domingo, 2 de diciembre de 2007

El fin de Samantha y los dos días

Cuando voy al estadio, que solo ocurre en los encuentros que prometen un bonito show de la selección peruana (o sea, creo que he ido tres veces en mi vida), me involucro en la fiesta. Porque, hombre, es una fiesta ahí arriba. Lo malo de asistir a la llamada tribuna occidente, es que la gente alrededor no sabe un pito de fútbol. No soy un crack, pero no hay que ser, siquiera, pelotero, para darte cuenta que el que está detrás de tí está hablando boludeces. "Es gente que no sabe ni mierda de Futbol. Como tienen billete vienen acá pero no tienen idea de las huevadas que dicen", compartía mi papá en el último de esos bonitos episodios.

Hay más cosas buenas y, por supuesto, de las otras también. En la calle todos son iguales después del partido (porque antes hacen cola en distintos lados) y los más avezados palomillas rosan al más quedado de los lornas, y el rico come anticucho en la carretilla, y el pobre comenta los goles con los pitucones. Y Pappo pasea feliz aunque Perú no haya ganado, porque él sabe que está en una fiesta: la del futbol.

Lo demás es demás; solo quiero mencionar lo bacán que es escuchar a aquellos en sillas de ruedas que gritan desde la jaula.

1 comentario:

Unknown dijo...

y qué gritan pappo?
niupi niupi - ra - ra - rá?