jueves, 14 de octubre de 2010

Volvió el Festihuacho

Entiendo que “hablar bien” no es una frase que se pueda desmenuzar de acuerdo a las técnicas que llevé en el segundo curso de Lenguaje y Producción con Alina (o con Maribí, creo que esa fue la bica). Es muy simple: Yo hago observaciones sobre cómo hablan los demás, mientras que los demás hacen observaciones sobre cómo hablamos “los míos”. Porque a mí me parece que en algunas ciudades se habla malísimo el castellano. Cosas como no pronunciar las últimas vocales en ciertas palabras plurales me desesperan; chiquitits, cochinits y vasits van de la mano con el otro punto que me enerva de cuando en cuando y que no es, sino, el uso excesivo de diminutivos. No entiendo por qué nadie te pide prestado el baño sino “el bañito” (y en plurar, los bañits, claro). No entiendo por qué nadie te pide esperar un rato sino “un ratito”. Así, la lista sería interminable junto a los amiguitos, el vasito con agua, unas cervecitas y tu flaquita. Como si eso fuera poco, la doble posesión termina de alterarme cuando dejo “mi llave mía” en “mi trabajo mío” (por supuesto, esto es más frecuente en preguntas como “¿pero quién tiene tu gaseosa tuya?”.

¿Tenemos más ejemplos del mal castellano que me molesta y del cual me quejo como buen fresco al cometer muchísimos errores al hablar myself? Pero claro, está el famoso uso de frases que, por familiares que suenen, realmente no tienen sentido; acá entra la ganadora “me supongo” y es seguida muy de cerca por “no hay nadies” y “¿a cómo está?”.

Pero ¿qué hay de mi? Como gran conocedor y crítico hago todas esas observaciones cuando tengo dos problemas al hablar y para hablar, respectivamente. Primero está el mal común de varios (y no todos, comprobé) limeños que no sabemos diferenciar la letra S en demasiadas palabras. Una lista referencial y simbólica está conformada por Cujco, Mojca, Pijco (y su derivado, un “pijco sagüer”) y ajco. Si, limeño mal hablante como yo; así pronuncias esas palabras. Y ni qué decir de la pérdida de identidad de las consonantes en algunas palabras que uso (que usamos), que hacen que no exista la verdad sino la verdá, la ciudad de Tanna y no la ciudad de Tacna o, en casos opuestos, que la lealtad sea lealtat (¿algo exquisito?).

Segundo, tengo un problema de pronunciación, mientras sigo pensando que todos mis oyentes son lentos, y es que demoro muy poco en decir frases como “¿en qué quedó lo último que vimos la semana pasada”? que, tratando de escribir cómo sueno al decirlo sería algo como “nquéquedó l’últimm k’imos lasam pasá”; coño, que hablo demasiado mal y seguramente escribo como hablo.

Y bueno, podría ser peor. Escuchar a un Chileno hablando rapidísimo o a un urugayo (digo, urugasho) hablar de lo linda que es la plasha.



1 comentario:

Unknown dijo...

pappo, por qué mientes y no le dices a tus lectores que tú hablas como el de Calle 13?

pappo, viste como te comenté tres veces en un mismo día?

pappo, será que te extraño?