Qué emoción; habían pasado mas o menos tres años desde la última vez que lo hice en público. Iván, Obaily y Jorge -sobre todo Jorge- contaban conmigo desde unos días atrás, cuando me invitaron a acompañarlos. “Lo que pasa es que Hans no va a poder y por ahí nos dijeron que tú la hacías”. Encantado, acepté pensando que no se iría a concretar, especialmente por las discrepancias de horario discutidas entre Orlando y Jorge. Pero de igual modo, la idea me entusiasmó, con algo de flojera, pero me entusiasmó.
De pronto era sábado en la noche y ahí estaba yo, sentado entre tantos recuerdos que fueron parte de mi vida por casi diez años; sentado en medio de un ambiente pintoresco y, a la vez, yuxtapuesto con la temática de esa noche. En fin, “cerrarán las puertas”, anunció Iván, con una sonrisa de seguridad y emoción discreta. Yo seguía en medio de los recuerdos y de rato en rato me iba a dar una vuelta por mi azotea, por mi colegio, por un parque y, por momentos, por mi cuarto.
De pronto escuché: “Edson, ya!, los palitos”, y lo primero que pensé fue “Diablos ¿y si la cago? Puta madre”. Ni modo, me limité a hacer mi tarea: los palitos. Solo Orlando y yo, y los palitos. De pronto éramos Iván, Orlando y Yo, y los palitos. Hasta que la mirada de Jorge me anunciaba que dejara los palitos de una vez por todas y empezara con los golpes. Ya no éramos tres ni cuatro, ahora éramos cinco, contando al “Charles”.
El resto de la noche fue demasiado agradable, desestresante y, en cierto modo, excitante. Qué emoción; habían pasado mas o menos tres años desde la última vez que tocaba en público y ahí estaba yo, en medio de la batería, en medio del concierto. En medio de un momento muy ameno, muy musical.
Luego aprendí el nombre; la canción no se llamaba “los palitos”, sino “la grange”.
De pronto era sábado en la noche y ahí estaba yo, sentado entre tantos recuerdos que fueron parte de mi vida por casi diez años; sentado en medio de un ambiente pintoresco y, a la vez, yuxtapuesto con la temática de esa noche. En fin, “cerrarán las puertas”, anunció Iván, con una sonrisa de seguridad y emoción discreta. Yo seguía en medio de los recuerdos y de rato en rato me iba a dar una vuelta por mi azotea, por mi colegio, por un parque y, por momentos, por mi cuarto.
De pronto escuché: “Edson, ya!, los palitos”, y lo primero que pensé fue “Diablos ¿y si la cago? Puta madre”. Ni modo, me limité a hacer mi tarea: los palitos. Solo Orlando y yo, y los palitos. De pronto éramos Iván, Orlando y Yo, y los palitos. Hasta que la mirada de Jorge me anunciaba que dejara los palitos de una vez por todas y empezara con los golpes. Ya no éramos tres ni cuatro, ahora éramos cinco, contando al “Charles”.
El resto de la noche fue demasiado agradable, desestresante y, en cierto modo, excitante. Qué emoción; habían pasado mas o menos tres años desde la última vez que tocaba en público y ahí estaba yo, en medio de la batería, en medio del concierto. En medio de un momento muy ameno, muy musical.
Luego aprendí el nombre; la canción no se llamaba “los palitos”, sino “la grange”.

2 comentarios:
oh pappo corazon de sanguchon, pappo batero y pappero, q bueno q hayas vuelto a las tocadas, sonabas bien. facil avisas para el prox reencuentro arena hash hash hash...
Palitos. Bien bestia para eso, aunque a mí la guitarra se me desafina. Igual, que sigan viviendo los topos carajo.
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