La primera vez que oí de ella fue hace unos siete años cuando mi padre, que por aquel entonces viajaba cada tres o cuatro días por reuniones de trabajo, la mencionó una noche en la que fui a recogerlo al aeropuerto. Me anunciaba que la había conocido en otra ciudad y que vendría con ella luego de su próximo viaje. Entusiasmado, esperé los días pero no llegó en la fecha mencionada, sino luego de dos o tres semanas.
Recién entonces la conocí. Era preciosa, chiquita ella, con un look peligrosamente atractivo. Se quedó en mi casa en lo que se pensó sería una visita de relativa duración, pero terminó quedándose a vivir con nosotros. Al principio el rose entre ella y yo no era mucha confianza, ya que casi siempre se la pasaba con mis padres. Mi papá la llevó a su trabajo, a la casa de amigos y familiares, para que todos la conozcan. Le compró cosas, la trataba bien; de hecho, la engreía. Tanto así que, admito, en algún momento sentí celos de ella, aunque luego se disiparon.
Al cabo de un tiempo salí del país y, estando lejos, recibí una llamada de mi madre, en la que me sugería que de regreso en Lima tenía la oportunidad de conocerla mejor. Me dijo que se quedaría en casa por mucho más tiempo y que sería bueno que nos acercáramos más. Y bueno, que así fue. Regresé al Perú y empecé a andar con ella a todos lados. La llevé a la universidad, a la casa de mis amigos, a pasear y a comer. Sin darme cuenta, con el tiempo me encariñé mucho con ella. Ahora era yo quien le compraba cosas, la llevaba al lago, la protegía y la cuidaba de los peligros de Lima ya que era todavía muy joven e inocente.
Con un par de años se ganó su lugar en casa. Ahora ella nos llevaba a nosotros; nos llevó a la playa, nos llevó a comer, nos llevó de viaje más de un par de veces (al menos a mi). Ya era más que cariño; era amor lo que yo sentía hacia ella. Ahora era mía; mía de mi y para mí, no de alguien más. Deposité en ella mucha confianza. Sabía secretos muy íntimos míos, dejé que escuchara muchas de mis conversaciones, que viera muchos de mis días y hasta nos aventuramos a hacer cosas extremas, como salir con un grupo de gente a escalar cerros.
Hace un par de semanas ella se marchó o, mejor dicho, dejé que se marchara. Carla, una amable y joven señora se enamoró de ella. Dijo que a pesar de no haberla visto antes, la había estado buscando durante años. Dijo que la cuidaría como yo la cuidé, que la engreiría del mismo modo y mejor, y eso que para engreirla había que meter la mano al bolsillo varias veces. En fin, hace un par de semanas ella se marchó o, mejor dicho, dejé que se marchara con Carla. La Ponderosa, mi Ponderosa, esa pequeña mitsubishi, junto a sus ciento veinte caballotes de potencia se fue con Carla y su Esposo luego de venderla.
Hoy la extraño a pesar de todas las peleas que alguna vez tuvimos, y es que no todo siempre fue color de rosa entre la ponderosa y yo. Desde ayer, un robusto varoncito petrolero ha ocupado su lugar, un varón recién nacido de la casa de SsangYong; uno que todavía no tiene nombre.
Recién entonces la conocí. Era preciosa, chiquita ella, con un look peligrosamente atractivo. Se quedó en mi casa en lo que se pensó sería una visita de relativa duración, pero terminó quedándose a vivir con nosotros. Al principio el rose entre ella y yo no era mucha confianza, ya que casi siempre se la pasaba con mis padres. Mi papá la llevó a su trabajo, a la casa de amigos y familiares, para que todos la conozcan. Le compró cosas, la trataba bien; de hecho, la engreía. Tanto así que, admito, en algún momento sentí celos de ella, aunque luego se disiparon.
Al cabo de un tiempo salí del país y, estando lejos, recibí una llamada de mi madre, en la que me sugería que de regreso en Lima tenía la oportunidad de conocerla mejor. Me dijo que se quedaría en casa por mucho más tiempo y que sería bueno que nos acercáramos más. Y bueno, que así fue. Regresé al Perú y empecé a andar con ella a todos lados. La llevé a la universidad, a la casa de mis amigos, a pasear y a comer. Sin darme cuenta, con el tiempo me encariñé mucho con ella. Ahora era yo quien le compraba cosas, la llevaba al lago, la protegía y la cuidaba de los peligros de Lima ya que era todavía muy joven e inocente.
Con un par de años se ganó su lugar en casa. Ahora ella nos llevaba a nosotros; nos llevó a la playa, nos llevó a comer, nos llevó de viaje más de un par de veces (al menos a mi). Ya era más que cariño; era amor lo que yo sentía hacia ella. Ahora era mía; mía de mi y para mí, no de alguien más. Deposité en ella mucha confianza. Sabía secretos muy íntimos míos, dejé que escuchara muchas de mis conversaciones, que viera muchos de mis días y hasta nos aventuramos a hacer cosas extremas, como salir con un grupo de gente a escalar cerros.
Hace un par de semanas ella se marchó o, mejor dicho, dejé que se marchara. Carla, una amable y joven señora se enamoró de ella. Dijo que a pesar de no haberla visto antes, la había estado buscando durante años. Dijo que la cuidaría como yo la cuidé, que la engreiría del mismo modo y mejor, y eso que para engreirla había que meter la mano al bolsillo varias veces. En fin, hace un par de semanas ella se marchó o, mejor dicho, dejé que se marchara con Carla. La Ponderosa, mi Ponderosa, esa pequeña mitsubishi, junto a sus ciento veinte caballotes de potencia se fue con Carla y su Esposo luego de venderla.
Hoy la extraño a pesar de todas las peleas que alguna vez tuvimos, y es que no todo siempre fue color de rosa entre la ponderosa y yo. Desde ayer, un robusto varoncito petrolero ha ocupado su lugar, un varón recién nacido de la casa de SsangYong; uno que todavía no tiene nombre.
3 comentarios:
año nuevo, carro nuevo
espero qeu esa nueva S/N te traiga nuevas aventuras... :D
dicen que entre varones hay mejor comunicacion...
..mmm... y cuando subo? jaja
Publicar un comentario