No sé exactamente cuántos años tendría en ese entonces; lo que si recuerdo son las visitas a la casa de aquel amigo de Papá que, durante ese tiempo, se hicieron bastante seguidas. El señor Ayala (¿Hugo? Creo que si) era una persona normal, con una vida normal, con una familia normal y con una casa maravillosa.
Su casa no era enorme, ni futurista, ni con piscina. No, señor. Su casa era más que eso; mucho más. Para un niño de esa edad –edad que no recuerdo muy bien pero que, por seguro, era durante mi niñez-, la casa del señor Ayala era el paraíso: Toda la parte trasera era un contenedor enorme de helados D’onofrio (o sea, “Di-Onofrio” – hay que aprender a respetar los sustantivos propios-). Me refiero a una especie de nevera gigante donde veía muchos helados sueltos por todos lados.
Mi hermana y yo adorábamos ir a casa del señor Ayala pues, aunque suene a pura conveniencia, él nos agradaba junto al “plus” de sus helados (así como Patty nos agradaba junto al “plus” de sus chocolates sublimes, años antes). La mejor parte era cuando don Hugo nos invitaba a pasar al contenedor; la puerta se abría pesada y mi hermana y yo sonreíamos ante el cuarto gris lleno de color frente a nosotros. Tomen lo que gusten, chicos, nos decía.
Así, cada vez que pasábamos por la casa Ayala, era un día feliz (y a veces de noche). Escucho que ahora es distribuidor de la competencia. Me pregunto si me reconocería al verme.
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