Almorzábamos ese suculento plato de tacu tacu con salsa española de camarones, cuando Richi, mi padre, me empezó a contar:
Recuerdo que la única navidad en la que recibí un juguete, fue cuando era muy pequeño. Tendría algo de ocho años, o siete, creo. Era víspera de fiesta y tu abuelo llegó a casa con una bolsa llena de juguetes que, para mi condición económica de aquellos días, eran lo máximo. Así, repartió un juguete a cada uno de mis hermanos y cuando me llegó el turno casi se me fueron las lágrimas; me había traído esa ametralladora que hacía sonido y hasta parecía que le salía fuego. El deshueve, me dijo.
Tanta fue mi emoción que esa noche no dormí porque me la pasé jugando a que yo era un soldado, continuó, y mi cama, la compartida por cuatro hermanos, era mi fuerte. Pretendía, también, que ellos cuatro, hechados y dormidos, eran mis hombres caídos en guerra y yo era el capitán y único sobreviviente que tenía que vencer al enemigo con mi super ametralladora.
Juegué y jugué por casi una semana. Pero por ese tiempo, aquel episodio era demasiado bueno para ser cierto o, mejor dicho, para durar mucho. Una pronta tarde luego de navidad, creo que los primeros días de Enero, me encontraba jugando en la puerta de la quinta donde vivía. Jugaba con mis hermanos y unos vecinos que eran mis amigos de infancia, cuando de pronto llegó un patrullero. De él se bajaron dos policías y un civil, aludiendo, este último, ser el dueño comerciante de esos juguetes robados.
Los policías (que de efectivos nunca han tenido nada) me quitaron la ametralladora y a mis hermanos sus juguetes. Mientras ellos lloraban, yo solo bajé la cabeza con mucha tristeza ante una desepción más que, irónicamente, escapaba del conocimiento de tu abuelo. Él no sabía que le había comprado juguetes al ladrón que se los robó al comerciante.
¿Y nunca más te regalaron nada para navidad? le pregunté. No mientras era un niño, me respondió, con una mirada que delataba el sabor amargo que sintió al mezclar ese suculento tacu tacu con recuerdos de una infancia nada agradable.
Recuerdo que la única navidad en la que recibí un juguete, fue cuando era muy pequeño. Tendría algo de ocho años, o siete, creo. Era víspera de fiesta y tu abuelo llegó a casa con una bolsa llena de juguetes que, para mi condición económica de aquellos días, eran lo máximo. Así, repartió un juguete a cada uno de mis hermanos y cuando me llegó el turno casi se me fueron las lágrimas; me había traído esa ametralladora que hacía sonido y hasta parecía que le salía fuego. El deshueve, me dijo.
Tanta fue mi emoción que esa noche no dormí porque me la pasé jugando a que yo era un soldado, continuó, y mi cama, la compartida por cuatro hermanos, era mi fuerte. Pretendía, también, que ellos cuatro, hechados y dormidos, eran mis hombres caídos en guerra y yo era el capitán y único sobreviviente que tenía que vencer al enemigo con mi super ametralladora.
Juegué y jugué por casi una semana. Pero por ese tiempo, aquel episodio era demasiado bueno para ser cierto o, mejor dicho, para durar mucho. Una pronta tarde luego de navidad, creo que los primeros días de Enero, me encontraba jugando en la puerta de la quinta donde vivía. Jugaba con mis hermanos y unos vecinos que eran mis amigos de infancia, cuando de pronto llegó un patrullero. De él se bajaron dos policías y un civil, aludiendo, este último, ser el dueño comerciante de esos juguetes robados.
Los policías (que de efectivos nunca han tenido nada) me quitaron la ametralladora y a mis hermanos sus juguetes. Mientras ellos lloraban, yo solo bajé la cabeza con mucha tristeza ante una desepción más que, irónicamente, escapaba del conocimiento de tu abuelo. Él no sabía que le había comprado juguetes al ladrón que se los robó al comerciante.
¿Y nunca más te regalaron nada para navidad? le pregunté. No mientras era un niño, me respondió, con una mirada que delataba el sabor amargo que sintió al mezclar ese suculento tacu tacu con recuerdos de una infancia nada agradable.
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