Si no quieres soplarte toda esta entrada, sólo mira la foto del final.
Era una tarde comúnmente fría y sin muchos rayos de sol en la llamativa, culturalmente heterogénea y, por supuesto, fascinante ciudad de Londres. Por aquellos días, la embajada de Canadá en Inglaterra, ubicada en una de las calles que da para el centro Picadilly –Plaza que inspiró al Time Square de New York- presentaba una obra teatral llamada “CANADA in Britain. The war years 1939 – 1945”.
Eran como las cinco treinta, quizá seis de la tarde, a juzgar por el tono de las paredes y la casi desapercibida pero existente sombra que caracteriza el inicio del cambio entre la tarde y la tarde-noche. La temperatura, aparentemente, no era tan alta para ser verano pues, a pesar de estar vistiendo un -peruanamente llamado- polo, Pappo traía, también, un par de jeans (cuyo nombre real al español me suena absurdo; tejanos) y, por lo menos, una zapatilla roja con pasadores negros.
Una robusta señora de pelo corto y castaño vestía una camisa blanca de manga larga pero no tan larga, unos pantalones oscuros, algún tipo de canguro y una esclava que quizá era de oro. En la mano, llevaba un objeto plateado que fácilmente podría ser una cámara fotográfica digital, aunque no descartaría la posibilidad de que se haya tratado de su teléfono celular. De cualquier modo, la señora en mención caminaba en dirección opuesta a Picadilly y, probablemente, nunca se imaginó que aparecería descrita en un blog llamado “Las Melodías de Pappo Banton” (¿Cuáles son las posibilidades?).
En Londres, así como en Japón, los carros (“coches”, si lo dijera un Mexicano) se conducen con el timón a la derecha. Bueno eso ya lo sabes, de seguro; pero si alguien en ese momento no lo sabía, bastaba con mirar el tráfico. Un pequeño auto negro en el carril izquierdo de la calle, probablemente un mini de esos que son tan pintorescos hoy en día y que, en su mayoría –en Londres- son taxis, pasaba por la escena y contrastaba su color, su tamaño y su antigüedad con una larga y moderna limosina blanca (y si digo larga es porque esta era más larga de lo normal) que iba por el carril derecho. No podría decir, con certeza, la marca de la Limo, ya que ni siquiera sé qué marcas fabrican estos tipos de vehículos, ni me llaman la atención, ni tengo una.
Al otro lado de la calle, la Embajada Canadiense (si, esa misma de la obra teatral) se levantaba impetuosa con sus (por lo menos) cuatro columnas que, a mi parecer, tienen un estilo medio romano. Pero ¿qué se yo de arquitectura?, podría intentar defenderme en el tema con lo poco que recuerdo del curso de Liliana Checa, pero sería sólo charlatanear una vez más. Lo que si puedo decir es que la fachada frontal del edificio de la embajada estaba cercada por unas rejas negras cuya altura no pasaba de mi cuello, y que la bandera Canadiense –parecida a la peruana- sobresalía por algo más de un metro hacia la calle.
También al frente se encontraban, una al lado de la otra y hacia el lado izquierdo de la embajada, dos cabinas de teléfono público de esas, tan clásicas de Londres, que hemos visto en postales, películas, fotos, y otros. Hablamos de las cabinas telefónicas de un color rojo intenso, con un techo panzón que contrasta lo cuadrado de su cuerpo y que llevan, en los cuatro costados, un pequeño sello de la corona real (supongo que así se le dice), justo encima de la palabra “Telephone”; esta última en letras negras y delgadas sobre un fondo blanco encerrado en una silueta con stroke rojo intenso en forma de cuadrado y con alto relieve.
Ambas vacías o, aparentemente vacías, pues la señora robusta tapaba, con su silueta y la perspectiva generada por la distancia, gran parte de ambas cabinas telefónicas. De “haber habido” (¿presente o pasado perfecto?) alguien en esas cabinas, seguramente se habría tratado de un niño, o de un enano, aunque personalmente creo que las cabinas estaban vacías, así de simple. Además la señora no era tan gorda.
Cómo no hay dos sin tres, ahí estaba la tercera cabina, justo en medio de la escena y hacia este lado de la calle. Tenía la puerta, que describiré en el siguiente párrafo, casi totalmente abierta y sostenida por el brazo izquierdo de Pappo. Volveremos a él en un instante.
Las puertas de las cabinas telefónicas tenían un marco grueso y rojo (intenso, claro, como el resto de la estructura), y como cuadrados de vidrio que hacían, por lo menos, un setenta por ciento de toda la puerta. Además, tenía una pequeña manija plateada al lado derecho, acompañada por un sticker que decía pull.
Mientras el brazo izquierdo de Pappo sostenía la puerta abierta de la cabina, su otro brazo colgaba flojo sin tener ninguna función específica en ese momento. A pesar de los lentes oscuros, se notaba que don Texaco miraba fijamente algo en dirección hacia el centro Picadilly y, con certeza, esta vez, puedo decir que no era el centro lo que observaba. Coco pensaría (y pensó) que, en realidad, Pappo estaba espiando a Patrick Newman a unas treinta yardas de distancia, como quien hace el juego de espía sin razón aparente. Lo cierto es que, de acuerdo a la vista, hasta parecería que el buen Pappo se estaba ocultando de algo (¿tras los vidrios transparentes?), o de alguien, pero no perderemos el tiempo hablando de lo que sea que no podamos notar en la escena.
Hablemos en cambio de ese look tan Pappo. El pelo encrespado (no son rizos, no te alucines, Bantón) me recuerda (ready? Aquí vamos) al novio de la hija del dueño de la tienda de MacDowell’s en la película “Un principe en Nueva York”, ese al que Eddy Murphi le quita el puesto de adorado por el señor MacDowell.
Seguiría hablando del look de Pappo pero ya estoy por cumplir mi objetivo de escribir mil veintiseis palabras, para demostrar, solo por empirista y caprichoso, que una imagen vale más que mil palabras. Con ustedes, la foto.
Era una tarde comúnmente fría y sin muchos rayos de sol en la llamativa, culturalmente heterogénea y, por supuesto, fascinante ciudad de Londres. Por aquellos días, la embajada de Canadá en Inglaterra, ubicada en una de las calles que da para el centro Picadilly –Plaza que inspiró al Time Square de New York- presentaba una obra teatral llamada “CANADA in Britain. The war years 1939 – 1945”.
Eran como las cinco treinta, quizá seis de la tarde, a juzgar por el tono de las paredes y la casi desapercibida pero existente sombra que caracteriza el inicio del cambio entre la tarde y la tarde-noche. La temperatura, aparentemente, no era tan alta para ser verano pues, a pesar de estar vistiendo un -peruanamente llamado- polo, Pappo traía, también, un par de jeans (cuyo nombre real al español me suena absurdo; tejanos) y, por lo menos, una zapatilla roja con pasadores negros.
Una robusta señora de pelo corto y castaño vestía una camisa blanca de manga larga pero no tan larga, unos pantalones oscuros, algún tipo de canguro y una esclava que quizá era de oro. En la mano, llevaba un objeto plateado que fácilmente podría ser una cámara fotográfica digital, aunque no descartaría la posibilidad de que se haya tratado de su teléfono celular. De cualquier modo, la señora en mención caminaba en dirección opuesta a Picadilly y, probablemente, nunca se imaginó que aparecería descrita en un blog llamado “Las Melodías de Pappo Banton” (¿Cuáles son las posibilidades?).
En Londres, así como en Japón, los carros (“coches”, si lo dijera un Mexicano) se conducen con el timón a la derecha. Bueno eso ya lo sabes, de seguro; pero si alguien en ese momento no lo sabía, bastaba con mirar el tráfico. Un pequeño auto negro en el carril izquierdo de la calle, probablemente un mini de esos que son tan pintorescos hoy en día y que, en su mayoría –en Londres- son taxis, pasaba por la escena y contrastaba su color, su tamaño y su antigüedad con una larga y moderna limosina blanca (y si digo larga es porque esta era más larga de lo normal) que iba por el carril derecho. No podría decir, con certeza, la marca de la Limo, ya que ni siquiera sé qué marcas fabrican estos tipos de vehículos, ni me llaman la atención, ni tengo una.
Al otro lado de la calle, la Embajada Canadiense (si, esa misma de la obra teatral) se levantaba impetuosa con sus (por lo menos) cuatro columnas que, a mi parecer, tienen un estilo medio romano. Pero ¿qué se yo de arquitectura?, podría intentar defenderme en el tema con lo poco que recuerdo del curso de Liliana Checa, pero sería sólo charlatanear una vez más. Lo que si puedo decir es que la fachada frontal del edificio de la embajada estaba cercada por unas rejas negras cuya altura no pasaba de mi cuello, y que la bandera Canadiense –parecida a la peruana- sobresalía por algo más de un metro hacia la calle.
También al frente se encontraban, una al lado de la otra y hacia el lado izquierdo de la embajada, dos cabinas de teléfono público de esas, tan clásicas de Londres, que hemos visto en postales, películas, fotos, y otros. Hablamos de las cabinas telefónicas de un color rojo intenso, con un techo panzón que contrasta lo cuadrado de su cuerpo y que llevan, en los cuatro costados, un pequeño sello de la corona real (supongo que así se le dice), justo encima de la palabra “Telephone”; esta última en letras negras y delgadas sobre un fondo blanco encerrado en una silueta con stroke rojo intenso en forma de cuadrado y con alto relieve.
Ambas vacías o, aparentemente vacías, pues la señora robusta tapaba, con su silueta y la perspectiva generada por la distancia, gran parte de ambas cabinas telefónicas. De “haber habido” (¿presente o pasado perfecto?) alguien en esas cabinas, seguramente se habría tratado de un niño, o de un enano, aunque personalmente creo que las cabinas estaban vacías, así de simple. Además la señora no era tan gorda.
Cómo no hay dos sin tres, ahí estaba la tercera cabina, justo en medio de la escena y hacia este lado de la calle. Tenía la puerta, que describiré en el siguiente párrafo, casi totalmente abierta y sostenida por el brazo izquierdo de Pappo. Volveremos a él en un instante.
Las puertas de las cabinas telefónicas tenían un marco grueso y rojo (intenso, claro, como el resto de la estructura), y como cuadrados de vidrio que hacían, por lo menos, un setenta por ciento de toda la puerta. Además, tenía una pequeña manija plateada al lado derecho, acompañada por un sticker que decía pull.
Mientras el brazo izquierdo de Pappo sostenía la puerta abierta de la cabina, su otro brazo colgaba flojo sin tener ninguna función específica en ese momento. A pesar de los lentes oscuros, se notaba que don Texaco miraba fijamente algo en dirección hacia el centro Picadilly y, con certeza, esta vez, puedo decir que no era el centro lo que observaba. Coco pensaría (y pensó) que, en realidad, Pappo estaba espiando a Patrick Newman a unas treinta yardas de distancia, como quien hace el juego de espía sin razón aparente. Lo cierto es que, de acuerdo a la vista, hasta parecería que el buen Pappo se estaba ocultando de algo (¿tras los vidrios transparentes?), o de alguien, pero no perderemos el tiempo hablando de lo que sea que no podamos notar en la escena.
Hablemos en cambio de ese look tan Pappo. El pelo encrespado (no son rizos, no te alucines, Bantón) me recuerda (ready? Aquí vamos) al novio de la hija del dueño de la tienda de MacDowell’s en la película “Un principe en Nueva York”, ese al que Eddy Murphi le quita el puesto de adorado por el señor MacDowell.
Seguiría hablando del look de Pappo pero ya estoy por cumplir mi objetivo de escribir mil veintiseis palabras, para demostrar, solo por empirista y caprichoso, que una imagen vale más que mil palabras. Con ustedes, la foto.
3 comentarios:
Orden Jónico: segundo estilo, en sentido cronológico, de los órdenes arquitectónicos. El elemento mas representativo es el capitel, dotado de dos volutas (o espirales) que lo adornan. Lindas no? jejeje.....
Cherry seguramente si le prestó atención al curso de Liliana Checa. Gracias por el dato.
Si una imagen vale más que 1000 palabras, un beso es la biblioteca de Babel... y el contacto físico entre vos y yo, es el Aleph...
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