De pronto y Colombia empieza a ser reemplazada por Guatemala cuando se trata de hablar mal de América Latina en las series de televisión estadounidenses.
Aquella noche fue la primera vez que nos besamos. Ambos, junto a otras dos personas, compartíamos la plaza trasera de un enorme pick up que nos llevaba nuevamente al hotel. Recuerdo que, a pesar de tener los vidrios abiertos, dentro del carro el ambiente era algo sofocante. Y bueno, que era verano, pues.
Juliana y yo nos habíamos conocido en Lima aproximádamente un mes antes de la conferencia. Nos pusimos en contacto para hacer arreglos sobre estadía y comida ya que, nada mejor que un compatriota para mostrar afinidad y andar juntos en un evento al que, a parte de solo dos peruanos, iban unas doscientas personas de unos treinta países distintos. Por supuesto, nunca creí que ambos llegaríamos a alargar la estadía en Caracas casi sin darnos cuenta, solo porque gustabamos mucho de la compañía del otro.
Hasta esa noche todo había sido de buenos amigos; ayuda, conversación, baile, tragos, almuerzos y otra serie de maricadas que ya empezaban a aburrirme. Hasta esa noche no había pasado absolutamente nada por encima de gestos de cariño y ternura entre dos personas que se llevan demasiado bien. Sin embargo, había algo en la mirada de Juliana que me decía que, lo que yo sentía y pretendía no saber de qué se trataba, también pasaba por su cabeza.
Pero qué calor que hace aquí dentro, ¿no crees? le dije mientras la abrazaba de una manera todavía amical. ¿Y si sientes tanto calor por qué me abrazas? dijo mientras sonreía mirándome a los ojos. Es que me estoy imaginando que todavía tienes puesto el bikini celeste que llevabas hoy. -jajaja ¿el de florcitas en el top?- Ese mismo.
Mientras empezaba a explicarme alguna maricada de los colores (que para mí, se dividen en azul, verde y rojo), no lo pensé tanto y me lancé con la intención de robarle un beso -eventual y muy posiblemente correspondido-. La rapidez del asunto hizo que ella solo me quedara mirando por unos segundos luego de haberle estampado mis labios sobre los suyos fugazmente, para luego reaccionar con un poco alterado "imbécil" que vino acompañado de otra sonrisa.
El resto de esa, y las otras siete noches más en Caracas, quedarán guardadas celosamente en un carrito de helados donofrio, junto a un disco de 50 Cents y a la foto de denzel washington que nunca supe cuál de las diez chicas bulleras dejó en el pequeño pero acojedor bote de mi antiguo amigo y publicista Ricardo.
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