Ese mal rato que tuve al teléfono me hizo recordar:
Paraguay terminaba de ganarle a Eslovaquia por dos tantos a cero en medio de la copa del mundo de South Africa y yo compartía el gozo latinoamericano de la victoria sobre la cama más cómoda en la que he dormido alguna vez. No era para menos; esa habitación del Double Tree junto a “la Marina” (con pronunciación super gringa) lo tenía todo, incluyendo el delicioso aire acondicionado que contrarrestaba el sofocante calor de verano en Miami. Mi nextel reventaba de alertas porque había dejado Lima en medio de los preparativos para la mudanza de la agencia y nadie, a excepción de Peluca, sabía en dónde estaba ni cuándo regresaría. Que se jodan, pensé. Yo había tenido la iniciativa de avanzar con todo lo relacionado al cambio de inmueble varias semanas atrás y había seteado todo en cuanto me correspondía como para tener que contestar las llamadas en medio de mis vacaciones. Era tiempo de relajo absoluto. Un bonito viaje en crucero me esperaba al día siguiente y lo último que necesitaba era pensar en temas de trabajo.
Pero como no todo puede ser perfecto, luego del siguiente partido, mis ganas de fumar un par de cigarrillos mientras se acababa la tarde me llevaron a dejar la habitación y a dar una vuelta por el complejo del hotel para encontrar una zona de fumadores (y qué difícil se ha vuelto, con los años, encontrar de esas en la nueva Cuba). Un joven amable me dio instrucciones de hacia dónde dirigirme cuando se percató que pasaba por el mismo lugar una y otra vez. Así, llegué a la famosa Marina; una especie de club de yates y veleros que competían en tamaño, forma y acabados unos con otros. Como el hotel tenía acceso directo al lugar no cuestioné el ingreso y empecé a caminar por uno de los muelles con mi cigarrillo en mano, tratando de soportar el intenso calor de las cinco de la tarde mientras hacía unas llamadas a Lima para no sentirme tan solo.
Dos cigarrillos después y con el celular sin batería me percaté que las embarcaciones no tenían ningún tipo de seguridad para abordarlas por lo que, sin muchos testigos a la vista, decidí subir a una y sentirme, por unos minutos, dueño de esa flamante máquina. Qué rico, pensaba para mí, mientras me acomodaba en uno de los comodísimos muebles que, además, adornaban la cubierta de mi nuevo yate (interioricé la idea de “mío” enseguida).
Sin darme cuenta y debido al trajín de moverme entre Lima y Miami esa misma mañana, me quedé dormido bajo la sombra que hacía el segundo nivel de la nave y volví a despertar luego de una hora, cuando un oficial de seguridad me movía el hombro con una vara, pidiéndome explicaciones junto a quien, asumo, era el verdadero dueño de la embarcación. Enseguida me repuse y argumenté sufrir de sonambulismo. Pedí las disculpas respectivas y di un nombre falso. Después de todo, no llevaba documentos conmigo y temía meterme en problemas –una vez más en mi vida- con los oficiales de verdad. Para mi suerte, el dueño, un anciano ricachón de buena onda, entendió la situación y decidió no dilatar el asunto, permitiendo que me marche luego de prometerle no volver a “traspasar”. Qué día tan loco, pensé, mientras volvía a mi habitación por una coca cola heladita, un poco de tv y esa cama tan cómoda.
Por la noche, luego de una siesta reponedora y –esta vez- sin alteraciones, decidí darme una vuelta por un lugar que me gusta frecuentar cuando ando de paso por la zona; un pequeño club con buena música hip hop y latina llamado Mynt, y cuyo mayor atributo son los precios razonables en sus distintos tipos de cerveza. Por supuesto, el único detalle pendiente era conseguir un auto, ya que el lugar estaba demasiado lejos como para ir caminando o en taxi. Y aquí empieza la historia.
Paraguay terminaba de ganarle a Eslovaquia por dos tantos a cero en medio de la copa del mundo de South Africa y yo compartía el gozo latinoamericano de la victoria sobre la cama más cómoda en la que he dormido alguna vez. No era para menos; esa habitación del Double Tree junto a “la Marina” (con pronunciación super gringa) lo tenía todo, incluyendo el delicioso aire acondicionado que contrarrestaba el sofocante calor de verano en Miami. Mi nextel reventaba de alertas porque había dejado Lima en medio de los preparativos para la mudanza de la agencia y nadie, a excepción de Peluca, sabía en dónde estaba ni cuándo regresaría. Que se jodan, pensé. Yo había tenido la iniciativa de avanzar con todo lo relacionado al cambio de inmueble varias semanas atrás y había seteado todo en cuanto me correspondía como para tener que contestar las llamadas en medio de mis vacaciones. Era tiempo de relajo absoluto. Un bonito viaje en crucero me esperaba al día siguiente y lo último que necesitaba era pensar en temas de trabajo.
Pero como no todo puede ser perfecto, luego del siguiente partido, mis ganas de fumar un par de cigarrillos mientras se acababa la tarde me llevaron a dejar la habitación y a dar una vuelta por el complejo del hotel para encontrar una zona de fumadores (y qué difícil se ha vuelto, con los años, encontrar de esas en la nueva Cuba). Un joven amable me dio instrucciones de hacia dónde dirigirme cuando se percató que pasaba por el mismo lugar una y otra vez. Así, llegué a la famosa Marina; una especie de club de yates y veleros que competían en tamaño, forma y acabados unos con otros. Como el hotel tenía acceso directo al lugar no cuestioné el ingreso y empecé a caminar por uno de los muelles con mi cigarrillo en mano, tratando de soportar el intenso calor de las cinco de la tarde mientras hacía unas llamadas a Lima para no sentirme tan solo.
Dos cigarrillos después y con el celular sin batería me percaté que las embarcaciones no tenían ningún tipo de seguridad para abordarlas por lo que, sin muchos testigos a la vista, decidí subir a una y sentirme, por unos minutos, dueño de esa flamante máquina. Qué rico, pensaba para mí, mientras me acomodaba en uno de los comodísimos muebles que, además, adornaban la cubierta de mi nuevo yate (interioricé la idea de “mío” enseguida).
Sin darme cuenta y debido al trajín de moverme entre Lima y Miami esa misma mañana, me quedé dormido bajo la sombra que hacía el segundo nivel de la nave y volví a despertar luego de una hora, cuando un oficial de seguridad me movía el hombro con una vara, pidiéndome explicaciones junto a quien, asumo, era el verdadero dueño de la embarcación. Enseguida me repuse y argumenté sufrir de sonambulismo. Pedí las disculpas respectivas y di un nombre falso. Después de todo, no llevaba documentos conmigo y temía meterme en problemas –una vez más en mi vida- con los oficiales de verdad. Para mi suerte, el dueño, un anciano ricachón de buena onda, entendió la situación y decidió no dilatar el asunto, permitiendo que me marche luego de prometerle no volver a “traspasar”. Qué día tan loco, pensé, mientras volvía a mi habitación por una coca cola heladita, un poco de tv y esa cama tan cómoda.
Por la noche, luego de una siesta reponedora y –esta vez- sin alteraciones, decidí darme una vuelta por un lugar que me gusta frecuentar cuando ando de paso por la zona; un pequeño club con buena música hip hop y latina llamado Mynt, y cuyo mayor atributo son los precios razonables en sus distintos tipos de cerveza. Por supuesto, el único detalle pendiente era conseguir un auto, ya que el lugar estaba demasiado lejos como para ir caminando o en taxi. Y aquí empieza la historia.
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