domingo, 11 de mayo de 2008

El día del papel

En mi paso por Montecarlo, desesperado por entrar al casino del que solo había oído hablar, no me había percatado que en Mónaco había más cosas que descubrir. Es un principado bonito, pensaba, pero la idea de jugar en el casino hacía que no me diera cuenta de las otras maravillosas cosas que podía encontrar en el lugar desde donde –asumo- no se necesita visa a ninguna parte del mundo.

Si pues, en Mónaco habían también carros, y qué carros. Todos lucían exuberantes y bonitos. Luego me enteraría que la menor fortuna de algún residente no baja los ciento veinte millones (de lo que sea, igual es mucho dinero). Lincolns, Maseratis, Maybachs; a muchos de los autos los veía por primera vez.

Un país (pues sigue siendo el segundo más pequeño del mundo) sin ejército, sede del gran Rally de la fórmula uno, calles bonitas, casas espectaculares y, por supuesto, una hermosísima playa. Un capricho no anunciado y coincidentemente realizado, solo comparable a una estupenda tarde de jazz en Viena junto a Carla y a mi hermana algunos días después.

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