jueves, 10 de mayo de 2007

La revancha del fontanero afortunado

La pizzería "Mario's" es uno de mis lugares favoritos; no hay otro lugar donde encuentre una pizza familiar tan barata y rica a la vez. Además, está este muchacho que me atiende tan bien que he caído en las redes de la buena atención al cliente. Joche dice, en forma de broma, que ese chico es mi novio porque es homosexual y él lo conoce. Yo sólo me río y le devuelvo la broma de la misma manera.

Para ir no es necesario subirse a un carro, aunque la flojera y la fidelidad me traicionan y muchas veces termino llevando a la ponderosa. De cualquier modo, cada vez que como una pizza de Mario's mi estómago y yo nos sentimos felices, aunque la pandilla enemiga de los triglicéridos amenaza con destruirme mientras reclutan nuevos miembros -lo que no saben es que mis aliados gimnacio y caminatas planean un contrataque-.

Pero volviendo al muchacho; ese señorito me agrada por su empeño en hacer(me) al público comensal de Mario's pasar un momento agradable mientras esper(o)an la orden. Te conversa, te pregunta cosas. No, no me coquetea porque lo he visto tratar a todos por igual y sin excepción. Aunque debo admitir que me intimidó un poco la primera vez que me atendió y empezó a preguntarme cosas sobre la ponderosa y a elogiarla de una manera un poco exagerada.

Aún no recuerdo su nombre, porque un día se lo pregunté pero ya quedó en el olvido. Lo que si me imagino cada vez que lo veo es cómo será su vida fuera de ese trabajo. Por lo que sé, sus days off son los miércoles ¿o serán los jueves?, tampoco lo recuerdo, también se lo pregunté.

Probablemente no le guste del todo ese trabajo y espera encontrar algo mejor, pero la calle está demasiado dura como para abandonar ese puesto, todavía. Él es muy delgado, realmente delgado; lo veo tan frágil que siento que que debe haber (de "ojalá y haya") alguien que lo proteja. Me imagino cómo todas las noches, luego del trabajo, se va hasta su casa en algún lugar muy distante al que, para llegar, es necesario tomar largos tramos en el bus y hasta caminar cuadras llenas de peligro. Pero aún cansado por el largo y pesado día -todos los días menos los miércoles ¿o serán los jueves?- llega a casa a ver cómo está su madre -su mami, como él la debe llamar- y se quedan conversando sobre el día de los dos mientras ven algo en el único televisor de su casa. Pero él no está triste, no. Él se siente contento y gratificado de hacer algo productivo con su vida y sabe, sospecha o, al menos, está dispuesto a sospechar, cada cierto tiempo, que está saliendo adelante y que algo mejor lo espera en un futuro no muy lejano.

No se rinde de la vida aunque si del día, y por eso se va a la cama luego de lavar las tazas que usó con su ya dormida madre para tomar un "tecito" mientras conversaban. Se pone un pijama improvizado y se acuesta pensando que mañana será otro día y como otro día hay que seguir haciendo las cosas bien.

¿Caspa? ah, ah, clinic.

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