broma, que estaba estafando gente.

Ha pasado bastante tiempo desde esa primera vez. En todo este tiempo, he conocido gente muy buena, y del otro tipo también. Me divertí mucho, me reí, me preocupé y me enteré de muchas cosas, buenas y malas. Aprendí sobre mujeres cuando dejaron de respetar mi presencia y las girly talks eran comunes en el teachers room. Aprendí de niños, aprendí de adolescentes. Aprendí de Nicolás, de Andrea, de Piero y de Carla, así como de muchos otros alumnos que gracias a sus particularidades los recuerdo más que a otros. Aprendí de los padres con los que alguna vez hablé –y me di cuenta, por fin, de la importancia de la opinión del profesor para los papis-.

Finalmente, aprendí que no podía continuar más con lo de los Sábados. Que hay tiempo para todo y que, irónicamente, ya era hora de dejarlo. Enseñar a niños ha sido un reto con resultados muy gratificantes. Hoy lo dejé; me llevo un sin fin de recuerdos muy agradables, aunque recién me pregunto si alguna vez habré sido muy duro con los pequeños.

viernes, 25 de abril de 2008

Los chicos de la agencia

Ya me di cuenta; el cine terminó para mi. Mal o bien, el tercer paraíso de la piratería en esta parte del munchaco (porque primero están paraguay y bolivia) me abre las puertas a los mejores estrenos del cine, en un disco de color blanco que lleva el nombre de la película con tinta indeleble. Esta es mi tierra, así es mi Perú.

¿Palomitas de maiz? En cualquier autoservicio se consiguen por poco más de un dólar. ¿Sonido estereo con dolby surround número.número? para eso existe el home theater que, hoy en día están super baratos. Claro que todo eso debe complementarse con un televisor LCD de cincuenta y pico pulgadas. Luces apagadas. Silencio en el cuarto. No me hables, mujer, que mi película empezó.

Lo mejor de todo; termina el “film” y te vas a la cama. Ya no es necesario caminar hasta el parqueo y regresar a casa. Y Daniela, DVD significa "Digital Versatile Disc” (aunque antes, la V era por Video). Auméntale el “Player” y listo. Más me sorprendio conocer que MPEG (que nerd me siento) significa “Moving Picture Experts Group”.

domingo, 20 de abril de 2008

Calidad y garantía

Recuerdo la noche en la que mi padre trajo el primer VHS a casa. Por aquel entonces era una total novedad que remplazaba al ya desaparecido betamax. De este último me acuerdo muy poco ya que era demasiado joven todavía.

Mi padre siempre ha sido afanoso en el tema tecnológico y es por eso que, semanas después de aparecer algo en el mercado nacional –pues a veces demoraba demasiado en llegar por acá-, aparecía también en casa. Así sucedió con el Atari (al que alguna vez le dedicaré unas líneas), con el DVD player, con el intercomunicador de puerta, con el celular y con otras maricadas tecnológicas que no vienen a mi mente ahora.

De cualquier modo, la noche en la que papá trajo el VHS a casa se convirtió en una celebración (y bueno, que realmente era novedad, pues). Se pasó una hora o más instalándolo aunque, ahora que me detengo a pensar, creo que era solo cuestión de enchufar un cable de un lado al otro. Tengo muy nítida la imagen de ese control remoto. Wow, pensaba como buen niño que se asombra por todo; un control remoto más (ya eran dos con el de la TV).

Tan pronto terminó de instalarlo, mi padre nos llamó a su cuarto para que veamos nuestra primera cinta VHS. Se trataba de un enorme casete cuyo título era algo como “el mundo mágico de Disney”. Mi hermana y yo disfrutamos más de dos horas de dibujos. Fue una gran noche de mi infancia.

Un par de años más tarde, mi cómplice hermana y yo encontramos una cinta llamada “La Ramera”. Desde que el VHS llegó a casa, mi padre había hecho su propia y todavía limitada videoteca, y esa era una de las películas que estaban en la parte más alta de la repisa. Casi terminando de verla mi mamá se apareció por ahí y preguntó qué hacíamos. Yo, con solo siete años inocencia, le dije que estábamos viendo La Ramera.

Honestamente, me había gustado más El Mundo Mágico de Disney. Por cierto, VHS significa Video Home System. Recién hoy me enteré.

viernes, 18 de abril de 2008

Fumigación en la oficina

Con clara influencia del Blog de Daniela y el de algún señor que habla de publicidad todo el tiempo, he decidido, como publicista, no ocultar mi percepción sobre la maldad que lleva la publicidad consigo.

No digo errores de interpretación ni publicidad de falacia, porque aquellas no son sino excusas. La publicidad es malvada, y así ha sido toda la vida. Juega con la mente de las personas, las persuade de adquirir productos y servicios que, muchas veces, ni siquiera necesitan. Les engaña, y les engaña big time en varias ocasiones.

Yo pretendo estar en un juego en el que –una vez más- como publicista, las reglas son no caer en las garras de la publicidad. Así, soy más escéptico que el más racional de los consumidores y menos vulnerable que el menos interesado. Obviamente, a veces caigo en la trampa y, cuando me doy cuenta, solo queda decirme a mi mismo: “Puta madre, caí en mis propias garras”.

Estoy en Radioshack, por ejemplo, ya que disfruto pasear por esos lugares, y veo algo que me interesa con un precio provocativo. En la prisa, lo llevo a caja para pagar por él y “me hacen ver” que, en realidad, el precio no era ese, pues se me pasaron las letritas que decían algo como “solo con tu tarjeta la floradita” y, lamentablemente, yo no cargo esa tarjetita de la chingada. Coño; y ahí va otra vez: Caí en mis propias garras.

Otra cosa que detesto es la clásica imagen televisiva de “Te damos esto”, mientras que el texto legal que pasa en pantalla, cuya analogía podría ser la de una persona que corre al baño a desatar la más infernal de las diarreas, explica (¿muy claramente?) las ciento veintiocho condiciones y posibles limitaciones que vamos a tener para usar el servicio (o producto –gracias, universidad-). De eso no se escapan los radiales que, cuando vienen con texto legal, el pro tools se encarga de escupir cuatro o cinco palabras por segundo.

Como persona, me gustaría ver, alguna vez, un anuncio que diga algo como: “Las cien primeras personas que llamen recibirán (digamos) un equipo nuevo” y que no aparezca texto legal alguno. Que al marcar el número sea la persona número sesenta y que me digan que gané; que al ir a recoger el premio muestre mi DNI y me sea entregado sin más ni más.

Lamentablemente, podría poner mis manos al fuego para afirmar que eso jamás pasará.

Y hablando de publicidad malvada...

lunes, 14 de abril de 2008

Pappo Trucho

Disculpas públicas. Entrada borrada en mi "dizque" blog.

ps: gracias Sr. Ogallo

domingo, 13 de abril de 2008

El trabajo interno de los sospechosos

Me he percatado que en los fast food limeños (y, honestamente, ya no voy tan seguido como antes), mucha gente entra con una actitud intencionalmente pre establecida. Alguna vez, Ivonne Begue dijo algo similar sobre las chicas en las fiestas, y estuve muy de acuerdo. Pero esta vez no son solo chicas, aunque si puedo decir que los niños y los anciones se excluyen de esta actitud, mientras que los más notorios son los adolescentes y las jóvenes.

Se trata de una imagen que enseñar a alguien (la pregunta es ¿a quién? ¿a las chicas tras el mostrador? ¿a los otros clientes y no tan clientes que están en el lugar?) a través de la cual demuestran una personalidad que va muy bacana con el hecho de estar en el fast food. La entonación de las palabras, los gestos, el movimiento de las manos al sacar el dinero para pagar la cuenta (que usalmente ni siquiera pasa los quince soles pero el bolsillo de la billetera puede llegar a pasar las quince tarjetas -entre saga, metro, maestro y demás etcéteras), la forma de preguntar opciones, la forma de pedir la opción final, la mirada de la persona.

En fin, solo hay que prestar un poquito de atención al comportamiento de quien entra al BK, a lo que ordena, a cómo lo ordena y, luego, si la casualidad nos ayuda, podremos cruzarnos con la misma persona fuera del establecimiento, notando que la actitud que llevaba adentro era una completamente distinta. Es como cuando veo al chiquillo del comercial de las tarjetas prepagos de dos soles (o algo así) que puede llenar virtualmente en una bodega: en la realidad, nadie actúa de esa manera tan payasamente ridícula, ni el chiquillo, ni la tipa que lo atiende.

¿Será que comerciales como ese hacen que la gente se comporte de forma estúpida a veces, dependiendo de la situación y contexto? -hablo como persona, no como como publicista-.

ps: Este logo lo he visto en algún lado.

jueves, 10 de abril de 2008

No configura sus actualizaciones Panda

"el tráfico en Lima está hecho una shit", dije sin titubear. Pero claro, como vivo en La Molina, trabajo en La Molina y trabajo en La Molina (SIC), entonces siempre me estoy moviendo por la Molina, y por ahí una que otra reunión de trabajo en Surco, en San Borja o en Ate, pero cerquita.

Una especie de burbuja vehicular para mi, que me llevó al tremendo espanto cuando intenté llegar a tiempo a una iglesia en Lince el otro día. La avenida que lleva el nombre del comandante francés que hizo alto a los abusos de soldados chilenos contra el pueblo peruano en la guerra del pacífico -esa cuyo nombre real y completo es "Abel-Nicolás Georges Bergasse du Petit Thouars"- está, en mi lenguage sofisticado, hecha una mierda.

Ni qué decir de las paralelas a esa. Pero qué desastre. Como si fuera poco, y ya que en realidad vivo en Surco, trabajo en Surco y trabajo en la Molina (sin SIC), el tráfico a "este lado de la ciudad" se ha puesto un poco más pesado en el último mes. No sé si es producto de los varios destrozos (porque obras no debería llamarle) que hay en varias partes de esta ciudad cuyo parque automotor ya colapsa, o si es mi imaginación y pienso que ahora me tomo cinco o seis por ciento más de tiempo en llegar a donde sea (dentro de la burbujita, claro), pero manejar en la ciudad ya no es placentero*.

Conclusión: iría más seguido a la casa de mis abuelas si no tuviera que comerme la H de Horrible en Lima, el monstruo de los mil (x mil) carros.
* Obvio que la conducción en carretera es otra cosa. Creo que mi vocación es la de camionero -en verano tengo el bronceado ese-.

nota: ¿se puede tener un tráfico fluído a pesar de ser una cagada? sino veamos a nuestros amigos de la india.

miércoles, 2 de abril de 2008

La anterior fue la ciento cincuenta y uno

Tiempos de cole:

Suéltate cuatro. ¿cuatro?. Si. Ok, veamos.

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Un día, cuando estaba en cuarto o quinto de secundaria, el profesor de física (no el de educación física) me preguntó algo como: “Sr. Bantón, si el Sr. Córdova le metiera un puñetazo de la nada ¿usted qué haría?”, a lo que yo respondí: “le metería un cabezazo en toda la frente”. –Muy bien-, me dijo -¿cómo, entonces, se llama ese principio?. El profesor “cafecito” espera, seguramente, una respuesta que incluyera las palabras “acción” y “reacción”. Sin embargo –debo admitir que no fue de forma ingenua- no se me ocurrió mejor cosa que responderle algo como: “Ese es el principio de una mecha, profe”. Pero mira a este pendenciero, cómo le falta el respeto al profesor de esa manera en la que todo el salón mofa.

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Cuando tenía unos doce años, me tendieron una trampa en la que quedaría a solas con Carla, una chica de mi clase. La misión era declararle mi amor y solicitar su aceptación para ser enamorados. Una vez ahí, le dije que me gustaba, que lo había hecho desde el primer día en el que la había visto, que era una chica perfecta para mí y alguna otra maricada más. Ella me dijo que mejor no; que mejor como amigos, y por alguna razón que no recuerdo le pedí que me diera tiempo: un par de meses, recuerdo que le dije. ¿cómo? ¿ella te hechó el tremendo NO en la cara y tú le pides tiempo? Obviamente, Carla no entendía nada. Me preguntaba “tiempo para qué”, y yo solo le repetía que me de un par de meses. Dos días después salimos de excursión y en el viaje de ida, en el bus, en mi cara, le dijo que si a Michael Velughm, el papi del salón. En el viaje de ida, en el bus, en mi cara, empezaron a besarse y yo solo miraba desde unos tres asientos más atrás, por ese espacio que sobra en el medio de los asientos.

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En tercero de secundaria, o por ahí, recuerdo haber saltado clases y escondido en unos arbustos que daban cerca de los baños (tanto de hombres como de mujeres). En cuclillas, me desplazaba muy despacio hacia atrás mientras pasaba uno de esos a los que llamábamos “regente”. Normalmente habría argumentado tener pase libre mostrando mi credencial de la sinfónica, pero no lo traía conmigo. Grande fue mi sorpresa al toparme con Tatiana, una amiga de otro salón que, en dirección opuesta, hacía exactamente lo mismo que yo. Ella gritó y yo ¿por qué no admitirlo? También. A los dos nos descubrieron; a los dos nos castigaron.

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En uno de los numerosos viajes de la sinfónica hacia algún concierto (era el único varoncito autorizado de viajar en el bus de las chicas por “ir cuidando la batería” que viajaba junto a ellas), llegué a cerrar los ojos de asustado –inocente, en realidad, aún joven- cuando varias de las minas empezaron a cambiarse el vestuario. Conclusiones: como yo iba atrás, al fondo en el bus, no sabían que estaba ahí. Seguro que si hubiera estado con alguien más no me habría acobardado al voyeurismo.

Tiempos de cole(ra)

lunes, 31 de marzo de 2008

OKtv ¿existe?

Raul Gandolfi, Juan Carabayo, Ernesto Riviero, o como sea que se llame aquel al que llaman “doctor Tangalanga”, es un hombre de noventa y dos años. Treinta de ellos los ha dedicado, hasta el día de hoy, a hacer bromas telefónicas a mucha gente.

Yo recuerdo que lo descubrí por pura casualidad en mis años de escuela secundaria, cuando el Internet me ofreció la oportunidad. En ese entonces fui testigo –u oyente- de la primera vez que llamó a Octavio, el dueño de un gimnasio al que desquiciaba fácilmente. En fin, pasó la moda –mi moda en realidad- y me perdí de mucho.

Hace cerca de un mes volví a escuchar los audios de “Tangalanga” y me di con la sorpresa que, durante todo este tiempo, había estado llamando, entre tantas bromas, a Octavio, el chico del gimnasio. Tal parece que en unos diez u once años le ha hecho cerca de doce llamadas, separadas algunas por minutos, otras por días, otras por meses e, incluso, un par de ellas por varios años.

No sé por qué me gusta más ese humor con dejo argentino que el nacional. Pero algo es seguro; sacar de cuadro a otra persona –mientras no seas tú mismo- es hilarante.

Así como Octavio, hay muchos que han caído en las bromas de algún Raul Fandolgi, algún Juan Carabayo o, tal vez, de un Ernesto Riviero. Ojo que las llamadas de este señor no pueden competir con las bromas telefónicas hechas por Enrique Santos y Joe Ferrero desde el vacilón de la mañana en Miami. Y no porque sean mejores o peores, sino porque, a pesar de tener la misma lógica de joder gente, son, a mi parecer, distintas. Comparemos.


miércoles, 26 de marzo de 2008

Genius Redial - Solo para vos

Qué empieza con los nachos de mi padre y termina en "huevón"? Eh tío, ahí te la pongo.

lunes, 24 de marzo de 2008

Dos creaciones instantáneas

Cuando era jovener (o más joven), pensaba, hablaba y, como no, escribía huevadas. Encontré una de ellas, de cuando me di cuenta que el insomnio era fijo en mi. Veamos:

Mi alcoba, algún día del dos mil algo.

Otra vez estoy sentado y me dispongo a encender mi eneabo cigarrillo en la tan vivida soledad que puede crear el silencio. Efectivamente, se trata de una de las dos rutinarias noches de insomnio a la semana. No es normal, diría yo que, como si se tratara de una sincronización automática, mi organismo me prohibiera dormir dos noches de cada siete; sin embargo, es una de las tantas realidades en mi vida con las que tengo que lidiar.

Aunque suene poco creíble, no fue sino hasta este momento en el que mis ideas, normalmente en alguna otra ciudad del mundo, se dignaron a hacer una parada en mis problemas cotidianos, permitiéndome iniciar una auto reflexión de mi viviendo y, seguidamente, conduciéndome a una simple pero tediosa interrogativa del por qué me pasa lo que me pasa.

Aún no puedo pensar en el día en que todo esto comenzó; no puedo ni siquiera imaginarme la última vez que fui superficialmente consciente de que había empezado. Pero, ¿es que acaso debo caer en la confusión más común y vulgar y creer que lo que me pasa es completamente malo? ¿O debería, por el contrario, tomar de la mano al lado positivo, al optimismo y, por qué no, a la autoestima y pensar que puedo sacarle algún buen provecho a esas horas extras? La respuesta la tengo yo, por seguro, pero irónicamente aún no la encuentro.

Por el momento, seguiré pensando, mientras ordeno mis ideas, que van llegando en forma aleatoria desde París, Cuzco y San Sebastián; y me conformaré con la felicidad de tenerlas en mi cabeza otra vez, como símbolo de un buen punto de partida para encontrar, de manera paulatina y eventual, una solución a mi problema, mientras prendo un cigarrillo más.


Diablos y Chingadas


Entre las cosas del gordo (te extraño, hombre), encontré un escrito interesante. Probablemente escrito hace unos cuatro o cinco años, decía así:

He llegado al punto de creer que soy parte de una especie en extinción –o será que en desarrollo-, al vivir en esta, una ciudad tan hipócritamente conservadora, llena de usos y costumbres fantásticamente anunciados y, sin embargo, frescamente desatendidos; de regulaciones y normas constantemente dictaminados y, no obstante, simplemente fracturados. Pero no fue sino hasta esta noche, cuando tuve una interesante conversación de anécdotas con mi buena amiga Fabiola, que me di cuenta de nuestra detestable realidad. Como yo - ¿cómo otros?-, Fabiola es una chica que, al parecer, no estaba lista para nacer sobre tierras con pasado virreinal.

Muchas ciudades hermanas en esta parte del continente son testigos de las aquí llamadas barbaridades, que son, llanamente, producto del cambio en los tiempos, en las personas, en sus mentes y, nada lamentable -pero si bastante interesante-, en sus costumbres.

Fabiola y yo nos sentimos solos dentro de la ciudad de la que, alguna vez llamada “monstruo de mil cabezas”, formamos parte; lo peor de todo es que la gente nos señala cual castigador anuncia a su próxima víctima, sin importarle que lo único que hacemos es tratar de ser honestos. –Idiotas, dense cuenta que los únicos bárbaros son ustedes, por tratar de defender lo indefendible y pretender que las cosas deben ser tal y como falsamente lo proclaman bajo el concepto de apropiado-.

Intercambiando historias y, cayendo por momentos en la ilusión de la juventud al creer que por instantes usábamos la mayéutica –ilusos-, Fabiola y yo nos dimos cuenta que, ya improbable, será difícil y –aferrémonos, Fabiola, a pensar que no es imposible- casi quimérico, que encontremos seres a nuestra medida, de nuestra especie, con una manera de pensar, como creemos nosotros, adelantada a la de más de ocho millones de personas.

Si no estamos solos, si nuestra especie está en desarrollo (y no en extinción), será cuestión de tiempo, o de personas, o de momentos, para dejar de ser señalados como los malos de la novela. Hasta entonces, viviremos siendo incomprendidos, decepcionados, pero ilusionados cada vez que (y muy de vez en cuando) un foráneo nos diga que lo que hacemos, lo que decimos y cómo pensamos no es malo –quién lo diría, ¿acaso es posible decir, con certeza, qué es bueno y qué es malo?- y que esta ciudad, en el fondo tan puta, sencillamente no nos entiende.

martes, 18 de marzo de 2008

Jota Jotón

Yo soy bastante cuidadoso al momento de parquear el coche. Primero, trato de ir a un sitio en el que, por lo menos, un lado quede aislado. Hay dos o tres lugares así en la oficina, pero si están tomados busco otro donde tenga espacio suficiente para abrir las puertas –sobre todo la del conductor-. Si aún así no encuentro un sitio con esas características, pues estaciono el carro en donde haya sitio. Finalmente, de ser ese el caso, soy muy sutil para abrir la puerta, de modo que no golpee mas toque la puerta el coche de la izquierda. En otras palabras, soy el considerado perfecto al momento del parqueo, así que estaciona tu carro al lado izquierdo del mío.

Pero claro, nunca falta un miserable imbécil al que no le importa un carajo golpear puertas. Parquea su carro y abre su puerta de un tirón, propinándole un duro golpe al coche de al lado, rayando la pintura o dejando la suya sobre él.

A ese, cuando lo agarre, le voy a partir el orto a trompadas.

martes, 11 de marzo de 2008

Cuando las cosas salen bien, siempre hay una mirada tuya

Justo hoy me acordé:

Cuando niño, pequeño aún, terminaba mis noches mirando televisión en el cuarto de mis padres junto a mi hermana. Siempre era lo mismo: “ve a dormir que te vas a quedar dormido acá”. Yo argumentaba que no; que no pasaría aún sabiendo que era algo más que anunciado. La gracia era quedarme dormido mientras veía la televisión porque sabía que mi padre terminaría llevándome a la cama cargado (a la mía, pues). Entre dormido y despierto era consciente del aventón y no había nada mejor que eso al final de la noche.

Lo que no me acuerdo es cuándo empecé a pesar tanto que mi padre decidió no cargarme más (hasta alguna vez en la que estuve tan ebrio que me quedé dormido en el baño y tuvo que llevarme en hombros hasta mi cuarto –ya de unos diez y ocho años o así-).

Y hablando de dormir; que rico es ¿no?

sábado, 8 de marzo de 2008

Arlyn, Darlin, Marleen, ¿Tito?

Lamento no haber dormido bien. Lamento haber tenido un dolor de cabeza horrible anoche. Lamento tener que ir a la oficina hoy. Lamento no tener un lesson plan para las clases de los más chicos. Lamento haber discutido con dos personas muy importantes para mi. Lamento que el tiempo pase tan rápido. Lamento que pase tan lento. Lamento no haber podido ver modelar a mi prima el otro día. Lamento el sueño que acabo de tener. Lamento no poder ver más seguido a mis abuelas. Lamento no aprenderme todos los nombres fantásticos que aparecen en el libro que ando leyendo. Lamento sentirme lleno y cansado. Lamento que mi hermana no pueda ver muchas cosas que me pasan. Lamento haber perdido el interés en muchas cosas. Lamento no saber nada sobre mi antiguo carro. Lamento que Carla haya cambiado de celular. Lamento que no me lo haya dicho. Lamento ver a mi madre llorar. Lamento ver a mis padres sufrir. Lamento no avanzar más rápido con los post grados. Lamento no tener tiempo para mi. Lamento no haber ido más veces a la playa este verano. Lamento que ya sea 2008. Lamento tener que preocuparme demasiado por mi futuro (tener no es querer). Lamento estar haciéndome viejo muy joven. Lamento gritar y llorar con muchas fuerzas cuando nadie me ve. Lamento sentirme bajo tanta presión sin saber exactamente de dónde llega. Lamento no poder ser tan específico con la memoria (sobre todo al hablar de horas y lugares). Lamento que sea probable que no pueda ir al TATT. Lamento lamentarme por todas esas cosas y otras tantas que lamento no poder escribirlas. Tristeza y pena, hoy.

miércoles, 5 de marzo de 2008

John, el pequeño en L.A.

Me gusta leer; me gusta mucho aunque no lo practico con tanta frecuencia. Debo admitir que mucho tuvo que ver mi hermana en eso, pues por ella conocí a grandes escritores como Benitez. Alguna vez habré dicho o escrito que me gusta leer lo que me gusta leer (que no es muy difícil de entender), y es tan cierto como mi pasión por el offroad.

Hoy, mientras me quedé a ver cómo hacían la prueba de motores para el esperadísimo TATT 2008 en una estación de combustible cercana a mi casa (porque en marzo... las fieras están listas!), me puse a pensar en algo que no tiene nada que ver con leer; las canciones lentas de hace cuatro o cinco décadas.

Ahora mismo, mientras escucho la escala de la introducción de "for sentimental reasons" -obviamente de un grande como Nat King Cole- le doy una escena al asunto: Una pareja que acaba de arreglar las cosas luego de una discusión subida de tono. El hombre, luego de preparar algo exquisto para los dos y presentarlo con velas, hace que suene la canción e invita a la mujer a bailar esa pieza. Qué filón, fantástico, cliché -si queremos verlo así- pero, sobre todo, qué romántico (mira las zandeces cursis que escribe éste).

ps: Saludos a Daniela del gran espacio Just Mu it

sábado, 1 de marzo de 2008

Calorie con vida y amor


Cualquier fumador no se da cuenta que, aunque con proveedores de confianza -y encima con una etiqueta de promoción aparte-, los cigarrillos Marlboro que están llegando al Perú con fecha de vencimiento de AGO 08 en adelante no son elaborados de la misma manera que los anteriores a esos. Quiero decir, al menos no tienen todos los ingredientes o le han sacado alguno.

Yo fumo marlboro; no fumo otra cosa a menos que en realidad quiera un cigarrillo y lo suplante por un "golpe de suerte" o un "camello" (cuando aún los veía). Puedo decir, con certeza, que reconozco cuando me están dando un marlboro bamba o, simplemente, elaborado de una forma distinta (reclamo cuando eso pasa, ¿pa bravo yo?). Lamentablemente, eso mismo está ocurriendo ahora; los canales de distribución han hecho que esos cigarrillos -no más ricos de no longer good- ya estén en Wong, en Repsol, en Plaza Vea y en muchos lugares más donde yo los compraba. Ya he regalado dos cajetillas enteras y, por supuesto, aprendido mi lección (porque el dinero no me sobra). Me queda solamente los que venden cerca a la Agencia y que vencen en JU 08. Debería comprarme un par de cartones y así ir despidiéndome del cigarrillo, tal y como lo anunciara el primer día en el que empecé a fumar.

Pero Pappo, ya no te acuerdas cuando fumabas Cigarrillos Eagle ¿verdad?
Claro que si, pero eran otros tiempos, era otra la historia y, te lo repito: en ese entonces no habían medallas, solo hambre de gloria.


viernes, 29 de febrero de 2008

Los desairados contra los desalmados

Hay tres cosas que me curan el dolor de cabeza; el panadol, el sexo o una buena siesta. Pero creer que ese infortunio va a desaparecer como por arte de magia de un momento a otro es lo mismo que creer que uno se va a hacer rico con esos negocios por Internet y maricadas similares.

El dolor de cabeza tiene mente propia, tiene espíritu. Es el enemigo de cualquier persona que forma parte del grupo que Alejandra cita como PEA*. En otras palabras, es el enemigo del que hace algo productivo en la vida.

Y es el enemigo porque le encanta aguar planes de las personas; se aparece justo antes de alguna reunión, de alguna fiesta, un concierto o qué se yo, tratando de desanimarte y no sé si son celos porque uno no piensa llevarlo consigo a donde vaya.

También es enemigo porque aparece en medio del trabajo, obstruyendo tu desempeño para cualquier cosa. Te pone de mal humor y mandas al infierno a todo el que te moleste durante el día.

Supongo que es, así mismo y como si fuera poco, enemigo de los “maridos” que encuentran en sus “mujeres” la respuesta del dolor de cabeza cuando quieren juguetear un rato luego de un duro día de trabajo.

El dolor de cabeza es, en conclusión, una real basura. Te odio, dolor de cabeza de hace dos noches.

ps: Los chicos de mi último grupo de la mañana merecen una foto acá.

*Cfr. Rojas & Bandini: 2008

miércoles, 27 de febrero de 2008

We are the Sultans of Swing

Hoy tuve un sueño maravilloso, muy bonito, muy agradable. Pero no hablaré de eso.

No sé exactamente cuándo fue que alguien -si no fueron mis padres- me regaló un par de garras. Realmente no son garras, mas un par de pantuflas en forma de pie de oso, o de algo parecido.

Con ellas caminé mucho; las llevaba puestas a comprar, las usaba en casa, las usé en la playa y hasta en la nieve. Y es que las garras eran las garras; tremendas pezuñas que, por un tiempo, fueron algo que McLuhan llamaría la extensión de mis piernas.

Mis garras eran lo máximo; a las chicas les parecían tiernas, a los muchachos un cague de risa y, a mi hermana, una forma más para mí de utilizar “la pose”. El caso es que luego de un tiempo de obsequiadas, yo las veía como más utilitario. No muy calurosas para usarlas en verano, ni tan frías para usarlas en invierno. No me incomodaban; eran súper comodas. Me llevaban a donde quisiera y hasta manejé la ponderosa con ellas.

En fin, las garras ya cumplieron su ciclo conmigo y, a pesar de no creer que alguien las quiera, es tiempo de deshacerme de ese par. Además ya tienen huecos en la suela.

Fin.

domingo, 17 de febrero de 2008

miércoles, 13 de febrero de 2008

Te agradezco a tí, ya hablé con Germán ayer

Ese tema del verano, del que todos –incluso Pappo Banton- hablan ultimamente, es algo que, dentro de mi sabio y pueblerino lenguaje, denomino como una pendejada; una pendejada total. Que si le llegan a clavar la sombrilla a alguno de los doscientos extras que salen en el comercial (tanto en la versión peruana como en la argentina –que es exactamente la misma vaina solo que con otros actores-) es un tema aparte.

Lo único que veo con atención es la escena de la discoteca; a una chica, en realidad y ya que, mientras todos alzan un solo brazo, ella alza los dos de forma secuencial: gracioso, atractivo, interesante, algo así.

Hace un par de semanas, se conmemoró el primer aniversario de las salidas Off Road con la gente del foro. De aquel día en febrero del año pasado a hoy, la cantidad de “foristas” se ha cuadriplicado (o más). De todos ellos, los activos (o sea los que van a trepar cerros de cuando en cuando) ocuparán algo más de la mitad. Otros, por cuestiones de tiempo o distancia no pueden salir con el grupo.

El día del primer aniversario, salimos poco más de treinta camionetas. Nunca, en ninguna otra salida, en ningún curso de manejo off road se ha visto tanta participación a la vez (a excepción de una travesía a la gran Duna o “Duna Grande”). Era asombroso, aunque riesgoso. De un momento a otro, Álvaro, uno de los más experimentados del grupo, se encontraba situado en la cima de un cerro junto a su Pajero Evolution (una real fierita), tratando de no perder contacto visual y radial con los distintos grupos generados y esparcidos unos kilómetros a la redonda de aquella cima. Realmente un éxito; y claro que te clavo la sombrilla.

lunes, 11 de febrero de 2008

La fuente del título está en la creación

Hoy en la agencia, el tema fue aviones y todo lo relacionado a ellos. Diego, que algunos días atrás se habría consagrado con su expresión “color a pila” para el Vortex, salió con la interrogante sobre poder ver el movimiento de la tierra desde el aire durante un terremoto (¿se puede?).

El Vortex es la bebida energética que se toma acá. Uno, porque tiene un sabor parecido a la guaraná (o sea, casi igual de rico); dos, porque su botellita tiene un diseño muy agradable, y tres: sobre todo tres, es más barato que el Red bull y en esta oficina no podemos darnos el lujo de comprar Red bulls por montones (besides, Vortex es peruano).

En fin, aún no le pongo nombre al chamaco. Pero creo que me estoy encariñando mucho, aunque aún extraño cosas del pasado (¿dónde estarás? ¿te estarán cuidando? ¿cómo te estará tratando Carla?)

sábado, 2 de febrero de 2008

Negro amanecer (cfr. Olaechea, 2034)


Un tal don Pedro llamó mi atención en una playa algo escondida y limpia a unos cuantos cientos de kilómetros de acá. Al parecer, ese señor es algo que yo llamo “un hombre de mundo”.

Don Pedro ha sido marinero, operador de plataforma petrolera, asistente de tripulación y hasta cocinero durante estos treinta años que lleva viajando por el mundo. Peruano de nacimiento, ha pasado y gozado de Países como Holanda, Bélgica, Egipto, Marruecos, la república independiente del Congo y otros veintitantos que no recuerdo ahora mismo; y otros tantos que ya no existen como países, o tal vez se unieron a otros, o se separaron en más países. Por supuesto, a sus seis décadas de edad, ya lleva unos cuatro años reestablecido en Perú, viviendo del mar casi todo el año.

Perspicaz y entrometido, Don Pedro aparecía en momentos menos anunciados con una frase a la que seguramente él percibe como célebre, pero que no era más que un pretexto para conversar con nosotros y compartir sus anécdotas. Su apodo fue “el Popeye peruano” por su apariencia física, y debo admitir que aparentaba ser unos diez años menor.

Sus charlas se prolongaron más de lo que a cualquier persona, menos a Pappo, le gusta tolerar. Hablamos sobre esto y lo otro, aunque más sobre lo otro. Sobre cigarrillos y mujeres, cruceros y países, familias y ocupaciones.

Don Pedro me recuerda a Don Julio, un pescador al que no conozco pero del que he oído hablar varias veces. De cualquier modo, ese señor es un Hombre de mundo.

A continuación, foto calendario febrero. (No, no me la tomó don Pedro).

domingo, 27 de enero de 2008

Preparativos para el plato frío


Usualmente, cuando un patrullero me obliga a detener mi coche, lo recibo mal. Me creo el dueño de la pelota y soy muy poco educado al hablar con él. Después de todo, la mayoría (y, por suerte, no digo todos) de los policías me llega a la punta de "la pistola de doble cañón", como diría Guillermo. Es que, es lamentable pero es así. No quedan muchos "efectivos" del cuerpo policial que no haya sido sucio.

En su libro "¿Cómo saber cuando un militar no es ni ha sido corrupto?", Bram Goldmanstair nos indica que en Lima, es fácil reconocer a un policía o militar limpio cuando, luego de varios años de servicio, tiene una casa humilde en algún distrito neolimeño de la periferia, o "al otro lado de la ciudad". Tendrá un solo carro en casa y no será nada ostentoso; tal vez un Nissan Sentra del 92 o hasta algún Toyota, igual de noventero. Probablemente comparta gastos de la casa con el hijo mayor, que ya está trabajando y ha luchado para poder estudiar una buena carrera en una universidad al estilo de San Marcos -solo que privada-, aunque lamentablemente gana muy poco en algún trabajo ubicado cerca al centro de la ciudad.

El caso es que llegó un momento en el que, para mi, la palabra policía (desde estudiante de academia hasta el más alto de los rangos) era sinónimo de suciedad, de lacra, de peste, de lo peor. Eran, para mí, como hormigas que debían ser removidas y reemplazadas por lo que yo llamo "buenos y nuevos policías".

En fin, esto pasó en Lima, hace poco, conmigo y mi nuevo chamaco que aún no tiene nombre. Me hicieron parar porque estuve hablando por teléfono mientras manejaba. Ni me multaron, ni arreglamos, ni le dí el nombre de nadie. Simplemente nos entendimos cuando lo traté mejor de lo normal.

Claro que las cosas serían distintas si el cuerpo policial fuera reemplazado por policías como la de la foto.

Una vuelta por la plaza de Catacaos


De pronto y Colombia empieza a ser reemplazada por Guatemala cuando se trata de hablar mal de América Latina en las series de televisión estadounidenses.

Aquella noche fue la primera vez que nos besamos. Ambos, junto a otras dos personas, compartíamos la plaza trasera de un enorme pick up que nos llevaba nuevamente al hotel. Recuerdo que, a pesar de tener los vidrios abiertos, dentro del carro el ambiente era algo sofocante. Y bueno, que era verano, pues.

Juliana y yo nos habíamos conocido en Lima aproximádamente un mes antes de la conferencia. Nos pusimos en contacto para hacer arreglos sobre estadía y comida ya que, nada mejor que un compatriota para mostrar afinidad y andar juntos en un evento al que, a parte de solo dos peruanos, iban unas doscientas personas de unos treinta países distintos. Por supuesto, nunca creí que ambos llegaríamos a alargar la estadía en Caracas casi sin darnos cuenta, solo porque gustabamos mucho de la compañía del otro.

Hasta esa noche todo había sido de buenos amigos; ayuda, conversación, baile, tragos, almuerzos y otra serie de maricadas que ya empezaban a aburrirme. Hasta esa noche no había pasado absolutamente nada por encima de gestos de cariño y ternura entre dos personas que se llevan demasiado bien. Sin embargo, había algo en la mirada de Juliana que me decía que, lo que yo sentía y pretendía no saber de qué se trataba, también pasaba por su cabeza.

Pero qué calor que hace aquí dentro, ¿no crees? le dije mientras la abrazaba de una manera todavía amical. ¿Y si sientes tanto calor por qué me abrazas? dijo mientras sonreía mirándome a los ojos. Es que me estoy imaginando que todavía tienes puesto el bikini celeste que llevabas hoy. -jajaja ¿el de florcitas en el top?- Ese mismo.

Mientras empezaba a explicarme alguna maricada de los colores (que para mí, se dividen en azul, verde y rojo), no lo pensé tanto y me lancé con la intención de robarle un beso -eventual y muy posiblemente correspondido-. La rapidez del asunto hizo que ella solo me quedara mirando por unos segundos luego de haberle estampado mis labios sobre los suyos fugazmente, para luego reaccionar con un poco alterado "imbécil" que vino acompañado de otra sonrisa.

El resto de esa, y las otras siete noches más en Caracas, quedarán guardadas celosamente en un carrito de helados donofrio, junto a un disco de 50 Cents y a la foto de denzel washington que nunca supe cuál de las diez chicas bulleras dejó en el pequeño pero acojedor bote de mi antiguo amigo y publicista Ricardo.

miércoles, 23 de enero de 2008

Sam persia lida, the... sam persia lida


Recuerdo una vez en particular, una de de esas veces en las que uno hace cosas de las cuales luego asegura arrepentirse y que, obviamente, es falso tal arrepentimiento. El chef solía decir “Hay un momento y un lugar para todo, y es la universidad”. El chef, muy a su manera, daba sabios consejos a través de sus canciones y habladurías. Frases como “te voy a tocar, nena” o “jódanse” simplemente quedaron en la mente de aquel que no hace mucho escribió en la mente de aquel.

De cualquier modo, no estoy seguro de la hora ni del lugar; por supuesto, tampoco de la fecha exacta, solo recuerdo que fue una vez en particular. Algo que si está en mi memoria con respecto a ese día es que vestía unas zapatillas que me llegaron a gustar mucho a pesar de no haberlas comprado yo mismo.

Dos días antes había tenido una conversación con Tomás que me puso en alerta ante una posible situación de aquellas. Irónico pero realmente coincidencial, y solo dos días antes.

En fin, como lo dije antes, recuerdo esa vez en particular. Bueno, en realidad la recordaba hasta hace un par de minutos, porque ya no la recuerdo. Te quemaste.

Dejaré una perlita de foto. Escúchala.

miércoles, 16 de enero de 2008

Chapando bares, cervezas y chicas rudas

Las maravillas que se pueden hacer hoy con un poquito de ingenio. Aquí el harry (creo que el dejo argentino le da más gracias, no sé).

Querido diario

Daniel dice que mientras más conoce a las mujeres, más se enamora de su perro. Y es que cada mujer tiene una serie de niveles que uno, mientras pasa el tiempo, va atravesando. Es como jugar al super contra tres.

Jaime le dijo a su padre: Papá, ¿sabías que en algunos lugares de áfrica, el hombre no puede conocer a su mujer hasta después de casarse con ella? Su padre le respondió: Jaime, eso pasa en todo el mundo.

Mujeres, féminas, nenas, pollitas, chiquitas, mamis y demás. Todas tienen ese chip que hace que gente como el no grato señor Alejandro y mi buen amigo Adolfo digan que la mujer simplemente jode. Y si no lo hiciera, estaríamos hablando de ir contra la naturaleza.

yo le amo.



domingo, 6 de enero de 2008

Otra historia del corcho

La primera vez que oí de ella fue hace unos siete años cuando mi padre, que por aquel entonces viajaba cada tres o cuatro días por reuniones de trabajo, la mencionó una noche en la que fui a recogerlo al aeropuerto. Me anunciaba que la había conocido en otra ciudad y que vendría con ella luego de su próximo viaje. Entusiasmado, esperé los días pero no llegó en la fecha mencionada, sino luego de dos o tres semanas.

Recién entonces la conocí. Era preciosa, chiquita ella, con un look peligrosamente atractivo. Se quedó en mi casa en lo que se pensó sería una visita de relativa duración, pero terminó quedándose a vivir con nosotros. Al principio el rose entre ella y yo no era mucha confianza, ya que casi siempre se la pasaba con mis padres. Mi papá la llevó a su trabajo, a la casa de amigos y familiares, para que todos la conozcan. Le compró cosas, la trataba bien; de hecho, la engreía. Tanto así que, admito, en algún momento sentí celos de ella, aunque luego se disiparon.

Al cabo de un tiempo salí del país y, estando lejos, recibí una llamada de mi madre, en la que me sugería que de regreso en Lima tenía la oportunidad de conocerla mejor. Me dijo que se quedaría en casa por mucho más tiempo y que sería bueno que nos acercáramos más. Y bueno, que así fue. Regresé al Perú y empecé a andar con ella a todos lados. La llevé a la universidad, a la casa de mis amigos, a pasear y a comer. Sin darme cuenta, con el tiempo me encariñé mucho con ella. Ahora era yo quien le compraba cosas, la llevaba al lago, la protegía y la cuidaba de los peligros de Lima ya que era todavía muy joven e inocente.

Con un par de años se ganó su lugar en casa. Ahora ella nos llevaba a nosotros; nos llevó a la playa, nos llevó a comer, nos llevó de viaje más de un par de veces (al menos a mi). Ya era más que cariño; era amor lo que yo sentía hacia ella. Ahora era mía; mía de mi y para mí, no de alguien más. Deposité en ella mucha confianza. Sabía secretos muy íntimos míos, dejé que escuchara muchas de mis conversaciones, que viera muchos de mis días y hasta nos aventuramos a hacer cosas extremas, como salir con un grupo de gente a escalar cerros.

Hace un par de semanas ella se marchó o, mejor dicho, dejé que se marchara. Carla, una amable y joven señora se enamoró de ella. Dijo que a pesar de no haberla visto antes, la había estado buscando durante años. Dijo que la cuidaría como yo la cuidé, que la engreiría del mismo modo y mejor, y eso que para engreirla había que meter la mano al bolsillo varias veces. En fin, hace un par de semanas ella se marchó o, mejor dicho, dejé que se marchara con Carla. La Ponderosa, mi Ponderosa, esa pequeña mitsubishi, junto a sus ciento veinte caballotes de potencia se fue con Carla y su Esposo luego de venderla.

Hoy la extraño a pesar de todas las peleas que alguna vez tuvimos, y es que no todo siempre fue color de rosa entre la ponderosa y yo. Desde ayer, un robusto varoncito petrolero ha ocupado su lugar, un varón recién nacido de la casa de SsangYong; uno que todavía no tiene nombre.



viernes, 4 de enero de 2008

Got milk?

Almorzábamos ese suculento plato de tacu tacu con salsa española de camarones, cuando Richi, mi padre, me empezó a contar:

Recuerdo que la única navidad en la que recibí un juguete, fue cuando era muy pequeño. Tendría algo de ocho años, o siete, creo. Era víspera de fiesta y tu abuelo llegó a casa con una bolsa llena de juguetes que, para mi condición económica de aquellos días, eran lo máximo. Así, repartió un juguete a cada uno de mis hermanos y cuando me llegó el turno casi se me fueron las lágrimas; me había traído esa ametralladora que hacía sonido y hasta parecía que le salía fuego. El deshueve, me dijo.

Tanta fue mi emoción que esa noche no dormí porque me la pasé jugando a que yo era un soldado, continuó, y mi cama, la compartida por cuatro hermanos, era mi fuerte. Pretendía, también, que ellos cuatro, hechados y dormidos, eran mis hombres caídos en guerra y yo era el capitán y único sobreviviente que tenía que vencer al enemigo con mi super ametralladora.

Juegué y jugué por casi una semana. Pero por ese tiempo, aquel episodio era demasiado bueno para ser cierto o, mejor dicho, para durar mucho. Una pronta tarde luego de navidad, creo que los primeros días de Enero, me encontraba jugando en la puerta de la quinta donde vivía. Jugaba con mis hermanos y unos vecinos que eran mis amigos de infancia, cuando de pronto llegó un patrullero. De él se bajaron dos policías y un civil, aludiendo, este último, ser el dueño comerciante de esos juguetes robados.

Los policías (que de efectivos nunca han tenido nada) me quitaron la ametralladora y a mis hermanos sus juguetes. Mientras ellos lloraban, yo solo bajé la cabeza con mucha tristeza ante una desepción más que, irónicamente, escapaba del conocimiento de tu abuelo. Él no sabía que le había comprado juguetes al ladrón que se los robó al comerciante.

¿Y nunca más te regalaron nada para navidad? le pregunté. No mientras era un niño, me respondió, con una mirada que delataba el sabor amargo que sintió al mezclar ese suculento tacu tacu con recuerdos de una infancia nada agradable.

lunes, 24 de diciembre de 2007

Num Lock en tu cara

Era 1996. Mi familia tiene la costumbre de visitar a las dos abuelas el día de navidad, luego de la noche comunmente llamada buena. Ese año, sin embargo, las cosas se hicieron a la inversa. El veinticuatro, durante el día, fuimos a la casa de las abuelas, para no salir de visita al día siguiente. Unos tíos, junto a sus hijos, pasarían esa navidad con nosotros, así que decidimos volver a casa en dos carros.

Uno de los autos llegó a la hora estimada; aquél en el que estábamos mis padres, mi primo y yo. No obstante, el otro coche empezaba a darnos motivos de preocupación al pasar más de dos horas sin podernos comunicar y, por supuesto, sin que lleguen a mi casa. En ese volkswagen escarabajo del setenta y cuatro, viajaban mis tíos, mi prima y mi hermana.

Nadie en el vehículo desaparecido cargaba un celular y se nos era imposible saber su paradero y estado. Las cosas ya habían dejado de parecer graciosas varios minutos antes, mientras que la preocupación iba, ahora, en aumento. Ha de ser el tráfico, decía yo, tratando de convencerme que el carro estaba bien y sus ocupantes también. Claro, habíamos cruzado toda la ciudad desde la casa de una de las abuelas, y el tramo era super largo y lento. Pero si nosotros lo habíamos hecho ya, ¿qué los haría tardar tanto?.

En la mente, el nombre de Vanessa Robiano me daba vueltas. Sabía que se trataba de una chica bonita (no una chica guapa, que aquellas son las avivadas -en el buen sentido, claro está-), pero no recordaba en dónde la había visto, así que empecé a hacer un ejercicio mental para desviar mi atención y preocupación por los desaparecidos.

¿Llamamos a la policía? preguntó mi mamá. No, ya ahorita llegan, seguro, respondió mi padre.

Por ese entonces la navidad era muy importante para mí. Esperaba ancioso las doce y no por los regalos (no enteramente). Las horas corrían muy lentamente durante esos jóvenes veinticuatros y, por supuesto, era el día al año en el que mi padre cocinaba varios de sus exquisitos manjares. Para eso si había que esperar, aunque no tanto para su famoso arroz con leche peruano.

Y bueno, al final llegó el otro coche y esa fue una navidad de las veinti tantas que he pasado hasta hoy.

lunes, 17 de diciembre de 2007

Ole y Olé (parte 2)

De los días en la escuela primaria, el profesor del que más me acuerdo es el profesor Masias. Ese hombre tenía una metodología de enseñanza bastante atractiva para un niño de entre seis y ocho años. Sus historias, su forma de ejemplificar cosas, de hacer analogías, su entrega. Se daba tiempo para involucrarse en la vida de sus alumnos, captar detalles de cada uno que hoy en día, para mí, que soy (entre otras cosas) profesor, se me hace sumamente difícil.

El profesor Masias, según yo, podía ver el futuro. Con solo verte a los ojos te decía qué ibas a ser "de grande". Recuerdo que una vez utilizó sus supuestos poderes conmigo. Me dijo que cuando él esté viejito tocaría mi puerta y abriría yo, un hombre alto y gordo, con mucha barba, hecho un doctor, muy bien plantado (recuerdo ese gesto con la mano -en posición opuesta al de homosexual- para expresar que algo estaba bien).

Me gustaba la forma en la que el profesor Masías hablaba; una especie de pronunciación mexicana con la erre ("para comersh" sin caer en el exagerado dejo de aquellos que vinieron de tierras altas y aprendieron el español en Lima). Me gustaba la forma en la que el profesor Mesías hacía su clase. Me gustaba ser un niño y no tener que preocuparme por cosas que hoy me preocupan, ni sufrir por cosas por las que hoy sufro.

De cualquier modo y, como dijo mi padre, la educación es la profesión más gratificante que puede existir (cuando te gusta, claro está); no obstante, la menos remunerada y apreciada.

P.s: Soy publicista y chato. El profesor Masías no era tan capo viendo el futuro.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Juguemos a la raqueta

Faustino Tezzaco (conocido en la época como “Pappo Texaco, The First”) me contó:

Por aquel entonces, Lima estaba dividida solo entre ricos y pobres, y a mi parecer, la proporción era muy similar a la que existiría, poco después, en La Habana. Durante esa época tuve la suerte de ser criado por una familia de foráneos alemanes, muy allegados a esos pocos que tenían, entre otras cosas, el manejo de las haciendas azucareras de Casa Grande y Paiján.

Vivía en Lima, en lo que hoy es el distrito del Rimac. Claro, muy distinto por esos días. La zona donde vives tú no era más que pantanos y tierras sin trabajar, y esa playa a la que fuimos hace unos días no tenía, ni siquiera, nombre. Creo que luego se llamó Hawai y no sé en qué momento le pusieron el nombre de Silencio.

Lo que más recuerdo es que, con la ola migratoria empezada en los cuarenta, mucha gente de mal vivir incrementó el número de pobres y forajidos. Yo, asustado por mi inocente adolescencia, tenía que esperar al papá de Braulio, un amigo, a que nos recogiera del colegio ya que, andar a pie era muy peligroso; los forajas nos tenían cólera a los llamados ricos y estaban a la espera de cualquier oportunidad para continuar esa disimulada como horrenda guerra civil de esas tardes.

Un día, el profesor me castigó y tuve que quedarme una hora más en el colegio. Ni Braulio ni su padre esperaron por mí así que no tuve más remedio que caminar hasta la casa. Los Sres. Muller, mis apoderados, no sabían nada del asunto y, por supuesto, pensaron que me había quedado a comer en casa de mi traicionero amigo.

Eran ya como las seis de la tarde o algo así, cuando me adentré en pequeñas calles que hoy cruzan el Jirón Trujillo con la intención de cortar camino. En una de las esquinas me interceptaron dos pájaros fruteros y me molieron a golpes. Sabían quien era y esa fue una forma de vengarse de los ricos. ¡Despiadados! Les gritaba, mientras me bolsiqueaban para arrebatarme el dinero que guardaba conmigo todo el tiempo.

A los tres días regresé al lugar con mi padrino, el Sr. Mendoza, y dos de sus hombres. Él era militar y le conté lo sucedido, así que decidió que tendría que darle una lección a los abusadores. Ahí estaban ellos, parados en la misma esquina, vestidos de una manera desfachada, diciendo groserías.

Mi padrino me preguntó si esos eran los miserables que me habían hecho daño, y tan pronto dije que si, sus dos hombres empezaron a darles una paliza. Nunca había visto que a alguien le peguen de esa manera, no señor. La golpiza fue tal que los dejaron inconscientes sobre la vereda o, al menos, eso pensé. Luego me enteraría que en realidad los habían asesinado a golpes.

La historia se volvió una leyenda y en el colegio se llegó a creer que había sido yo con mis propias manos. Fui una especie de héroe para mis compañeros de colegio. Nadie me molestaba, todos me respetaban.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Chicle Bonky VR-Trooper

La ponderosa y yo estamos peleados. Es una pena que, justo ahora, y en conjunto con la carga de trabajo, se de un evento para offroaders que promete ser el mejor en muchos años.

Gente como Lucho Mendoza, fundador de las salidas de Off Road en el Perú, Maiky Nieto, Rafael Belmonte, Pancho León, el tío Lee, Aldo 4x4, Kiatary, entre otros cracks del medio, asistirán. Creo que nunca se han juntado tantos lobos en el asunto. Pero Pappo no puede ir. Estoy seguro que la Ponderosa no haría tanto roche aunque la ruta suena más que difícil. Tampoco soy un crack del Off Road pero sé que podría aprender muchísimo en esta travesía.

En fin, será para (lo siento Pappo, no hay próxima o, al menos, no creo que la haya)… Será.

I miss you


domingo, 2 de diciembre de 2007

El fin de Samantha y los dos días

Cuando voy al estadio, que solo ocurre en los encuentros que prometen un bonito show de la selección peruana (o sea, creo que he ido tres veces en mi vida), me involucro en la fiesta. Porque, hombre, es una fiesta ahí arriba. Lo malo de asistir a la llamada tribuna occidente, es que la gente alrededor no sabe un pito de fútbol. No soy un crack, pero no hay que ser, siquiera, pelotero, para darte cuenta que el que está detrás de tí está hablando boludeces. "Es gente que no sabe ni mierda de Futbol. Como tienen billete vienen acá pero no tienen idea de las huevadas que dicen", compartía mi papá en el último de esos bonitos episodios.

Hay más cosas buenas y, por supuesto, de las otras también. En la calle todos son iguales después del partido (porque antes hacen cola en distintos lados) y los más avezados palomillas rosan al más quedado de los lornas, y el rico come anticucho en la carretilla, y el pobre comenta los goles con los pitucones. Y Pappo pasea feliz aunque Perú no haya ganado, porque él sabe que está en una fiesta: la del futbol.

Lo demás es demás; solo quiero mencionar lo bacán que es escuchar a aquellos en sillas de ruedas que gritan desde la jaula.