viernes, 29 de junio de 2007

El mototaxista: un potencial asesino en serie

Cuando eres niño, todos son patas en el barrio siempre y cuando haya un parque alrededor (al menos hay más posibilidades). Recuerdo que cuando recién llegué a este distrito y procedente del otro extremo de la ciudad (como decimos los pinariegos de antaño: “desde Ancón, por el club del Yate”), no se me hizo nada difícil hacer amigos con gente que ahora ni siquiera saludo cuando me la cruzo saliendo de casa.

Pausa para ir al grifo a llenarle el tanque a la Ponderosa antes de olvidarme –note to self: mierda, que cara que sigue estando la gasolina-.

En fin, hablaba de los amigos “del barrio” por la buena historia que leí en las crónicas de pollada. Me acordé de todos los amigos que dejé de ver cuando me mudé para acá y, de paso, de cómo veía (yo) las cosas por aquellos días, sobre todo porque mañana empiezo el gran reto de dictar clases a unos infantes de no más de ocho años ¿qué será? nunca había tenido un grupo tan joven y por ahí me recomendaron “ponerme a su altura”. Yo estaba feliz con los lagartos de quince y dieciséis; pero tarde o temprano tenían que mandarme a los pobres angelitos, y cantaremos y jugaremos, y luciré como un retrasado mental por momentos, y coño.

En fin, tendré que visitar a mis primos ñaños por estos días, para comprender mejor la edad. Ya otro día sigo hablando de los patas del barrio.



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