martes, 3 de mayo de 2011

La reserva

Lorena esperaba una respuesta corta, creo, pero su pregunta me llevó a un episodio del pasado en el que no había pensado en varios años. Cerrando los ojos, le respondí:

Creo que ya tengo en mente el momento en el que he sentido más miedo alguna vez, le dije mientras volvía a abrir los ojos, y proseguí. La cosa fue más o menos como te la voy a contar.

Había visto el sol ponerse desde mi ventana y me daba cuenta de lo retrasados que estábamos. Nuestro despegue se había prolongado demasiado. Y es que la república del Ecuador le había prohibido a nuestro avión pasar por cielo ecuatoriano debido a no poder corroborar la naturaleza comercial del vuelo. Tras varios minutos de espera, nuestro capitán nos informaba de un permiso aparentemente otorgado, luego de conversaciones y desinformaciones entre nuestro avión, la torre de control del aeropuerto, las autoridades aeronáuticas del ecuador y los mandos militares correspondientes. Así, la nave emprendía su marcha de despegue para luego frenar y poner los motores en reposo, anunciándonos que el permiso en cuestión había sido denegado sin razón alguna de un momento a otro. El ciclo se repitió unas dos veces antes de alzar vuelo y el estado de los pasajeros empezaba a ir más allá de la preocupación.

Una vez en el aire, la calma y el cansancio se hacían visibles entre los rostros de mis compañeros de asiento. Después de todo, los ahí presentes queríamos llegar a casa a descansar, finalizando así esas casi perfectas vacaciones.

Todo parecía estar en orden y no tendría motivos de seguir contándote esta historia cuando, de pronto, un giro brusco e inesperado del avión alarmó a todos los pasajeros y, seguramente, también a la tripulación. Si mis cálculos eran correctos, estábamos entrando en territorio ecuatoriano y la repentina maniobra me puso los pelos de punta. El capitán, en su afán de seguir siendo transparente con la información, hizo el anuncio que corroboró mis miedos y sospechas: nuestro avión, un vuelo charter desde la costa colombiana y con destino a Lima, acababa de ser (nuevamente) expulsado de volar por territorio ecuatoriano luego de haber sido detectado por radares manenses. Y como si eso fuera poco, había sido advertido de desviarse y continuar su curso por aguas internacionales ya que, de lo contrario, sería catalogado como una amenaza y estaría autorizado a ser derribado. Sin pelos en la lengua, el capitán lograba que nuestros corazones latieran aceleradamente y que el pánico se generalizara entre todos los pasajeros.

Los minutos se hacían eternos y opté por esconder mi rostro lleno de miedo y preocupación mirando por la ventana, cuando pude notar cómo un conjunto de luces se acercaron al avión y empezaron a volar a la par con nosotros. Dios mío, pensé, que sean ovnis, por favor. Un nuevo anuncio del capitán terminó por llevarme al borde del desmayo; se trataba de aviones de la fuerza aérea ecuatoriana, cuya única función (recuerdo que fue enfático con lo de “única”) era escoltarnos fuera de territorio ecuatoriano.

Pensé que jamás llegaría a Lima; pensé que había más aviones detrás de nosotros y que todo sería rápido, intenso y trágicamente desafortunado. Maldije la estúpida guerra del CENEPA. Oh, la maldije tanto e incluso cuando las luces desaparecieron y el capitán anunciaba nuestro rumbo seguro a la ciudad jardín.

¿Y tú, Lore? ¿cuál ha sido el momento en el que has sentido más miedo? Salud.



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