De niño a joven era muy romántico. Muy ilusionado, muy enamoradizo; de hecho, muy ñoño, a veces. En esa ocasión celebrábamos el estúpido día de San Valentín (¿ya dije que es estúpido?) con unos amigos y unas amigas. Carol, una niña que me quitaba el sueño durante esos días, estaba ahí y mi afán por conquistarla me llevó a pagar su pasaje de autobús de regreso.
No era formalmente una cita, pero ahí estábamos, los dos, en una burbuja separados del resto del grupo. Caminamos juntos desde el paradero hasta su casa y no recuerdo si la tomé de la mano, creo que sí. No recuerdo qué hablamos; probablemente de nosotros o simplemente de cosas sin sentido. Llegó el hasta-luego-beso en la mejilla que a mis doce años había valido la pena el sol y la caminata extra. Era mía, pensaba, mientras regresaba a casa con una sonrisa muy grande (que jamás podría ser de oreja a oreja, eso es simplemente estúpido; quiero decir, es físicamente imposible que una sonrisa llegue de una oreja hasta al otra, en fin).
Al día siguiente era un ganador; me levanté feliz luego de pocas horas de sueño, ya que durante la noche compuse una pequeña canción para Carol: algo simpático, corto, simbólico. Me arreglé y salí para su casa; después de todo, la situación era precisa para pedirle que sea mi novia y sería un gran quince de febrero. Caminé silbando mientras iba hacia mi –inesperado para ella- encuentro con Carol, pero la sonrisa, la felicidad y el silbido se desmoronaron cuando, al llegar a su calle, observé de lejos cómo se iba con otro niño. Ella no me vio porque me oculté tras un muro, pero alcancé verla irse, tomada de la mano con ese pelele.
Hoy en día Carol vive en el extranjero, creo que tiene un hijo y está casada con el pelele aquél.
No era formalmente una cita, pero ahí estábamos, los dos, en una burbuja separados del resto del grupo. Caminamos juntos desde el paradero hasta su casa y no recuerdo si la tomé de la mano, creo que sí. No recuerdo qué hablamos; probablemente de nosotros o simplemente de cosas sin sentido. Llegó el hasta-luego-beso en la mejilla que a mis doce años había valido la pena el sol y la caminata extra. Era mía, pensaba, mientras regresaba a casa con una sonrisa muy grande (que jamás podría ser de oreja a oreja, eso es simplemente estúpido; quiero decir, es físicamente imposible que una sonrisa llegue de una oreja hasta al otra, en fin).
Al día siguiente era un ganador; me levanté feliz luego de pocas horas de sueño, ya que durante la noche compuse una pequeña canción para Carol: algo simpático, corto, simbólico. Me arreglé y salí para su casa; después de todo, la situación era precisa para pedirle que sea mi novia y sería un gran quince de febrero. Caminé silbando mientras iba hacia mi –inesperado para ella- encuentro con Carol, pero la sonrisa, la felicidad y el silbido se desmoronaron cuando, al llegar a su calle, observé de lejos cómo se iba con otro niño. Ella no me vio porque me oculté tras un muro, pero alcancé verla irse, tomada de la mano con ese pelele.
Hoy en día Carol vive en el extranjero, creo que tiene un hijo y está casada con el pelele aquél.
1 comentario:
no me esperes en abril, pappo
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