Con clara influencia del Blog de Daniela y el de algún señor que habla de publicidad todo el tiempo, he decidido, como publicista, no ocultar mi percepción sobre la maldad que lleva la publicidad consigo.
No digo errores de interpretación ni publicidad de falacia, porque aquellas no son sino excusas. La publicidad es malvada, y así ha sido toda la vida. Juega con la mente de las personas, las persuade de adquirir productos y servicios que, muchas veces, ni siquiera necesitan. Les engaña, y les engaña big time en varias ocasiones.
Yo pretendo estar en un juego en el que –una vez más- como publicista, las reglas son no caer en las garras de la publicidad. Así, soy más escéptico que el más racional de los consumidores y menos vulnerable que el menos interesado. Obviamente, a veces caigo en la trampa y, cuando me doy cuenta, solo queda decirme a mi mismo: “Puta madre, caí en mis propias garras”.
Estoy en Radioshack, por ejemplo, ya que disfruto pasear por esos lugares, y veo algo que me interesa con un precio provocativo. En la prisa, lo llevo a caja para pagar por él y “me hacen ver” que, en realidad, el precio no era ese, pues se me pasaron las letritas que decían algo como “solo con tu tarjeta la floradita” y, lamentablemente, yo no cargo esa tarjetita de la chingada. Coño; y ahí va otra vez: Caí en mis propias garras.
Otra cosa que detesto es la clásica imagen televisiva de “Te damos esto”, mientras que el texto legal que pasa en pantalla, cuya analogía podría ser la de una persona que corre al baño a desatar la más infernal de las diarreas, explica (¿muy claramente?) las ciento veintiocho condiciones y posibles limitaciones que vamos a tener para usar el servicio (o producto –gracias, universidad-). De eso no se escapan los radiales que, cuando vienen con texto legal, el pro tools se encarga de escupir cuatro o cinco palabras por segundo.
Como persona, me gustaría ver, alguna vez, un anuncio que diga algo como: “Las cien primeras personas que llamen recibirán (digamos) un equipo nuevo” y que no aparezca texto legal alguno. Que al marcar el número sea la persona número sesenta y que me digan que gané; que al ir a recoger el premio muestre mi DNI y me sea entregado sin más ni más.
Lamentablemente, podría poner mis manos al fuego para afirmar que eso jamás pasará.
Y hablando de publicidad malvada...
No digo errores de interpretación ni publicidad de falacia, porque aquellas no son sino excusas. La publicidad es malvada, y así ha sido toda la vida. Juega con la mente de las personas, las persuade de adquirir productos y servicios que, muchas veces, ni siquiera necesitan. Les engaña, y les engaña big time en varias ocasiones.
Yo pretendo estar en un juego en el que –una vez más- como publicista, las reglas son no caer en las garras de la publicidad. Así, soy más escéptico que el más racional de los consumidores y menos vulnerable que el menos interesado. Obviamente, a veces caigo en la trampa y, cuando me doy cuenta, solo queda decirme a mi mismo: “Puta madre, caí en mis propias garras”.
Estoy en Radioshack, por ejemplo, ya que disfruto pasear por esos lugares, y veo algo que me interesa con un precio provocativo. En la prisa, lo llevo a caja para pagar por él y “me hacen ver” que, en realidad, el precio no era ese, pues se me pasaron las letritas que decían algo como “solo con tu tarjeta la floradita” y, lamentablemente, yo no cargo esa tarjetita de la chingada. Coño; y ahí va otra vez: Caí en mis propias garras.
Otra cosa que detesto es la clásica imagen televisiva de “Te damos esto”, mientras que el texto legal que pasa en pantalla, cuya analogía podría ser la de una persona que corre al baño a desatar la más infernal de las diarreas, explica (¿muy claramente?) las ciento veintiocho condiciones y posibles limitaciones que vamos a tener para usar el servicio (o producto –gracias, universidad-). De eso no se escapan los radiales que, cuando vienen con texto legal, el pro tools se encarga de escupir cuatro o cinco palabras por segundo.
Como persona, me gustaría ver, alguna vez, un anuncio que diga algo como: “Las cien primeras personas que llamen recibirán (digamos) un equipo nuevo” y que no aparezca texto legal alguno. Que al marcar el número sea la persona número sesenta y que me digan que gané; que al ir a recoger el premio muestre mi DNI y me sea entregado sin más ni más.
Lamentablemente, podría poner mis manos al fuego para afirmar que eso jamás pasará.
Y hablando de publicidad malvada...
2 comentarios:
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caray si pues se siente desastroso verse envuelto en la propio engaño,ya sabes ahora como se siente el usuario comun y corriente,,,deberia haber una penalidad para este tipo de publicidad......joder.
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