martes, 27 de mayo de 2008

Quiero ser ladrón de tu corazón

Desde que me acuerdo, cada vez que me reúno con algún miembro mayor de mi enorme familia símil-cercana, trato de obtener tanta información del pasado como sea posible. Ya sea sobre la familia en sí o sobre el lugar, las costumbres y demás.

Lo curioso es que siempre encuentro algo nuevo, alguna pizca de información de la que no estaba enterado y, realmente, me emociona conocer más sobre lo que los simios llamarían el tiempo antes del tiempo.

Gracias a esas largas conversaciones que siempre tengo con mis abuelas, con tíos abuelos y que, en algunas ocasiones he tenido con el tío de mi bisabuela, me he enterado de detalles grandiosos, positivos o negativos, dependiendo de cómo se miren (como aquella vez en la que descubrí que mi bisabuela había sido toda una pícara en sus años mozos).

En fin, saber sobre el pasado de tu familia es agradable; me pregunto cómo sería estar ahí, en esos días. Me imagino viajando en el tiempo hasta mil ochocientos ochenta y nueve y presenciar el cortejo entre mis tatarabuelos; ver el nacimiento de mi abuelo o estar presente la noche en la que mi bisabuelo raptó a su eventual esposa a caballo, al estilo que solo he leído en cuentos. Sin ir muy lejos, podría viajar unas pocas décadas atrás y ver a mis padres conocerse en esa fiesta a la que ambos asistieron por pura coincidencia.

Nunca conocí al padre de una de mis abuelas, aquel mulato enamorado de la enorme mujer blanca que no pertenecía a su mismo estrato social y que, con mucho esfuerzo, logró que ella se fijara en él. No pude resistirme a la idea de capturar una foto que encontré de él, mientras “Chochín”, mi abuela, me contaba más detalles sobre su vida.