domingo, 27 de enero de 2008

Preparativos para el plato frío


Usualmente, cuando un patrullero me obliga a detener mi coche, lo recibo mal. Me creo el dueño de la pelota y soy muy poco educado al hablar con él. Después de todo, la mayoría (y, por suerte, no digo todos) de los policías me llega a la punta de "la pistola de doble cañón", como diría Guillermo. Es que, es lamentable pero es así. No quedan muchos "efectivos" del cuerpo policial que no haya sido sucio.

En su libro "¿Cómo saber cuando un militar no es ni ha sido corrupto?", Bram Goldmanstair nos indica que en Lima, es fácil reconocer a un policía o militar limpio cuando, luego de varios años de servicio, tiene una casa humilde en algún distrito neolimeño de la periferia, o "al otro lado de la ciudad". Tendrá un solo carro en casa y no será nada ostentoso; tal vez un Nissan Sentra del 92 o hasta algún Toyota, igual de noventero. Probablemente comparta gastos de la casa con el hijo mayor, que ya está trabajando y ha luchado para poder estudiar una buena carrera en una universidad al estilo de San Marcos -solo que privada-, aunque lamentablemente gana muy poco en algún trabajo ubicado cerca al centro de la ciudad.

El caso es que llegó un momento en el que, para mi, la palabra policía (desde estudiante de academia hasta el más alto de los rangos) era sinónimo de suciedad, de lacra, de peste, de lo peor. Eran, para mí, como hormigas que debían ser removidas y reemplazadas por lo que yo llamo "buenos y nuevos policías".

En fin, esto pasó en Lima, hace poco, conmigo y mi nuevo chamaco que aún no tiene nombre. Me hicieron parar porque estuve hablando por teléfono mientras manejaba. Ni me multaron, ni arreglamos, ni le dí el nombre de nadie. Simplemente nos entendimos cuando lo traté mejor de lo normal.

Claro que las cosas serían distintas si el cuerpo policial fuera reemplazado por policías como la de la foto.

1 comentario:

Kari Moscol dijo...

a esas tombas las encuentras en tus fantasias sexuales jajajaja!!