El barrio popular; el lugar donde todos saben la vida de todos y los líos entre vecinas se dan dentro de las quintas. En la calle, los días de semana son del transporte público y los domingos es día para tomar en la puerta de tu casa, con los amigos del barrio. Los hombres, vestidos con camisetas promocionales de cerveza o con las falsificadas de algún equipo extranjero, se juntan alrededor de la acera y vuelven a hablar de lo mismo; ese pequeño mundo populoso del que son y han sido parte toda su vida. El ruido allí afuera es tormentoso pero pasa desapercibido para quienes están acostumbrados a vivir en la zona. El lugar es considerado “picado” pero nadie choca contigo, porque eres del barrio. La criollada es esencial en esta realidad y la manera de hablar es un poco agresiva y soez en ese mundillo donde la definición del más bacán está regida estrictamente por lo que tienes en tu casa, los lugares que frecuentas y lo que hacen tus hijos o familiares más cercanos.
Para algunos, como mi querida amiga y antigua vecina, esa escena de bajo mundo es la realidad pensada para quienes afirman, con orgullo, sentir y vivir eso tan rico que, con el tiempo, terminó llamándose salsa. Es muy latoso, dice ella, muy achorado. Claro, la salsa es latosa, el beat de los timbales, las congas y demás tipos de percusión siempre ha sido, es y será así de picante, de latino, de sabroso.
Pero qué equivocada puede estar (al menos, en la asociación). Yo no sé en qué momento se estableció de forma oficial que la música salsa era sucia, malandra y de poca clase, al punto de verse totalmente descabellada la escena en la que, en una hermosa y extensa residencia del suburbio de clase alta, se celebre un cumpleaños al ritmo salsero. Quiero decir, es perfectamente entendible que nuestra cosa latina sea la mezcla de los ritmos de quienes, desde la República Dominicana, Cuba y Puerto Rico, llegaron a acomodarse de forma apretujada, improvisada y apresurada en los barrios de Nueva York. Entiendo que esta gente llevó a los Estados Unidos sus costumbres mestizas y menos convencionales, y eventualmente esto se trasladó hacia Latinoamérica con ese sello. Pero mi punto es que la armonía, el ritmo y sabor de la salsa, por latosos y ruidosos, resultan tan ricos y vastos que, como género, podría compararse y ser mejor que muchos otros ritmos (y ahí sale mi lado salsero: Yo sé pues, qué me vas a decir, si la salsa es la salsa).
De cualquier modo, en algunos círculos sociales en donde he tenido la oportunidad de participar en mi vida universitaria y profesional, mi amor por la salsa, aunque con ciertas excepciones, no ha sido tan gratamente bienvenido y, de hecho, ha ahuyentado a más de uno (o de una). Al diablo con ellos, obviamente.
Algunos tratan de evitar el bochorno social aludiendo ser conocedores, y de ahí la razón por la cual escuchan salsa. Claro, no quieres que te asocien con los jugadores del Alianza Lima, con el Tumbao,con las cubanadas y con el Rímac. Prefieres que te asocien con los raves a los que asistes, la ropa Quicksilver que vistes y los lugares elegantes a los que vas a comer con tu familia. Obvio; es un tema social y hay una reputación que cuidar si estás en un estrato social decente. Pero qué bien te sabes las letras de algunas canciones y cuando nadie te ve te conviertes en el nuevo baby de la salsa. Por supuesto, también cambias cuando, entre amigos, quieres demostrar que tienes calle, que no eres un engreído de papá y que puedes opinar sobre una salsa buenaza.
Personalmente, soy consciente que, en la salsa, hay varias ramificaciones que han terminado siendo catalogadas con nombres genéricos que, de alguna manera, hacen alusión a su estilo (romántica, dura, de salón, etc). Pero a mí no me agradan todas.
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