Por temas de trabajo, empecé a viajar bastante seguido al norte del país. El o, mejor dicho, los asuntos que tenía que ver fuera de Lima eran tan intensos que salía de la ciudad cada dos o tres días y, en algunas ocasiones, lo mío era tan concreto que tomaba el vuelo de la mañana y regresaba en el vuelo de la noche luego de alguna reunión. Un ajetreo interesante pero insoportable al tener que comer el tráfico desde el aeropuerto (allí, al ladito de la casa de mi buena amiga Claudia) hasta la oficina y viceversa.
Este fin de semana se acaba el último de los proyectos que he estado viendo por esa zona y espero que sea el último del año que tenga que ver por allá, antes de terminar cantando como lo hacen los norteños al hablar (no offence, suena bacano su acento).
El caso es que empecé una relación complicada con una aerolínea conocida y tuve que aceptarla como es porque me di cuenta que las opciones en el mercado de vuelos domésticos son virtualmente inexistentes por un tema de rutas, precios, itinerarios y demás etcéteras del que gozan estos amigos del cielo peruano (¿chileno?). La comida o, mejor dicho, el snack, se lo comen en el trabajo cuando traigo las cajitas, o termina abandonado en mi asiento luego de bajar del avión. La atención en el embarque es poco menos que desastrosa aunque ese desorden y mal gusto ya es un tema más ligado a ser peruano; y eso lo descubrí gracias a una conversación que tuve con otra buena amiga, Ale, cuando compartíamos anécdotas sobre los vuelos Miami-Lima y el choque cultural que eso representaba (once again, no offence; amo a mi patria, pero no a todos mis compatriotas). El horario es otro tema. Le faltan el respeto peor que a la más brava de mi promoción de colegio, habiéndome hecho unos cinco o seis desaires sin advertencia previa ni razones de retraso de salidas y, por ende, haciéndome quedar varado en algún aeropuerto hasta que anunciaran que el vuelo saldría por fin.
Todos esos motivos han hecho que en más de una oportunidad haya optado por desplazarme en un silloncito de esos servicios decentes de crucero que tienen algunas empresas de transporte terrestre interprovincial, o en última instancia, ir manejando en mi carro, lo cual me sigue pareciendo bacán (alma de camionero), rápido y súper seguro por más que, la última vez que lo hice, uno de mis productores y yo casi nos dimos de cara contra un camión en uno de esos desvíos inéditos que hay en varios tramos de la autopista al norte.
Pero como no soy un miserable criticón que no ve los aspectos positivos de los demás, debo mencionar, también, el lado brillante de la aerolínea en mención: creo que aquí me quedé corto con el check in online que puedo hacer un par de días antes del vuelo y que me ahorra una de varias líneas de esas que debilitan mi paciencia cada vez que me aparezco por el aeropuerto. Y bueno, que hay que trabajar con lo que se tiene a la mano. De otro modo ¿dónde está la optimización, señor Vallejo?
Ps: ¿A dónde se fueron los años mozos en los que viajar en avión era una experiencia agradable y relajante?
Este fin de semana se acaba el último de los proyectos que he estado viendo por esa zona y espero que sea el último del año que tenga que ver por allá, antes de terminar cantando como lo hacen los norteños al hablar (no offence, suena bacano su acento).
El caso es que empecé una relación complicada con una aerolínea conocida y tuve que aceptarla como es porque me di cuenta que las opciones en el mercado de vuelos domésticos son virtualmente inexistentes por un tema de rutas, precios, itinerarios y demás etcéteras del que gozan estos amigos del cielo peruano (¿chileno?). La comida o, mejor dicho, el snack, se lo comen en el trabajo cuando traigo las cajitas, o termina abandonado en mi asiento luego de bajar del avión. La atención en el embarque es poco menos que desastrosa aunque ese desorden y mal gusto ya es un tema más ligado a ser peruano; y eso lo descubrí gracias a una conversación que tuve con otra buena amiga, Ale, cuando compartíamos anécdotas sobre los vuelos Miami-Lima y el choque cultural que eso representaba (once again, no offence; amo a mi patria, pero no a todos mis compatriotas). El horario es otro tema. Le faltan el respeto peor que a la más brava de mi promoción de colegio, habiéndome hecho unos cinco o seis desaires sin advertencia previa ni razones de retraso de salidas y, por ende, haciéndome quedar varado en algún aeropuerto hasta que anunciaran que el vuelo saldría por fin.
Todos esos motivos han hecho que en más de una oportunidad haya optado por desplazarme en un silloncito de esos servicios decentes de crucero que tienen algunas empresas de transporte terrestre interprovincial, o en última instancia, ir manejando en mi carro, lo cual me sigue pareciendo bacán (alma de camionero), rápido y súper seguro por más que, la última vez que lo hice, uno de mis productores y yo casi nos dimos de cara contra un camión en uno de esos desvíos inéditos que hay en varios tramos de la autopista al norte.
Pero como no soy un miserable criticón que no ve los aspectos positivos de los demás, debo mencionar, también, el lado brillante de la aerolínea en mención: creo que aquí me quedé corto con el check in online que puedo hacer un par de días antes del vuelo y que me ahorra una de varias líneas de esas que debilitan mi paciencia cada vez que me aparezco por el aeropuerto. Y bueno, que hay que trabajar con lo que se tiene a la mano. De otro modo ¿dónde está la optimización, señor Vallejo?
Ps: ¿A dónde se fueron los años mozos en los que viajar en avión era una experiencia agradable y relajante?
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