lunes, 31 de mayo de 2010

El viaje a Santiago - I

El teléfono sonó y al ver la pantalla me di con ese mensaje que detesto: “Llamada número privado”. ¿contesto? Pensé. Eran las dos de la mañana, por lo que asumí que era, probablemente, algo importante. Un lunes cualquiera, Sr. Vallejo. Un lunes en el que lo único que deseaba hacer era descansar las horas perdidas por el trabajo que había tenido que hacer durante el fin de semana anterior. En fin, contesté:

-¿Hola?

Al otro lado del hilo, con una voz ronca, casi afónica, mi interlocutor prosiguió:

-Cuando los conejos salen del bosque lo hacen para buscar hielo en la frontera. Pero los soldados del más allá los retienen y deciden saludar al sol.

Luego de colgar, me bastó poco menos de un segundo para darme cuenta, con mucho asombro, que no solo reconocía el significado de todo lo que me acababan de decir, sino que jamás pensé en recibir esa llamada tan pronto. Las personas involucradas en el proyecto que dio lugar a ese tipo de códigos sabíamos que el mensaje solo significaba una cosa. Por lo pronto, me apresuré en vestirme y salí apuradísimo de casa en dirección a mi “urgente” encuentro con “los demás”. Tenía un poco de varias sensaciones; estaba emocionado, pero también ansioso, asustado, inseguro de si podría hacer lo que ya había aceptado hacer, nervioso por conocer, por primera vez en persona, a los otros cinco participantes y definir la función exacta de cada uno en el tema. ¿Cómo serían ellos o ellas? ¿Qué tendrían ellos que los hacían mejor o peor que yo? ¿Estaría a la altura? ¿Por qué nos habrían elegido, supuestamente, entre tantos, entonces? Preguntas y más preguntas mientras manejaba imprudentemente por la autopista que me llevaba hacia el Sur. Y es que tenía poco más de dos horas para moverme doscientos kilómetros fuera de la ciudad hasta lo que yo conocía como “la base”.

Pasadas las cuatro de la mañana y, tras seguir las indicaciones exactas del desvío que había memorizado el primer día en el que fui contactado, arribé a un letrero que decía algo en letras árabes, o hindúes, o qué se yo y mi ignorancia para esos temas. Empezaba a dudar sobre si hice bien en ir, si hicieron bien en incluirme en eso o, en el peor escenario, si todo se trataba de una absurda broma de la cual yo había sido víctima.

Esperé unos cinco minutos y cuando estaba listo por retirarme y maldecir todo lo sucedido alguien me tocó el vidrio del copiloto. Un señor con una antorcha en medio de la oscuridad me hizo unas señas de bienvenida y prosiguió a abrir una especie de portón en medio de la arena. El letrero no era, sino, la marca en donde se encontraba esa entrada subterránea por la que el desconocido me invitaba a pasar, con todo y carro. Yo era solo un muchacho universitario de veinte años y tenía mucho miedo al no saber en qué me estaba metiendo realmente, pero mi curiosidad superba a mis temores, así que avancé por una pendiente de cemento pulido hasta llegar a una especie de sótano en donde enseguida pude ver varios carros estacionados. Sin duda, se trataba de los autos de “los demás”.

2 comentarios:

Unknown dijo...

Y ahí fue que te convertiste en pappohouses?

edson!

Pappo Banton Texaco dijo...

te esperas hasta la 6ta y última entrega, ahora. Claro, solo si quieres saber :po