Tenía como ocho o nueve años y faltaba poco para culminar la escuela primaria. Por aquel entonces, mi casa y mi colegio quedaban lejísimos, uno del otro. La primera estaba en la zona más alejada del norte metropolitano, en medio de un clima seco y un ambiente tranquilo lejos de los temas sociopolíticos de la época. El segundo, por otro lado, se ubicaba a un par de manzanas del palacio de gobierno, en el caótico y mojado centro de la ciudad.
Por esos días, problemas como el terrorismo, las protestas, la delincuencia y demás mierdas acababan de hacer su llegada oficialísima a la capital y las inmediaciones de mi escuela eran el escenario conflictivo perfecto en donde, cada cierto tiempo, el gas lacrimógeno, las balas, los intentos de robo y la falta de energía eléctrica hicieron que mis cinco sentidos terminaran creando un episodio reprimido de mi niñez.
Y en medio de todo eso estaba yo, el que creía ser el más fuerte de todos, el invencible y vivo pelotero niño de quinto de primaria que no le temía a esas sonseras y estaba listo para dar uno de sus pasos más significativos: moverse solo. Aparentemente mis padres se habían cansado de recogerme del colegio, o ya me veían grandecito, o yo empecé a exigir los principios de mi independencia; no lo sé con certeza. El caso es que empezaría a “tomar micro” por mi cuenta y me movería muchos kilómetros de la escuela a mi hogar.
La preparación
Tenía que estudiar los pasos exactos para llegar vivo a casa cada tarde de escuela. Así, planeé la forma más apropiada –según yo- de viaje para lograr mi objetivo diario a partir de la fecha. El timbre sonaría a la una de la tarde en punto, y yo debía correr hacia la puerta de salida antes que nadie para evitar demorar en el tumulto de los escolares excitados por abandonar el colegio. Para tal efecto, todas mis pertenencias debían estar dentro de mi morral dos minutos antes no importase qué. Una vez fuera, debía acelerar el paso por la estrecha calle que me llevaría directamente a la parada de autobús y, de ese modo, evadir la hora de salida del colegio de mujeres que quedaba a pocos metros calle abajo (a esa edad, las mujeres en grupo eran monstruos que venían a destruirme y yo les temía más que a otros peligros reales). Al llegar a la avenida principal –la famosa avenida Tacna-, tenía que sortear miradas en un rango de trescientos sesenta grados para anticipar cualquier indicio de ataque por parte de los “pirañas”, que por esos meses empezaban a instituirse por la zona, pero tenían la costumbre de robar a escolares “monces” que dejaban de prestar atención a lo que pasaba a su alrededor (y yo, como era muy vivo, no tendría problema alguno). Asimismo, debía evitar contacto visual con los gitanos amontonados en esa esquina que separaba a la avenida Tacna del puente Santa Rosa, ofreciendo leer las cartas y tocando a los inocentes escolares cada vez que podían. Como si eso fuera poco, debía estar alerta a la llegada de “mi micro”. El Santa Cruz o la línea Siete eran perfectos para salir de allí y me acercaban bastante a mi hogar luego de un par de horas; sin embargo, la informalidad característica de la zona, de la época y de mi ciudad hacía que el transporte urbano recogiera pasajeros en cualquiera de los tres carriles de la pista e, incluso, en movimiento. Así que debía ser ágil y astuto para subirme al primer micro disponible sin ser atropellado o acorralado por otros vehículos. Una vez en el micro, el resto sería fácil: esperaría el largo recorrido muy atento para no pasarme la parada de autobús en la que debía bajar para hacer “conexión” y llegar, así, sano y salvo a mi destino.
El Primer día
La campana del colegio sonó a la una en punto y yo ya tenía todo guardado en el morral; no obstante, en mi apuro olvidé cerrar la cremallera y, al intentar salir corriendo, esta se abrió, desvalijándose casi por completo. Los otros niños salieron con prisa y, en medio del alboroto, muchos de mis útiles terminaron varios metros más allá. Bueno, un pequeño error a enmendar. Tan pronto logré reacomodar mis cosas, corrí hacia la puerta de salida pero los chicos de secundaria, ya en estampida por los minutos perdidos, me hicieron caer y no pude pararme hasta que todos pasaron. Maldita sea, esos hombres no repararon en lo mínimo para ayudarme a poner de pie y mi ropa de colegio estaba más sucia que ropa de obrero. Pero bueno, al cabo de unos minutos ya estaba finalmente en la calle y aún tenía que cumplir algunos pasos más antes de respirar tranquilo, así que apresuré la marcha durante varios metros cuando de pronto mis pies se detuvieron casi sistemáticamente; la estampida, esta vez de chicas, salía del colegio de mujeres a destruirme y quedé paralizado mientras ese gran tumulto paso por mí sin hacerme daño. Diablos, en serio me estaba saliendo mal todo el plan. Al llegar a la avenida, varios gitanos me pasaron sus manos por el pelo por quedar mirándolos hasta que pude alejarme de ellos. Entre tanta presión, me empecé a dar cuenta que mi mochila ya no pesaba tanto como cuando había salido del colegio. Esos desgraciados pirañas me habían estado sacando las cosas, caminando detrás de mí, sin ser percibidos. Puta madre, pensé, esto no está nada bien; debo largarme de aquí lo antes posible. De pronto reparé en la presencia de un Santa Cruz en el segundo carril; era mi gran oportunidad para dejar todo ese horrible caos y el semáforo recién había cambiado a verde, por lo que gozaba de poco más de tres segundos para sortear los carros del primer carril y abordar el micro. Corrí desesperado, asustado y sintiéndome el más monce de los alumnos, todo para que al llegar al micro el chofer me cierre la puerta en la cara. Estaba perdido; los carros ya estaban avanzando y yo tocaba desesperado la puerta de ese carro en movimiento, rogándole al chofer que me abra, pero no se apiadó y continuó su marcha. Las lágrimas de impotencia, temor y desesperación estaban por salirme de los ojos, cuando escuché el sonido que jamás podría confundir y que me hizo volver en mi; el silbido de mi padre. Al darme vuelta, lo vi parado junto a su camioneta, haciéndome señas para subir.
Enseguida, mi mundo cambió y volví a ser bacán, atrevido y ágil; crucé el primer carril de tráfico detenido gracias al carro de mi padre y corrí hacia él por la vereda, empujando a los gitanos que se paraban en mi camino, mirando con desprecio a los pirañas que merodeaban el lugar y no dejándome intimidar por los grupos de mujercitas que esperaban “sus micros” en esa esquina. Subí y actué como si nada malo me hubiera pasado. Muy calmado respondí a un par de preguntas de mi padre y seguimos el camino a casa. Por dentro, por supuesto, estaba más que feliz de haber sido rescatado. Pero estaba listo para intentarlo de nuevo. Mañana será otro día, pensé.
La Reflexión:
La reflexión la hice al día siguiente, cuando todo salió bien, a excepción de que me quedé dormido y me fui hasta el paradero final. Reflexión: no dormir en el micro.
Por esos días, problemas como el terrorismo, las protestas, la delincuencia y demás mierdas acababan de hacer su llegada oficialísima a la capital y las inmediaciones de mi escuela eran el escenario conflictivo perfecto en donde, cada cierto tiempo, el gas lacrimógeno, las balas, los intentos de robo y la falta de energía eléctrica hicieron que mis cinco sentidos terminaran creando un episodio reprimido de mi niñez.
Y en medio de todo eso estaba yo, el que creía ser el más fuerte de todos, el invencible y vivo pelotero niño de quinto de primaria que no le temía a esas sonseras y estaba listo para dar uno de sus pasos más significativos: moverse solo. Aparentemente mis padres se habían cansado de recogerme del colegio, o ya me veían grandecito, o yo empecé a exigir los principios de mi independencia; no lo sé con certeza. El caso es que empezaría a “tomar micro” por mi cuenta y me movería muchos kilómetros de la escuela a mi hogar.
La preparación
Tenía que estudiar los pasos exactos para llegar vivo a casa cada tarde de escuela. Así, planeé la forma más apropiada –según yo- de viaje para lograr mi objetivo diario a partir de la fecha. El timbre sonaría a la una de la tarde en punto, y yo debía correr hacia la puerta de salida antes que nadie para evitar demorar en el tumulto de los escolares excitados por abandonar el colegio. Para tal efecto, todas mis pertenencias debían estar dentro de mi morral dos minutos antes no importase qué. Una vez fuera, debía acelerar el paso por la estrecha calle que me llevaría directamente a la parada de autobús y, de ese modo, evadir la hora de salida del colegio de mujeres que quedaba a pocos metros calle abajo (a esa edad, las mujeres en grupo eran monstruos que venían a destruirme y yo les temía más que a otros peligros reales). Al llegar a la avenida principal –la famosa avenida Tacna-, tenía que sortear miradas en un rango de trescientos sesenta grados para anticipar cualquier indicio de ataque por parte de los “pirañas”, que por esos meses empezaban a instituirse por la zona, pero tenían la costumbre de robar a escolares “monces” que dejaban de prestar atención a lo que pasaba a su alrededor (y yo, como era muy vivo, no tendría problema alguno). Asimismo, debía evitar contacto visual con los gitanos amontonados en esa esquina que separaba a la avenida Tacna del puente Santa Rosa, ofreciendo leer las cartas y tocando a los inocentes escolares cada vez que podían. Como si eso fuera poco, debía estar alerta a la llegada de “mi micro”. El Santa Cruz o la línea Siete eran perfectos para salir de allí y me acercaban bastante a mi hogar luego de un par de horas; sin embargo, la informalidad característica de la zona, de la época y de mi ciudad hacía que el transporte urbano recogiera pasajeros en cualquiera de los tres carriles de la pista e, incluso, en movimiento. Así que debía ser ágil y astuto para subirme al primer micro disponible sin ser atropellado o acorralado por otros vehículos. Una vez en el micro, el resto sería fácil: esperaría el largo recorrido muy atento para no pasarme la parada de autobús en la que debía bajar para hacer “conexión” y llegar, así, sano y salvo a mi destino.
El Primer día
La campana del colegio sonó a la una en punto y yo ya tenía todo guardado en el morral; no obstante, en mi apuro olvidé cerrar la cremallera y, al intentar salir corriendo, esta se abrió, desvalijándose casi por completo. Los otros niños salieron con prisa y, en medio del alboroto, muchos de mis útiles terminaron varios metros más allá. Bueno, un pequeño error a enmendar. Tan pronto logré reacomodar mis cosas, corrí hacia la puerta de salida pero los chicos de secundaria, ya en estampida por los minutos perdidos, me hicieron caer y no pude pararme hasta que todos pasaron. Maldita sea, esos hombres no repararon en lo mínimo para ayudarme a poner de pie y mi ropa de colegio estaba más sucia que ropa de obrero. Pero bueno, al cabo de unos minutos ya estaba finalmente en la calle y aún tenía que cumplir algunos pasos más antes de respirar tranquilo, así que apresuré la marcha durante varios metros cuando de pronto mis pies se detuvieron casi sistemáticamente; la estampida, esta vez de chicas, salía del colegio de mujeres a destruirme y quedé paralizado mientras ese gran tumulto paso por mí sin hacerme daño. Diablos, en serio me estaba saliendo mal todo el plan. Al llegar a la avenida, varios gitanos me pasaron sus manos por el pelo por quedar mirándolos hasta que pude alejarme de ellos. Entre tanta presión, me empecé a dar cuenta que mi mochila ya no pesaba tanto como cuando había salido del colegio. Esos desgraciados pirañas me habían estado sacando las cosas, caminando detrás de mí, sin ser percibidos. Puta madre, pensé, esto no está nada bien; debo largarme de aquí lo antes posible. De pronto reparé en la presencia de un Santa Cruz en el segundo carril; era mi gran oportunidad para dejar todo ese horrible caos y el semáforo recién había cambiado a verde, por lo que gozaba de poco más de tres segundos para sortear los carros del primer carril y abordar el micro. Corrí desesperado, asustado y sintiéndome el más monce de los alumnos, todo para que al llegar al micro el chofer me cierre la puerta en la cara. Estaba perdido; los carros ya estaban avanzando y yo tocaba desesperado la puerta de ese carro en movimiento, rogándole al chofer que me abra, pero no se apiadó y continuó su marcha. Las lágrimas de impotencia, temor y desesperación estaban por salirme de los ojos, cuando escuché el sonido que jamás podría confundir y que me hizo volver en mi; el silbido de mi padre. Al darme vuelta, lo vi parado junto a su camioneta, haciéndome señas para subir.
Enseguida, mi mundo cambió y volví a ser bacán, atrevido y ágil; crucé el primer carril de tráfico detenido gracias al carro de mi padre y corrí hacia él por la vereda, empujando a los gitanos que se paraban en mi camino, mirando con desprecio a los pirañas que merodeaban el lugar y no dejándome intimidar por los grupos de mujercitas que esperaban “sus micros” en esa esquina. Subí y actué como si nada malo me hubiera pasado. Muy calmado respondí a un par de preguntas de mi padre y seguimos el camino a casa. Por dentro, por supuesto, estaba más que feliz de haber sido rescatado. Pero estaba listo para intentarlo de nuevo. Mañana será otro día, pensé.
La Reflexión:
La reflexión la hice al día siguiente, cuando todo salió bien, a excepción de que me quedé dormido y me fui hasta el paradero final. Reflexión: no dormir en el micro.
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