Son varias –muchas- las veces en las que he hecho la ruta hacia el norte del país en mi carro. He aprendido a manejar de día y de noche, entrometiéndome en el mundo de la carretera hasta llegar a conocer el lenguaje de las luces, ciertos trucos y, por supuesto, los lugares a lo largo de ella para echar combustible sin malograr el carro o comer sin enfermarse, dependiendo de la hora y el lugar en donde esté. He llegado a saber, con cierta exactitud y a base de experiencia, dónde están los tramos más deteriorados, las curvas más peligrosas y las subidas y bajadas más pronunciadas.
Tengo muchos recuerdos de la carretera y el alma de camionero que alguna vez mencioné. Coca Cola, Red Bull, Lucky Strike, M&Ms, etc., todos fieles compañeros cuando se trata de moverse varios cientos de kilómetros. Por supuesto, también están esos vestigios de las experiencias más intensas y al filo de la muerte por las que he pasado en la carretera. La he visto cerca más de un par de veces y no ahondaré porque prefiero no recordar.
En cuanto a las zonas urbanas, conozco mis pueblos y ciudades como si fuera un local más. Huacho, Barranca, Casma, Chimbote, Trujillo, Piura y pongo a Chiclayo al final porque es la ciudad en donde menos me gusta manejar; qué atrevimiento el de conductores y peatones por allá, al hacerme dar cuenta que yo no era tan fresco al volante como había creído serlo por años.
Hace casi dos años me he estado comiendo los desvíos malditos que solo sirven para estirar las piernas y fumar un cigarrillo, con el único goce de hacerlo parado en medio de la carretera (la sensación no es mala, pero la repetición excesiva y la lenta espera para cruzar llega a atormentar).
Por mucho tiempo he deseado (bad) poder para y tomar una foto en ese lugar llamado “Paradero Las Zorras”, pero siempre me olvido de hacerlo hasta el último momento y, cuando doy con él, los ciento cuarenta kilómetros por hora me miran por encima del hombro, sabiendo que sería simplemente ridículo, siquiera, intentarlo.
Me han parado varios policías, varias veces y en varios lugares a pesar de saber, con unos dos o tres kilómetros de margen de error, dónde están los patrulleros más molestosos que quieren asustarte con historias sobre penalidades, peligros y demás maricadas, pensando que eres un novato de carretera. No señor; habré caído al principio, pero ahora soy todo un camionero junior. Disfruto jugando al “ya te vi, tombito” solo o con gente, anticipándome a sus escondites y a sus intenciones de solicitud para la gaseosa y otros déficit que el estado –y no yo- debe resolver.
Me gusta subirme al carro y saber que voy a recorrer largas distancias. Ir acompañado es muy agradable. La compañía acelera la maquinación mental y los temas con respecto a fantasmas, la muerte, la juventud y demás resultan profundos, conmovedores y, en algunos casos, hasta conclusivos. Puedes acordarte de tu niñez, tu juventud, episodios compartidos del pasado con tu copiloto e, incluso, en algunas ocasiones llegas a abrirte por un momento mágico y “contar algún sucio secretillo que tengais por allí” (entre hombres es un poco gay pero vale la experiencia). Por supuesto, también me gusta mucho viajar solo. Puedo ordenar mis pensamientos con mayor claridad que luego de un orgasmo, cantar a todo pulmón las canciones más sentimentales que jamás pondría en compañía, llorar como cuando tenía cinco años, practicar mis imitaciones, reírme a carcajadas al acordarme de ciertas cosas o, simplemente, apreciar el paisaje en medio del total silencio y paz que el habitáculo con los vidrios cerrados proporciona.
He atropellado involuntariamente varios animales en distintas ocasiones. Zorrillos, Perros, Palomas que se cruzan, roedores, lagartijas gigantes y algunas otras cosas que no he llegado a identificar con exactitud han sido víctimas de la punta agresiva de Panzer. Pero en esas ocasiones no me queda más que pensar “o es él o soy yo”. Sé lo arriesgado que resultaría maniobrar para esquivarlos o tratar de frenar abruptamente, por lo que en la balanza de la vida decido a favor mío y de los míos. Lo siento por ellos.
Recordando todo esto, y al mismo estilo de las ya famosas “cosas que no necesitas saber”, dejaré una canción que simboliza eso que tanto me gusta. Buscar la primera excusa para estar on the road, again.
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