jueves, 17 de marzo de 2011

El teléfono malogrado

El último día en Londres algo alborotaba las calles aledañas al hotel donde me hospedaba. Algunos de los chicos de la saga Harry Potter se encontraban firmando autógrafos en la vía pública y sus fanáticos y demás habían hecho un gran tumulto en torno a ellos. Como había decidido no salir a pasear esa mañana, estaba aprovechando el descanso para revisar mis correos y buscar información sobre qué hacer esa última noche en la ciudad con Carla y Evelyn.

La bulla de afuera fue manejable durante unos minutos. Sin embargo, poco después el alboroto se hizo aún mayor cuando la gente en la calle gritaba y anunciaba a todo pulmón la aparición de un tal Daniel. Enseguida asumí que se trataba del actor principal de esas películas (que, en mi mente, respondía al nombre de Harry Potter).

Movido por la curiosidad, dejé el social room y su olor a marihuana junto a mi cuenta abierta de mensajería instantánea en la computadora para fisgonear el asunto. Después de todo, de vuelta en Lima, mi chica se desvivía por esa gente y pensé que, con un poco de suerte, le iba a conseguir un autógrafo del “tal” Daniel.

Logré hacerme paso entre la multitud –y qué multitud- para llegar a un punto inaccesible por la cantidad de jóvenes, en su mayoría muchachitas, que se habían apretado alrededor de los tres actores principales en un episodio que, a mi parecer, resultaba físicamente imposible. Diablos, que era peor que los primeros metros del concierto de los salserines en la feria del hogar. Frustrado y con mucho calor di la media vuelta para regresar, pero me encontré inmerso en un mar de gente que cada vez se aglomeraba más hacia la zona en donde estaba. Resignado, me quedé parado tratando de mantener la calma para no entrar en pánico ya que, la cantidad de personas alrededor y mi baja estatura me obligaban a respirar con un poco más de esfuerzo. Entre gritos, fotos, llantos y calor tuve que esperar más de una hora hasta que los famosos dieran fin a su presentación pública y el lugar empezara a despejarse.

Ahora estaba molesto por el mal momento que me habían hecho pasar esos muchachos. Pude abrirme paso, al fin, y caminar un par de bloques lejos de la escena hasta encontrar un puesto de kebab. Básicamente, eso era lo único que me alimentaba a un precio razonable en una ciudad, a mi parecer, bastante cara.

Olvidando la mala sangre anterior empezaba a sentirme mejor mientras terminaba de comer mi merienda del día, cuando en la esquina vi aparecer a un equipo de producción en una especie de recorrido incognito. Al parecer, a los chicos Potter les había dado hambre luego de tanto ejercicio firmando autógrafos y los habían llevado a un restaurante cercano para saciar sus caprichos de divos. En instantes saqué mi cámara y empecé a gritar “¡Harry Potter!” repetidas veces. Pero los muy presumidos decidieron ignorar a este not-a-fan mientras apresuraban el paso para entrar al restaurante.

Desde niño he tenido problemas de comportamiento cada vez que me he sentido ignorado por mis interlocutores. He roto adornos, cortado sábanas, arruinado obsequios sorpresa y demás travesurillas “en respuesta a no recibir respuesta”. Así de simple. Y no porque los señoritos Potter sean big shots de la industria del cine tenían el derecho a ignorarme. Pensé, entonces, que si no escuchaban mis llamados, tampoco se dignarían a escuchar mis quejas, por lo que llevando mis manos a la boca para canalizar el sonido de mis palabras no reparé en gritarles “¡ustedes apestan!”. Vaya, que esta vez sí logré llamar su atención por unos segundos. Y no solo la de ellos sino también la de sus guardaespaldas. Nos quedamos mirando por un momento y mi sentido del peligro me llevó a abandonar el lugar corriendo hasta llegar de vuelta a mi hotel, donde recién me di cuenta que había olvidado mi cajetilla de cigarrillos casi llena –la más cara que he pagado en mi vida- en el puesto de Kebab.

1 comentario:

Cherry dijo...

Eres un mentiroso!!!!!!!!!!! Desde ese año vivo creyendo en tus mentiras! HUM!!!!!