¿Y tú qué piensas? Le pregunté al improvisado Carlos; a lo que él me respondió:
Asumo que una de las ventajas de vivir en un país considerado dentro del tercer mundo (yo siempre temí preguntar por el segundo por miedo a pasar vergüenza ¿existiría?) es que poco o nada atractiva resulta la idea de fijarse en él como un objetivo terrorista internacional. Quiero decir, acá no existen las preocupaciones por días como el nine eleven, o por atentados que incluyan hacer volar un edificio gubernamental en mil pedazos, extorsionar a familias de empresarios de grandes corporaciones o, incluso, secuestrar un avión con ochenta pasajeros que se mueven, por negocio, de Lima a Juliaca.
Alguien hizo explosionar una bomba en un conocido centro comercial hace unos años; pero el episodio fue verdaderamente aislado y, para ser honestos, fueron más que exagerados los rumores sobre posibles ataques terroristas que involucraban, en la mayor de las tonterías expuestas, estrellar una avioneta sobre la embajada de los Estados Unidos.
Lo cierto es que desde que “erradicamos” la segunda peor vergüenza del País, la gente volvió a salir a las calles sin temer a bombas, apagones, asesinatos a la vista de todos, militares abusivos y toques de queda. Por eso creo que si un día escuchara algún estallido que viene de la mano con sirenas de policías, una repentina oscuridad en la ciudad y una marcha de militares por las calles, creo que entraría en pánico y correría a ver a los míos.
En fin, que suceda algo así (de nuevo) sería tan injusto como cuando Kathie Lee se comió toda la comida de los aldeanos en ese episodio de South Park.
Asumo que una de las ventajas de vivir en un país considerado dentro del tercer mundo (yo siempre temí preguntar por el segundo por miedo a pasar vergüenza ¿existiría?) es que poco o nada atractiva resulta la idea de fijarse en él como un objetivo terrorista internacional. Quiero decir, acá no existen las preocupaciones por días como el nine eleven, o por atentados que incluyan hacer volar un edificio gubernamental en mil pedazos, extorsionar a familias de empresarios de grandes corporaciones o, incluso, secuestrar un avión con ochenta pasajeros que se mueven, por negocio, de Lima a Juliaca.
Alguien hizo explosionar una bomba en un conocido centro comercial hace unos años; pero el episodio fue verdaderamente aislado y, para ser honestos, fueron más que exagerados los rumores sobre posibles ataques terroristas que involucraban, en la mayor de las tonterías expuestas, estrellar una avioneta sobre la embajada de los Estados Unidos.
Lo cierto es que desde que “erradicamos” la segunda peor vergüenza del País, la gente volvió a salir a las calles sin temer a bombas, apagones, asesinatos a la vista de todos, militares abusivos y toques de queda. Por eso creo que si un día escuchara algún estallido que viene de la mano con sirenas de policías, una repentina oscuridad en la ciudad y una marcha de militares por las calles, creo que entraría en pánico y correría a ver a los míos.
En fin, que suceda algo así (de nuevo) sería tan injusto como cuando Kathie Lee se comió toda la comida de los aldeanos en ese episodio de South Park.
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