¿Que si a las mujeres nos importa el tamaño? Claro, contestó Mariella. La que te diga que no, pues te está mintiendo, solo que nos avergüenza un poco admitirlo ya que no es propio de una dama decente pensar en eso. Entonces por la curiosidad, le seguí preguntando más detalles a la chica más sincera del momento.
- ¿Y cómo sabes cuando un hombre la tiene, como dices tú, gruesa, si recién lo conoces?
- Muy fácil; se nota el bulto a través del pantalón. Aunque a veces a simple vista no se nota.
- Pero de hecho tienes que observar disimuladamente ¿verdad?
- Obvio pues, pero las mujeres somos maestras en observar disimuladamente. Es como cuando algunas chicas dicen que los hombres son unos cerdos por andar mirando mujeres en la calle. Nosotras también lo hacemos; obvio que lo hacemos, pero somos bastante disimuladas para el ojo del varón.
- Entiendo. Y dime ¿crees que el famoso tamaño del que me hablas va de acuerdo a la personalidad de cada hombre?
-Pero por supuesto; digamos que les ayuda mucho porque se sienten con más poder, como que más seguros.
- ¿Y podrías reconocer el tema si se tratara de un extraño?
- Yo creo que si; usualmente andan en autos bonitos y se visten bien.
- En eso no estoy de acuerdo.
- ¿cómo que no? Si es casi lógico
- Bueno seguramente en el común denominador, pero no en todos. No puedes generalizar.
- (Risas de mariella) lo dices solo porque tú andas en un carro bonito y te vistes bien. ¿Qué pasa, Pappo? No me digas que te avergüenza decir que tú también la tienes gruesa.
- Puedo asegurarte que no
Enseguida llevé las manos al pantalón para demostrarle a Mariella que, en efecto, me gusta el look de mi carro y vestirme bien; pero que conmigo se equivocaba. Así, la saqué, se la mostré y le dije: ¿acaso te parece gruesa? Ella la tomó con ambas manos y dijo: En realidad no tanto, pero si que pesa, eh. Ambos reímos mientras yo la guardaba de nuevo en el pantalón. Las noche nos dio y ella tuvo que regresar a sus labores del día.
Al quedarme solo me puse a pensar en todo ese asunto del que habíamos hablado y, para corroborar la conversación que acababa de tener, volví a sacarla de mi pantalón. Después de todo, Mariella tenía razón en una cosa; mi billetera no se veía tan gruesa aunque pesaba y bastante, pero por las moneditas que llevaba dentro.
- ¿Y cómo sabes cuando un hombre la tiene, como dices tú, gruesa, si recién lo conoces?
- Muy fácil; se nota el bulto a través del pantalón. Aunque a veces a simple vista no se nota.
- Pero de hecho tienes que observar disimuladamente ¿verdad?
- Obvio pues, pero las mujeres somos maestras en observar disimuladamente. Es como cuando algunas chicas dicen que los hombres son unos cerdos por andar mirando mujeres en la calle. Nosotras también lo hacemos; obvio que lo hacemos, pero somos bastante disimuladas para el ojo del varón.
- Entiendo. Y dime ¿crees que el famoso tamaño del que me hablas va de acuerdo a la personalidad de cada hombre?
-Pero por supuesto; digamos que les ayuda mucho porque se sienten con más poder, como que más seguros.
- ¿Y podrías reconocer el tema si se tratara de un extraño?
- Yo creo que si; usualmente andan en autos bonitos y se visten bien.
- En eso no estoy de acuerdo.
- ¿cómo que no? Si es casi lógico
- Bueno seguramente en el común denominador, pero no en todos. No puedes generalizar.
- (Risas de mariella) lo dices solo porque tú andas en un carro bonito y te vistes bien. ¿Qué pasa, Pappo? No me digas que te avergüenza decir que tú también la tienes gruesa.
- Puedo asegurarte que no
Enseguida llevé las manos al pantalón para demostrarle a Mariella que, en efecto, me gusta el look de mi carro y vestirme bien; pero que conmigo se equivocaba. Así, la saqué, se la mostré y le dije: ¿acaso te parece gruesa? Ella la tomó con ambas manos y dijo: En realidad no tanto, pero si que pesa, eh. Ambos reímos mientras yo la guardaba de nuevo en el pantalón. Las noche nos dio y ella tuvo que regresar a sus labores del día.
Al quedarme solo me puse a pensar en todo ese asunto del que habíamos hablado y, para corroborar la conversación que acababa de tener, volví a sacarla de mi pantalón. Después de todo, Mariella tenía razón en una cosa; mi billetera no se veía tan gruesa aunque pesaba y bastante, pero por las moneditas que llevaba dentro.
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