No me gusta casi nada el reggaeton; canto algunas partes de canciones para reirme un rato y, personalmente, veo la bailanza de este ritmo como una oportunidad para el punteo y el maleo. Allá algunos, que hasta disfrutan del mundo reggaetonero y se saben las historias faranduleras del medio, además del por qué de las letras tan incoherentes, como el W. aquel que vive por mi casa. Sin embargo, vivo esperando que, al igual que el Axe y la Batucada, el reggaeton llegue a su fin, aunque lo veo un poco lejos todavía.
La cosa es que hoy, mientras sonaba una canción de reggaeton en la radio y la L200 de mi padre hacía carreritas contra un poderoso Cherokee de ocho cilindros en plena panamericana sur, noté que había una invasión junto a la entrada de la playa La Honda (¿O es la Onda?). Una invasión pues, cuadrados de esteras que le pertenece a gente que se ha asentado en medio de la arena y que, con mucha suerte como tiempo, termina siendo hasta un distrito (sino, recordemos que el distrito de Villa el Salvador empezó siendo una invasión en Pamplona hace ya casi cuarenta años -algo se aprende en ese curso de Sociedad y Estado-).
Lo curioso no era notar esa invasión, mas notar esa invasión luego de haber notado otra invasión en la entrada de la playa Asia del Mar (aunque ese último caso si me huele a arreglo porque, de otro modo, los feroces comuneros de sarapampa ya los habrían sacado con el método bruto). De cualquier modo, algo me dice que para la próxima temporada de verano veré nuevas invasiones junto a otras playas como producto del crecimiento insostenible de Lima (y no necesariamente causado por limeños; usen condón pues papás, que más hijos ya no es sinónimo de más mano de obra). Ahora, ya que como dije que acá no hablamos de política (ni religión), tampoco quiero sugerir la coincidencia de que la mayoría de invasiones -en Lima- han sucedido en los dos gobiernos de alguien, ni que el primer mandato de ese alguien fue a mediados de los ochentas, ni que hoy me muero de vergüenza al contarle a amigos extranjeros que ese alguien gobierna nuevamente (don't push me, Stu).
Mi playa (cómo nos gusta referirnos así a quienes tenemos un lugar donde veranear) estuvo blanca hoy, sinónimo de que el mar está "picado"; y de qué forma, que la orilla avanzó hasta las terrazas de las casas del primer nivel de la Riviera. En la playa vecina, Renato aludía que unas olas de cuatro o cinco metros se levantaron durante la tarde del sábado -"Broder no te miento ¿manyas? unos oloooones de cuatro metros mínimo"-. Un poco más pegado a Lima, en Punta Hermosa, si no me equivoco, un hombre y su hijo fueron sacados del mar tras entrar con bandera roja; lamentablemente, el pequeño pereció en el rescate; que bad.
En fin, estos últimos días, en lo que respecta a mi y a los míos, no estuvieron tan mal para cerrar la temporada; hubo su pichanguita en la cancha de gras sintético del boulevard (necesito hacer más deporte o en la siguiente se nos va el Pappo), chapuzón en la Riviera (ese mar me la tiene jurada desde la insolencia que Walter demostró a inicios de verano), parrillada nocturna (lástima que no encontré las hamburguesas parrilleras de wong, aunque pude improvisar juntando dos tiernitas en un solo pan), y hasta me hice unas rulas en las guitarras junto a Edgar; muy ameno, muy ameno.
Es hora de cambiar de equipo Nextel porque mi batería está muriendo cada cuatro horas (Leslie, Stéfany y Chino; disculpen las cortadas).
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