miércoles, 12 de diciembre de 2007

Juguemos a la raqueta

Faustino Tezzaco (conocido en la época como “Pappo Texaco, The First”) me contó:

Por aquel entonces, Lima estaba dividida solo entre ricos y pobres, y a mi parecer, la proporción era muy similar a la que existiría, poco después, en La Habana. Durante esa época tuve la suerte de ser criado por una familia de foráneos alemanes, muy allegados a esos pocos que tenían, entre otras cosas, el manejo de las haciendas azucareras de Casa Grande y Paiján.

Vivía en Lima, en lo que hoy es el distrito del Rimac. Claro, muy distinto por esos días. La zona donde vives tú no era más que pantanos y tierras sin trabajar, y esa playa a la que fuimos hace unos días no tenía, ni siquiera, nombre. Creo que luego se llamó Hawai y no sé en qué momento le pusieron el nombre de Silencio.

Lo que más recuerdo es que, con la ola migratoria empezada en los cuarenta, mucha gente de mal vivir incrementó el número de pobres y forajidos. Yo, asustado por mi inocente adolescencia, tenía que esperar al papá de Braulio, un amigo, a que nos recogiera del colegio ya que, andar a pie era muy peligroso; los forajas nos tenían cólera a los llamados ricos y estaban a la espera de cualquier oportunidad para continuar esa disimulada como horrenda guerra civil de esas tardes.

Un día, el profesor me castigó y tuve que quedarme una hora más en el colegio. Ni Braulio ni su padre esperaron por mí así que no tuve más remedio que caminar hasta la casa. Los Sres. Muller, mis apoderados, no sabían nada del asunto y, por supuesto, pensaron que me había quedado a comer en casa de mi traicionero amigo.

Eran ya como las seis de la tarde o algo así, cuando me adentré en pequeñas calles que hoy cruzan el Jirón Trujillo con la intención de cortar camino. En una de las esquinas me interceptaron dos pájaros fruteros y me molieron a golpes. Sabían quien era y esa fue una forma de vengarse de los ricos. ¡Despiadados! Les gritaba, mientras me bolsiqueaban para arrebatarme el dinero que guardaba conmigo todo el tiempo.

A los tres días regresé al lugar con mi padrino, el Sr. Mendoza, y dos de sus hombres. Él era militar y le conté lo sucedido, así que decidió que tendría que darle una lección a los abusadores. Ahí estaban ellos, parados en la misma esquina, vestidos de una manera desfachada, diciendo groserías.

Mi padrino me preguntó si esos eran los miserables que me habían hecho daño, y tan pronto dije que si, sus dos hombres empezaron a darles una paliza. Nunca había visto que a alguien le peguen de esa manera, no señor. La golpiza fue tal que los dejaron inconscientes sobre la vereda o, al menos, eso pensé. Luego me enteraría que en realidad los habían asesinado a golpes.

La historia se volvió una leyenda y en el colegio se llegó a creer que había sido yo con mis propias manos. Fui una especie de héroe para mis compañeros de colegio. Nadie me molestaba, todos me respetaban.