Hace unos tres meses quise reencontrarme con Rosella Di Paolo, una poeta y profesora que me enseñó, aún más, el valor de la buena lectura durante mis días universitarios, en un curso que recuerdo con mucho cariño y que se llama(ba) “Análisis del discurso literario”. Como no quería poner celosa a mi chica, invité a Julio Cortázar a la velada y, así, compré un libro del cual habíamos compartido y discutido, en días de aula, muchos cuentos que sirvieron, eventualmente, para formar mi propio estilo de escritor amateur (tengo que admitirlo, soy un reverendo copión de Cortázar o, al menos, eso pienso yo).
Era un día en el que fui a los cines a ver qué sé yo, y pasé por una tienda de libros para saciar mi antojito de lector aficionado, ya que no me había nutrido espiritualmente con una buena lectura desde el último libro que leí de uno de mis autores favoritos, Juan José Benítez, hace ya un par de estaciones.
Entusiasmado, pagué por una edición relativamente nueva del primer volumen de Cuentos Completos y decidí que sería mi acompañante perfecto en mi maletín de trabajo, por lo que al día siguiente lo acomodé entre mis cosas y me dispuse a leerlo cada vez que el tiempo me diera unos minutos libres. Qué iluso que fui. Hasta el día de hoy solo he podido quitarle la envoltura plástica transparente y disfrutar del agradable olor a libro nuevo. Rosella, Julio; espérenme que ya llego a nuestra velada.
1 comentario:
Qué lindo tu poster.
Haré uno contigo, porque yo soy tu FANS!
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