jueves, 1 de mayo de 2008

Servicio de satélite para la selva

Hoy (en realidad ayer y, cada vez que escriba “hoy” me referiré a ayer) quise acordarme de las cosas que de niño creía. Esas sonseras que creemos ciertas hasta que nos damos cuenta, de alguna manera cruel o suave, que no es así. No hablo de las clásicas mentiras que vivimos cuando niños, como la existencia del ratón de los dientes, de Papá Noel o de la cigüeña que trae bebés. Me refiero, ahora, a cosas un poco menos comunes, ¿o no?

Por ejemplo, cuando me llevaban al cine, yo creía que lo que salía en pantalla era la magnificación de lo que los actores hacían detrás de ella (literalmente). O sea, según yo, detrás de la pantalla y, en cada función, estaban los actores reales. Lo absurdo del asunto solo se compara a lo que pensaba con respecto a la playa. De acuerdo a mis ojos, cada vez que iba a la playa podía ver una especie de maizal al otro lado de la misma. Era tierra firme, pero no habitable, sino llena de plantados de maíz. Lo gracioso es que no lo veía tan lejano.

Hoy también me acordé de cuando creía que una mujer podía quedar embarazada sin necesidad de tener sexo, o que yo podía hacer movimientos de artes marciales a la perfección, aún cuando no había llevado clase alguna (en realidad llevé cinturón blanco de karate mucho después). Y así, empecé a hacer una imaginaria lista de otros reflejos de inocencia, como que un eclipse podía volver a la gente gelatina, o que todos alrededor mío eran parte de una conspiración; un teatro viviente, todos y cada uno de las personas que me rodeaban (creo que hasta ahora tengo esa sensación).

En fin, me acordé de muchas cosas y debí hacer esa lista en papel porque ya olvidé la mayoría. Solo me viene a la cabeza la idea que tenía de poder agarrar las nubes; en mi imaginación eran como algodón, y podía utilizarlas como colchón si me lanzaba de un avión. Iluso.

Da un poco de pena darnos cuenta de lo felices y despreocupados que podíamos ser cuando pequeños.

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