Por esos días tenía la costumbre de subirme al carro cada cierto tiempo y, sin premeditarlo ni anunciarlo, conducía hasta uno de los miradores de la autopista que une Chosica con Lima por la vía rápida. Ahí, en el mirador número seis, me parqueaba y bajaba del carro para escuchar el rítmico caudal (símil) del río, mientras fumaba unos cigarrillos y bebía un par de cervezas que, en algunas ocasiones, venían de promoción junto a unas cuantas estrellas.
En algluna u otra ocasión lleve a un par de personas que, por coincidencia (y estrictamente eso) se cruzaban en mi camino hacia el mirador. Una llamada inesperada, una visita casual o, simplemente un encuentro en la calle que contenía un “¿qué haciendo?” y un “vamos, pues”, entre otras expresiones.
Lo bueno de pasar tiempo en el mirador aquel fue la paz que encontraba a la vuelta de la esquina; una paz que se acostumbró al sonido de vehículos que pasaban a mucha velocidad y que, en ciertos casos, venían acompañados de irritantes bocinas (eso cortaba el momento).
Ese lugar solía ser un buen sitio de relajo y no de un relajado. Cuando iba con alguien le pedía que evitara conversar conmigo mientras estemos allí porque mi interés no pasaba de la melodía del río, de los cigarrillos y de las cervezas.
Un día simplemente deje de ir y creo que no lo noté.
En algluna u otra ocasión lleve a un par de personas que, por coincidencia (y estrictamente eso) se cruzaban en mi camino hacia el mirador. Una llamada inesperada, una visita casual o, simplemente un encuentro en la calle que contenía un “¿qué haciendo?” y un “vamos, pues”, entre otras expresiones.
Lo bueno de pasar tiempo en el mirador aquel fue la paz que encontraba a la vuelta de la esquina; una paz que se acostumbró al sonido de vehículos que pasaban a mucha velocidad y que, en ciertos casos, venían acompañados de irritantes bocinas (eso cortaba el momento).
Ese lugar solía ser un buen sitio de relajo y no de un relajado. Cuando iba con alguien le pedía que evitara conversar conmigo mientras estemos allí porque mi interés no pasaba de la melodía del río, de los cigarrillos y de las cervezas.
Un día simplemente deje de ir y creo que no lo noté.
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