jueves, 1 de mayo de 2008

El caraza; aquí no hay precios

Recuerdo no haber dormido la noche anterior. Honestamente, más que nervios del famoso primer día, lo que me había mantenido despierto todas esas horas era la preocupación de terminar esa presentación para mis asesores de Tesis.

Y bien, llegué temprano; tempranísimo. Esperé en el pasillo mientras veía llegar a una chica tras otra. Todas portaban un photocheck que yo inocentemente envidiaba durante los primeros minutos de ese nuevo trabajo. De cualquier modo, pensaba, me tendrían que dar uno en los próximos días (y me equivoqué por no pensar, mejor, en meses).

De pronto me di cuenta que el único hombre ahí era yo. ¡Pero claro! Acababan de inaugurar la extensión masculina dentro del programa de docencia sabatina. Sin darme cuenta, me había convertido en el primer varón en dictar clases en ese lugar los sábados o, al menos, el primero en más de veinte años.

Recién unos minutos antes que suene la campana pude notar las consecuencias de la falta de sueño; estaba un poco ido, con falta de reflejo, con una sensación que me hacía ver pasar los segundos de una manera más lenta de lo normal. Acá está tu lista provisional, me dijo Ginette, con una cara un poco reacia a la situación. Y es que desde el entrenamiento, ambos pensábamos desfavorablemente del otro. Con el tiempo, sin embargo, Ginette y yo nos convertiríamos en buenos amigos.

Tengo que admitir que esa primera clase, con adolescentes que ya se encontraban terminando el programa, fue un fracaso total. Todo me salió mal; los chicos probablemente me empezaron a odiar desde ese primer día y no dudo que alguno de ellos haya pensado en retirarse (creo que alguno lo hizo). Pero la preocupación de causar una buena impresión como profesor era mucho menor a la preocupación por la presentación que tendría horas más tarde en la universidad.

No obstante, aún tenía cuatro horas más para hacer las cosas bien; dos clases que aún no me conocían y donde podría corregir los errores de la primera. Y así fue; la siguiente clase estuvo mucho mejor, y la tercera fue un éxito total. Al menos eso he creído hasta hoy.

Durante los descansos conocí a otra chica que, con el tiempo, se ha convertido en mi compañera de colilla preferida. Claudia, junto a otras profesoras, subían a la azotea del instituto en casi todos los descansos y compartían cigarrillos y chismes de todo y de todos. Tú pareces un regular, fue lo primero que me dijo, mientras ella observaba y yo me daba cuenta, recién, que tenía la apariencia de un tipo serio, vistiendo terno, con la barba muy bien delineada. Caramba, quería poder decir que ese no era yo; que la formalidad en la ropa era porque luego de clases debía volar a la universidad para sustentar un trabajo.

Ese primer día metí la pata varias veces. Nunca había dictado clases; nunca había sido un profesorcito, ni había pensado en hacerlo. Todo fue coincidencial desde un inicio, pero estaba ahí parado, viéndome desde otra perspectiva como algunas personas afirman poder ver su propia operación mientras están inconscientes. Estaba ahí, parado, dictando clases y pensando por momentos, a modo de broma, que estaba estafando gente.

Ha pasado bastante tiempo desde esa primera vez. En todo este tiempo, he conocido gente muy buena, y del otro tipo también. Me divertí mucho, me reí, me preocupé y me enteré de muchas cosas, buenas y malas. Aprendí sobre mujeres cuando dejaron de respetar mi presencia y las girly talks eran comunes en el teachers room. Aprendí de niños, aprendí de adolescentes. Aprendí de Nicolás, de Andrea, de Piero y de Carla, así como de muchos otros alumnos que gracias a sus particularidades los recuerdo más que a otros. Aprendí de los padres con los que alguna vez hablé –y me di cuenta, por fin, de la importancia de la opinión del profesor para los papis-.

Finalmente, aprendí que no podía continuar más con lo de los Sábados. Que hay tiempo para todo y que, irónicamente, ya era hora de dejarlo. Enseñar a niños ha sido un reto con resultados muy gratificantes. Hoy lo dejé; me llevo un sin fin de recuerdos muy agradables, aunque recién me pregunto si alguna vez habré sido muy duro con los pequeños.

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